Lectio Divina de hoy domingo11 de junio 2023



X DOMINGO

DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: Oseas 6,3-6
3 Esforcémonos en conocer al Señor;
su venida es tan segura como la aurora;
como aguacero descenderá sobre nosotros,
como lluvia primaveral que riega la tierra.
4
¿Qué voy hacer contigo, Efraín?
¿Qué voy hacer contigo, Judá?
Su amor es como nube mañanera,
como rocío que pronto se disipa.
5
Por eso los he quebrantado
por medio de los profetas;
los he aniquilado con las palabras de mi boca,
y mi juicio resplandece como la luz.
6
Porque quiero amor, no sacrificios;
conocimiento de Dios, y no holocaustos.
Ciertamente, entre los profetas, Oseas es quien más claramente ha proclamado el amor
misericordioso de Dios (2,13; 11,9), aunque no es el único y de la misma forma, el profeta
mantiene que nuestra respuesta debe corresponderse con el amor de Dios, una respuesta
impregnada siempre de misericordia.
Dos son los aspectos del mensaje profético –el aspecto divino y el aspecto humano–, y
ambos son inseparables. Con esta luz debe ser leída e interpretada esta página. Si por un
lado Dios siempre es fiel a su amor misericordioso –«Él ha desgarrado y él nos curará; él
ha herido y él vendará nuestras heridas»: vv. 1ss–, por el otro, en cambio, el amor del
pueblo es incierto y huraño, «como nube mañanera, como rocío que pronto se disipa» (v.
4).
La nota final de la profecía es polémica e insiste en la misma idea, un concepto común
con otros profetas (cf, por ejemplo, Is 1,10-20): a Dios no le agradan ayunos y sacrificios si
éstos no están acompañados de una auténtica conversión a él, si esta conversión no se
traduce concretamente en actos compasivos y fraternales de ayuda al prójimo.
Segunda lectura: Romanos 4,18-25
Hermanos: 18 Contra toda esperanza creyó Abrahán que sería padre de muchos pueblos, según le
había sido prometido: Así será tu descendencia. 19 Y no decayó su fe al ver que su cuerpo estaba sin
vigor –tenía casi cien años- y que Sara ya no podía concebir. 20 Tampoco vaciló por falta de fe ante
la promesa de Dios; al contrario, se consolidó en su fe dando así gloria a Dios, 21 plenamente
convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete. 22 Lo cual le fue tenido en cuenta
para alcanzar la salvación.

23 Estas palabras de la Escritura no se refieren solamente a Abrahán.
24 Se refieren también a nosotros, que alcanzaremos la salvación si creemos en aquel que resucitó de
entre los muertos a Jesús, nuestro Señor, 25 entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado
para nuestra salvación.

¿Cómo es posible comprender el mensaje paulino de la salvación por la fe
independientemente de las obras de la Ley? (cf 3,28 y el comentario a la segunda lectura
del domingo pasado). Fijándonos en Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien la fe le fue
tenida en cuenta para la salvación (4,9ss) no después, sino antes, de la circuncisión
(considerada por Pablo «obra de la Ley»).
De la misma forma, la promesa de convertirse en heredero de un gran pueblo le fue
hecha a Abrahán antes de prestarle obediencia a Dios (Gn 22,1-12 en relación a Gn 12,2ss;
15,1-6): sólo fue sustentado por la fe. Y aunque la promesa auguraba realidades
humanamente increíbles (como el nacimiento de un hijo con Sara, la anciana), Abrahán
«contra toda esperanza tuvo fe» (v. 18).
En esta página paulina la relación fe-promesa es estrechísima y encuentra su plena
confirmación en Abrahán y esto también vale para nosotros (v. 24) si verdaderamente
creemos en otro acontecimiento humanamente imposible, la resurrección de Jesús de entre
los muertos. Es de dominio común que Pablo no tardará en decir que quien cree en Jesús
muerto y resucitado siente la necesidad de vivir conforme a lo que cree (Rom 6,1-4).
Evangelio: Mateo 9,9-13
9 Cuando se marchaba de allí, vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo, sentado en la
oficina de impuestos, y le dijo:
– Sígueme.
Él se levantó y lo siguió.
10 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y
pecadores vinieron y se sentaron con él y sus discípulos.
11 Al verlo los fariseos, preguntaban a sus discípulos:
– ¿Por qué come su maestro con los publicanos y los pecadores?
12 Lo oyó Jesús y les dijo:
– No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. 13 Entiendan lo que significa: misericordia
quiero y no sacrificios; yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Este relato evangélico es autobiográfico: Mateo está hablando de sí mismo, cuenta su
vocación y, a su vez, el sentido profundo de la misma.
Sorprende, sobre todo, el carácter imprevisible de su conversión (v. 9): en cuanto Jesús
le llama, Mateo se levanta y le sigue. Seguidamente, todo sucede de manera provocadora:
Jesús se sienta a la mesa con gente impura, contraviniendo las más elementales
prescripciones rabínicas y acarreándose las críticas de los fariseos (v. 11). Pero es esto
precisamente lo que está en el corazón del Maestro: introducir a sus discípulos en la
inteligencia y en la aceptación de la novedad evangélica (vv. 12ss).
Esta novedad se transparenta en dos detalles: las palabras finales de Jesús y la cita de Os
6,6, justo la que hemos desgranado como primera lectura de esta liturgia. Las palabras de
Jesús –«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos...; yo no he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores»– ocultan, y es un decir, la experiencia de Mateo y describen
con exactitud la verdadera naturaleza de la misión de Jesús.
La cita del profeta Oseas, con la que Jesús se dirige a los fariseos para que aprendan
cómo se lee el Antiguo Testamento y cuál es su mensaje central, confirma que, a pesar de la
diferencia en el tiempo, Dios mantiene y propone siempre el mismo método, el del amor
misericordioso.

MEDITATIO

A menudo, la experiencia de la salud y de la enfermedad nos acompaña a lo largo de
nuestra vida; por lo tanto, no es difícil entender y sopesar las palabras con las que Jesús
describe su misión. Él se presenta como el médico celeste, como el liberador del pecado.
Prestemos atención: la imagen médica nos remite a la realidad histórica, la liberación de los
pecadores, y ésta realidad queda descrita mediante aquella. Según Mt 8,16ss, Jesús nos ha
liberado experimentando él mismo la enfermedad, enfermo con los enfermos: «Él tomó
nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Is 53,4). Jesús es al mismo tiempo
médico y enfermo, pastor y cordero, docente y obediente, señor y esclavo, rey y siervo.
En la tensión reinante entre los dos términos de cada binomio está toda la vida, toda la
historia, toda la solicitud, toda la espiritualidad de Jesús y el misterio pascual que ha vivido
en cada instante de su vida terrena. Ésta ha sido la experiencia de Abrahán y también es la
nuestra.

ORATIO

¡Señor Jesús, tú eres mi médico celeste! Tú estás cerca de mí, conoces todas mis
debilidades y todas mis energías espirituales. Ayúdame a superar las primeras y a tener en
cuenta las segundas.
¡Señor Jesús, tú eres mi libertador! Te has hecho cargo de mis pecados e infidelidades,
has cuidado de esta débil criatura. Ayúdame a despegarme de los ídolos que me seducen y a
confiar sólo en ti.
¡Señor Jesús, tú eres para mí la revelación del amor misericordioso del Padre! Te has
hecho pequeño y pobre para que yo pudiera parecerme a ti. Ayúdame a ser pequeño con los
pequeños para mostrarles el tamaño de tu corazón. Ayúdame a ser pobre con los pobres
para manifestarles las riquezas de tu persona.

CONTEMPLATIO

En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua
proclamar la justicia; siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. Por esto, te dice
la Escritura: «Háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado»
(Dt 6,7). Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la sabiduría, él es la palabra, y
Palabra de Dios.
Porque también está escrito: «Abre tu boca a la Palabra de Dios». Por él anhela quien
repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de él. Si hablamos de
sabiduría, él es la sabiduría; si de virtud, él es la virtud; si de justicia, él es la justicia; si de
paz, él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la reconciliación, él es todo esto.
Está escrito: «Abre tu boca a la Palabra de Dios». Tú ábrela, que él habla. En este
sentido dijo el salmista: «Vaya escuchar lo que dice el Señor» (cf Sal 85,9), y el mismo
Hijo de Dios dice: «Abre tu boca, que te la llene» (Sal 81,11). Pero no todos pueden
percibir la sabiduría en toda su perfección, como Salomón o Daniel; a todos, sin embargo,
se les infunde, según su capacidad, el espíritu de sabiduría, con tal de que tengan fe. Si
crees, posees el espíritu de sabiduría.
Por esto, medita y habla siempre las cosas de Dios, «estando en casa» (Dt 6,7). Por la
palabra «casa» podemos entender la Iglesia o, también, nuestro interior, de modo que

hablemos en nuestro interior con nosotros mismos. Habla con prudencia, para evitar el
pecado, no sea que caigas por tu mucho hablar. Habla en tu interior contigo mismo como
quien juzga. Habla cuando vayas de camino, para que nunca dejes de hacerlo. Hablas por el
camino si hablas en Cristo, porque Cristo es el camino. Por el camino, háblate a ti mismo,
habla a Cristo.
Cuando te levantes, habla también de él, y cumplirás así lo que se te manda. Fíjate cómo
te despierta Cristo. Tu alma dice: «¡Un silbo! Es mi amado que llama», y Cristo responde:
«Ábreme, hermana mía, amada mía» (Cant 5,2). Ahora ve cómo despiertas tú a Cristo. El
alma dice: «Yo les conjuro, muchachas de Jerusalén... no molesten, ni despierten a mi
amor» (Cant 3,5). El amor es Cristo (Ambrosio de Milán, Comentario al Salmo 36,65-66).

ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Quiero amor, no sacrificios» (Os 6,6).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La auténtica solicitud, la verdadera disponibilidad, excluye la indiferencia y es el polo
opuesto de la apatía. Etimológicamente, la palabra inglesa care, «cura», deriva del gótico
Kara, que significa «lamento». El significado primero de care es afligirse, sentir dolor,
compartir el grito doloroso del otro. El sustrato del término care me golpea profundamente,
porque nosotros tendemos a considerar la solicitud como la actitud del fuerte respecto al
débil, del poderoso frente al menesteroso, del rico ante el pobre. Antes de intentar hacer
algo para aliviar el dolor ajeno comprobamos que nos resulta incómodo hacer nuestro el
dolor del otro.
Cuando nos preguntamos francamente quiénes son para nosotros las personas más
importantes y significativas en nuestras vidas, descubrimos que no son, precisamente, las
que nos han dado buenos consejos o nos han ofrecido soluciones o remedios, sino, sobre
todo, aquellas que han compartido nuestro dolor y han tocado nuestras heridas con mano
sensible y cariñosa. El amigo que sabe estar cercano en los momentos de dolor o angustia,
el amigo que sabe aceptar sin entender, sin encontrar remedio, el amigo que sabe mirar con
nosotros la realidad de nuestra impotencia: éste es verdaderamente el solícito, quien se hace
cargo del otro [...].
No sólo somos propensos a rehuir las realidades dolorosas, sino que tratamos de
modificarlas lo más rápidamente posible. Sin embargo, la solicitud que no sea diligente y
compartida nos transforma en individuos dominantes, controladores y manipuladores; nos
hace impacientes, nos incapacita para compartir el peso de los otros (H. J. M. Nouwen,
Forza dalla solitudine, Brescia 1998, 34-37). 91-98

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.