Lectio Divina de hoy domingo 29 de Enero 2023
IV domingo
del tiempo ordinario
LECTIO
Primera lectura: Sofonías 2,3; 3,12-13
3 Busquen al Señor, ustedes todos,
humildes de la tierra,
los que cumplen sus preceptos;
busquen la justicia, busquen la humildad;
quizá así encontrarán cobijo
el día de la ira del Señor.
12 Yo dejaré en medio de ti
un pueblo pobre y humilde,
que buscará refugio
en el nombre del Señor.
13 El resto de Israel
no cometerá más iniquidad,
no dirá más mentiras,
ni hablará con falsedad.
Se alimentarán y reposarán
sin que nadie los inquiete.
El profeta había dirigido anteriormente un discurso cargado de amenazas contra los pecadores. Ahora cambia de registro y se dirige «a los buenos» en un tono parecido al discurso de las bienaventuranzas de la actual liturgia de la Palabra.
La exhortación, «busquen al Señor», queda especificada posteriormente: «busquen la justicia, busquen la humildad» (2,3). Esto significa evitar las exhibiciones de poder delante de los hombres y renunciar a «considerarse buenos» ante Dios. Si el pueblo cultiva esta doble actitud, tal vez logre evitar la amenaza del exilio que pesa dramáticamente sobre los principales responsables. «Quizá», porque el profeta no quiere –ni puede– dar ninguna seguridad. Probablemente, el destierro es inevitable y el pueblo ha de sufrir esta triste experiencia. Pero el Señor tiene pensado algo consolador. Dejar «un resto», una pequeña porción, que sea como el retoño de un pueblo nuevo, calificado como «humilde y pobre» (3,12). Estos rasgos poseen sobre todo una connotación espiritual y sirven para designar a la gente que confía en el Señor, que lo pone en su mente y en su corazón como el único valor con el cual miden y hacen depender todos los demás. El camino para que pase el mensaje de las bienaventuranzas propuesto por Jesús está abierto.
Segunda lectura: 1 Corintios 1,26-31
26 Y si no, hermanos, consideren quiénes han sido llamados, pues no hay entre ustedes muchos sabios según los criterios del mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. 27 Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo considera necio, para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil, para confundir a los fuertes; 28 ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo, para anular a quienes creen que son algo. 29 De este modo, nadie puede presumir delante de Dios. 30 A él deben su existencia cristiana, ya que Cristo se ha hecho para nosotros sabiduría divina, salvación, santificación y redención. 31 De esta manera, como está escrito, el que quiera presumir que lo haga en el Señor.
A la comunidad de Corinto, «gloria y suplicio» del apóstol Pablo, van dirigidas estas palabras sobre la verdadera sabiduría. Los griegos eran admiradores y estudiosos de la sabiduría, entendida como investigación, reflexión, meditación y elaboración sistemática del pensamiento. Pablo, sin despreciar la realidad humana, encuentra la sabiduría humana limitada e incapaz de transformar radicalmente al hombre. Por eso, propone una nueva sabiduría, la de Dios, aparentemente ilógica e ineficaz, aunque «paradójica»: esa sabiduría revela su originalidad revolucionaria al escoger «lo que el mundo considera necio... vil, despreciable». La referencia a la cruz de Cristo es clara y explícita.
Los miembros de la comunidad son personas sencillas, sin mayores letras, carentes de orígenes nobles. Dios no se fija en el pedigrí de las personas, sino en su condición de hijos, condición adquirida por la muerte y resurrección de Jesús. En él, crucificado y resucitado, está la fuente de la auténtica nobleza. En él hay que fijarse, con él hay que estar, si queremos encaminamos por el sendero de la verdadera y fructuosa sabiduría.
Esta lectura, como la anterior, ilustra y ofrece una valiosa aportación para comprender rectamente las bienaventuranzas, luz teológica y espiritual que irradia el presente texto evangélico.
Evangelio: Mateo 5,1-12
1 Al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó, y se le acercaron sus discípulos. 2 Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras:
3 Dichosos los pobres en el espíritu,
porque suyo es el Reino de los Cielos.
4 Dichosos los que están tristes,
porque Dios los consolará.
5 Dichosos los humildes,
porque heredarán la tierra.
6 Dichosos los que tienen hambre y sed
de hacer la voluntad de Dios,
porque Dios los saciará.
7 Dichosos los misericordiosos,
porque Dios tendrá misericordia de ellos.
8 Dichosos los que tienen un corazón limpio,
porque ellos verán a Dios.
9 Dichosos los que construyen la paz,
porque serán llamados hijos de Dios.
10 Dichosos los perseguidos
por hacer la voluntad de Dios,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
11 Dichosos serán cuando los injurien y los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía. 12 Alégrense y regocíjense, porque será grande su recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a ustedes.
En el contexto del famoso «sermón de la montaña», y como abertura del mismo, resuenan las bienaventuranzas. Jesús ha pronunciado estas palabras para todos, y siguen siendo actuales. Palabras que, ante todo, las ha convertido en vida. El discurso no prevé situaciones imposibles; no está dirigido a una minoría selecta, ni a un grupo de perfectos, ni tampoco se limita a ofrecer una ética de orientación interior. El discurso es concreto, serio, expositivo, exigente y decididamente «revolucionario». Por motivos de espacio, sólo presentaremos algunas bienaventuranzas.
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (v. 3). El primer anuncio de dicha se refiere a los pobres. Desde el principio se deduce el efecto que produce en el lector. Una ayuda, que facilite una mayor comprensión, nos la proporciona la especificación «pobres en el espíritu», exclusiva de Mateo, respecto al texto paralelo de Lucas. El «pobre», en sentido bíblico, es quien se vacía de sí mismo y renuncia a la pretensión de construir su vida de modo independiente, para dejarle cada vez más espacio y más cabida a Dios. Pobre se identifica con humilde (cf. primera lectura): quien no se encierra en sí mismo porque está abierto a Dios y a los otros. Quien se libera de sí mismo para abrirse a los proyectos divinos encuentra la plenitud de la riqueza, el Reino de los Cielos.
«Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará» (v. 4). La aflicción es un lacerante dolor que corroe interiormente. También se podría traducir por «los que lloran». Al margen de una posible identificación, reconocemos en este grupo a todos los verdaderos discípulos de Cristo que viven de corazón los problemas del Reino y sufren por una Iglesia dividida y lacerada, no santa, como debería ser. Sufren y lloran especialmente por sus pecados, que ralentizan, o impiden, una renovación profunda.
«Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (v. 10). El sujeto de este nuevo aspecto de la felicidad son «los perseguidos por hacer la voluntad de Dios». La voluntad de Dios aparece en la cuarta bienaventuranza, donde se habla de aquellos que tienen hambre y sed de justicia (= voluntad de Dios).
Ahora se ensancha el tema, con una variante. Si antes la cuestión de interés consistía en buscar la voluntad de Dios, ahora destaca la perseverancia, cuando la situación resulta difícil y humanamente insoportable. Jesús ha sido el primero en vivir esta bienaventuranza, demostrando y enseñando una fidelidad a toda prueba. Por amor al Padre y a los hombres, ha ido hasta el final, bebiendo el cáliz que el Padre le había preparado (cf. Mt 20,22). Los cristianos serán felices si saben imitarlo en la entrega total, sin retroceder cuando la prueba se hace molesta y la cruz pesada.
MEDITATIO
Para el líder de un grupo religioso, que quiera ganarse la simpatía de los demás y conseguir partidarios, el manifiesto programático de las bienaventuranzas parece, a primera vista, un despropósito. Escuchar esta letanía, marcada por el inicial «dichosos», puede suscitar sentimientos contradictorios y opuestos: desde el cándido placer de sentirse acariciado por la felicidad, hasta el disgusto por una inversión de términos que trastocan la realidad.
La promesa de beatitud o felicidad llega desde todas partes, y todos hacen gala de poseer la receta milagrosa. Hay quien invita a disfrutar de la vida, explotándola al máximo, porque es breve y fugaz: disfrutar del cuerpo, la mesa, la cama, el juego, la lectura, la naturaleza; en fin, una especie de insaciable carpe diem. Hay quien, en la vertiente opuesta, considera que el deseo es el instrumento infernal del dolor. De aquí la necesidad de controlar el potencial del deseo hasta reducirlo al mínimo y neutralizarlo. Hay quien piensa que la felicidad se consigue destruyendo el arsenal que la azota y propugna luchar contra la enfermedad, el sufrimiento, la marginación, la pobreza. Hay quien juzga con pesimismo la realidad y cree que nada puede proporcionar una felicidad verdadera y estable, porque el hombre está achatado por el sufrimiento físico y moral; no hay que resignarse a una situación sin salida. Hay quien se refugia en el sueño, evadiéndose de este valle de lágrimas, y señala con el dedo un paraíso perdido, viviendo con la ilusión de encontrarlo un día, aunque sea después de la muerte. Este tipo también es un resignado que, en vez de «preagónico», como el anterior, responde al envite.
Jesús no elude la tarea de ofrecer su fórmula, porque sabe muy bien que el deseo de felicidad está arraigado en el hombre y pertenece a sus necesidades fundamentales, como el aire, el agua, la comida, la vivienda, los amigos. La propuesta evangélica es, a primera vista, arriesgada y aparentemente ilógica y utópica. En cambio, tiene a su favor dos razones concretas.
La primera consiste en la experiencia directa de Jesús: está proclamando aquello que vive; la segunda, está avalada por el tiempo: dos mil años de historia del evangelio no han empañado en nada el valor de esta página, que ha encontrado a lo largo de los siglos no sólo convencidos defensores, sino también entusiastas practicantes. La historia verifica el resultado de la fórmula propuesta a cada uno de nosotros. ¿Qué lugar ocupan las bienaventuranzas en nuestra vida?
ORATIO
¡Señor, tenemos tanta hambre y sed de alegría...! Queremos ser felices, siempre. Tus bienaventuranzas nos entusiasman y nos descorazonan. Nos entusiasman porque vemos en ti al intérprete de la felicidad, la persona que sabe dar las indicaciones precisas, acrisoladas por ti y experimentadas por millones de personas que se han fiado de ti y han confiado en ti.
El tiempo no ha desgastado tu mensaje, ni lo ha superado, a pesar de los sobresaltos de las modas. También esto nos entusiasma. Estamos perplejos y un poco descorazonados, porque encontramos que es un programa valiente, con exigencias fuertes, para hombres firmes.
Gracias, Señor, porque no nos menguas en el empeño, porque nos propones cumbres sublimes; gracias, sobre todo, porque te haces cercano para que nuestro sueño sea una realidad y ya hoy nos permites saborear tu gozo, como anticipo de aquel que no tiene fin contigo, con el Padre y con el Espíritu Santo.
CONTEMPLATIO
¿Cómo podemos decir que las bienaventuranzas son el programa de la felicidad, si ensalzan a los pobres, los humildes, las personas que no cuentan o que están en el último peldaño de la escala social? Señalemos algunas características de la felicidad.
Encarnada. Tiene que ser realista, concreta, si no quiere ser confundida con una ilusión o, aún peor, con una droga. Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús tienen un marcado acento autobiográfico. Antes de proclamarlas, las vive. Realmente, la Buena Nueva es Cristo. Jesús es el pobre, el humilde, el misericordioso, el constructor de la paz... En Cristo se identifican mensaje y mensajero, el decir, el actuar y el ser.
Total e interior. La felicidad tiene que tocar las cuerdas íntimas del ser, involucrar a toda la persona. Una felicidad que sólo fuese epidérmica se confundiría con la del payaso, obligado por profesión a hacer reír, aunque por dentro le zarandee la zozobra. Cuando Jesús refiere situaciones de dolor y marginación quiere indicar que la felicidad no hunde sus raíces en el bienestar: cuando me encuentro bien, poseo seguridad económica y psicológica, soy respetado y honrado, mantengo una buena relación con los otros... Si fuese así, la condena a la infelicidad estaría asegurada, porque tal situación es utópica: antes o después, en un punto o en otro, se resquebraja y falla.
Un bien a exportar. Se advierte que las bienaventuranzas están abiertas al exterior: el hambriento de justicia, los misericordiosos, los constructores de paz... La alegría cristiana no es una casualidad; es una virtud. No es un bien para ser consumido, sino donado: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35).
Un bien duradero, con perspectivas de eternidad. Excepto la primera y la última, las bienaventuranzas están formuladas en futuro. Puede parecer una promesa cuya realización no está garantizada o un modo elegante para evadirse del presente. Obviamente, no es así. Jesús vive la alegría y la comunica. El anuncio de Jesús contiene fecundas semillas de felicidad. El porvenir indicado, aunque presente en la vida cotidiana, alcanzará su plenitud sólo al final. La idea de un bien perdurable se logra al final de la etapa.
Dios es la verdadera alegría. La primera bienaventuranza lo afirma con una expresión preferida por el evangelista Mateo, «Reino de los Cielos», en cuanto que es el propio Dios quien reina (cf también la última). Los pobres son declarados felices porque tienen a Dios y
Dios está con ellos. No se trata de posesión, sino de comunión: comunión en cuanto relación de intimidad. La verdadera alegría es una cuestión de relación personal (las cosas no dan la verdadera alegría) basada en el amor. Esta relación es con Dios mismo. Ya, y aquí, se da una relación de comunión con él, aunque la comunión plena sólo se realizará en la eternidad (anónimo).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Busquen al Señor todos ustedes, humildes de la tierra» (Sof 2,3).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
Entre los diez grupos en que se pueden distribuir y agrupar las diferentes bienaventuranzas bíblicas, sólo una hace referencia a la posesión de bienes materiales. Es la dicha de aquel padre que, por la fecundidad de su mujer, se encuentra rodeado de un determinado número de hijos, sanos y robustos, y que, por ello, es honrado y respetado entre sus congéneres. Otras bienaventuranzas de tipo material no existen. Ni los ricos, ni los poderosos, ni los prepotentes, ni los dominadores, ni mucho menos los vividores, tienen cabida, directamente, en las bienaventuranzas bíblicas, entre el número de los bienaventurados. Ni la riqueza, altamente estimada entre los bienes deseables de la vida del hombre en la mentalidad bíblica veterotestamentaria. Es verdad que pobreza e indigencia nunca tuvieron buena acogida. En cambio, y a diferencia de las bienaventuranzas egipcias o griegas, las bienaventuranzas bíblicas nunca consideraron que la riqueza, por sí sola, bastase para dar la felicidad. Ni tampoco la gloria, el honor o el prestigio.
Ciertamente, todos estos bienes son altamente apreciados y estimados. Pero nunca han sido considerados como constitutivos de la felicidad humana. Son bienes complementarios, pero no constitutivos.
Sirviéndonos de esta distinción, bienes constitutivos y bienes complementarios, en realidad el mayor bien constitutivo, según nueve de los diez grupos de bienaventuranzas, no es otro que Dios. O dicho de otra forma, la posesión por parte del hombre de todas las actitudes más genuinas y auténticas relacionadas con la realidad divino: fe en un único Dios (grupo I); pleno confianza y esperanzo en su acción salvífica (II); respeto profundo, temor y amor (III); confesión humilde de los pecados y deseo de perdón (IV); estima y participación activa en el culto y la liturgia del templo (IV); mirada vigilante y escucha atenta a la presencia de Dios en el mundo y en la historia (V); consideración de la Ley como reflejo y testimonio de la manifestación de la acción salvadora de Dios (VI); respetuoso comportamiento ante la justicia (VII) y, finalmente, aceptación humilde de algunas carencias físicas, de un estado de sufrimiento (VIII).
Estamos, como se puede apreciar, ante un conjunto de actitudes religiosas, mediante las cuales las personas toman conciencia de sus incapacidades, limitaciones, y no se cierran orgullosamente en sí mismas, sino que reconocen que sólo en Dios encuentran su plenitud (A. Mattioli, Beatitudini e felicità nella Bibbia d'Israele, Prato 1992, 542ss).
GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO volumen 13 Domingos del tiempo ordinario (ciclo A) (pp 35-44)
PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio
