Lectio Divina de hoy domingo 27 de Agosto de 2023
XXII DOMINGO
DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTIO
Primera lectura: Jeremías 20,7-9
7 Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir; me has violentado y me has podido.
Se ríen de mí sin cesar, todo el mundo se burla de mí.
8 Cada vez que hablo tengo que gritar y anunciar: «Violencia y opresión».
La Palabra del Señor se ha convertido para mí en constante motivo de burla e irrisión.
9 Yo me decía: «No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre».
Pero era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en
contenerlo pero no podía.
El texto está tomado de la última de las «Confesiones» de Jeremías, interpoladas entre
los capítulos precedentes del libro (cc. 11; 15; 17; 18), donde mejor aflora la compleja
personalidad del profeta, incomprendido y perseguido. Una lectura completa de la perícopa,
hasta el v. 18, ilustraría mejor la variedad de sentimientos que afligen y desgarran al profeta
(algo irrefrenable: «dentro de mí era como un fuego devorador», cf v. 9). Describe a Dios
como un seductor violento y poderoso; según el profeta, Dios, y no otro, es el origen y la
causa de todas las desdichas de su vida (maldito el día en que nací», v. 14). Aquella palabra
irresistible, que en otro tiempo Jeremías devoraba con avidez y era la delicia de su corazón
(Jr 15,16), ahora se ha convertido en motivo de burla e irrisión. Desertar de la misión
profética es como querer apagar en su propio corazón el ardor de la llama divina: es
imposible.
Segunda lectura: Romanos 12,1-2
1 Les pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que se ofrezcan como sacrificio vivo,
santo y agradable a Dios. Éste ha de ser su auténtico culto. 2 No se acomoden a los criterios de este
mundo; al contrario, transfórmense, renueven su interior, para que puedan descubrir cuál es la
voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Al final de la sección dedicada al tema de la salvación, Pablo concluía que la
misericordia divina es el motor del plan salvador de Dios para judíos y gentiles, para todos.
Ahora, en nombre de la misericordia de Dios –gancho introductorio de la última parte de la
carta, de índole exhortativa–, y en respuesta a la gracia recibida, Pablo anima a los
hermanos en la fe para que le den a la vida una dimensión sacra y sacrificia1. El culto
espiritual (literalmente, loghikós; «¡según el Logos»!), realizado en el Espíritu del
Resucitado, conlleva que nos presentemos delante del Señor (el verbo tiene resonancias
esponsalicias) en la globalidad y en la concreción («cuerpo») de lo que somos, como
sacrificio «vivo, santo y agradable a Dios». No se trata de ofrecer sacrificios sustitutivos de
víctimas animales en lugar de ofrendas humanas, sino de ofrecerse en sacrificio, y el
Espíritu de adopción filial, infundido en nuestros corazones, transformará el «sacrificio» en
«santo y agradable a Dios». Las consecuencias de una orientación de vida semejante nos
defienden, por un lado, del «conformismo» frente a la mentalidad del mundo presente, que
se sitúa en las antípodas de las enseñanzas evangélicas, y, por el otro, nos permiten realizar
la «metamorfosis», que comporta la renovación de la mente (la metánoia evangélica). Así
se consigue el auténtico discernimiento, cuyo fruto consiste en hacer cuanto es bueno,
agradable y perfecto ante Dios; esto es, el cumplimiento de la voluntad divina.
Evangelio: Mateo 16,21-27
21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que
tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la
Ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría.
22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, se puso a recriminarle:
– Dios no lo quiera, Señor; no te ocurrirá eso.
23 Pero Jesús, volviéndose, dijo a Pedro:
– ¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son como
los de Dios, sino como los de los hombres.
24 Y dirigiéndose a sus discípulos, añadió:
– Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.
25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará.
26 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? ¿O qué puede dar a
cambio de su vida? 27 El Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus
ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta.
Con el reconocimiento del mesianismo de Jesús se abre una nueva etapa en el camino
del evangelio. Mateo lo subraya: «Desde entonces comenzó Jesús...» (v. 21) a mostrarles
con claridad el destino que le esperaba: el rechazo («sufrir mucho») por parte de las
autoridades judías que constituían el sanedrín («los ancianos, los jefes de los sacerdotes y
los maestros de la Ley»), la muerte ignominiosa («lo matarían») y, finalmente, la
resurrección (v. 21).
Afrontar un destino semejante es un deber («tenía que ir a...»), una necesidad ineludible
que entra en la lógica de la encarnación: compartir hasta el final el camino del hombre
pecador. Jesús reproduce con exactitud la antigua profecía del siervo sufriente.
La primera oposición a la meta de Jesús nace desde dentro del grupo de los discípulos.
Antes, Pedro, por revelación del Padre, se erigió en portavoz del mesianismo de Jesús;
ahora, haciendo valer sus credenciales ante el Maestro, explaya su humanidad («carne y
sangre», Mt 16,17), pretende evitar una misión cuyo resultado es tan desconcertante como
ofensivo. Y reacciona «tomándolo aparte» (v. 22); Cristo quiere restituir la situación y,
públicamente, corrige al apóstol. Reconoce en la propuesta de Pedro la presencia del
Tentador y rechaza la tentación con la misma rotundidad que lo había hecho durante su
estancia en el desierto: «¡Satanás! Eres para mí un obstáculo» (v. 23; cf Mt 4,10).
La incomprensión de los discípulos pende como una espada de Damocles sobre el
seguimiento y culminará con la traición de Judas y la negación de Pedro, quien en esta
ocasión «no ha tenido los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo
Jesús» (cf Flp 2,5). Llegado el momento, Cristo explica su elección: la vida (¡el alma!) se
salva haciéndola don y ofrenda. Si la vida tiene un valor absoluto, la vida es la condición
imprescindible del seguimiento (cf Mt 10,38ss, donde aparecen los mismos versículos).
MEDITATIO
Podemos releer el presente fragmento evangélico a la luz del testimonio de Jeremías y la
exhortación de Pablo y transformar la vida en un sacrificio espiritual en constante
discernimiento.
Cristo, figura del profeta perseguido (cf Mt 16,14: «...otros que Jeremías»), después del
discernimiento madurado en la soledad del desierto y del reconocimiento de su mesianismo
por boca de Pedro, quiere abrir la mente de los apóstoles al sentido profundo de su misión,
según el oráculo del siervo sufriente de Isaías. El camino de la salvación nunca puede ser el
de la perdición, pues la desobediencia primera ha sido reemplazada con la obediencia
incondicional al designio divino, que ha tomado cuerpo con la encarnación.
El Verbo hecho carne, una vez que asume la naturaleza humana y se adentra en la
maraña de la historia, tiene que acoger hasta el final la trayectoria connatural de los
acontecimientos humanos. En el caminar de su vida ve reflejado el significado profundo de
la existencia humana, llamada a realizarse en la donación de sí misma. Y es en esta ofrenda,
realizada en la cotidianeidad de la vida, donde el hombre celebra el auténtico culto
espiritual.
ORATIO
Toma, Señor, y recibe toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,
todo mi haber y poseer.
Tú me lo diste, a ti, Señor, lo torno.
Todo es tuyo, dispón a toda tu voluntad.
Dame tu amor y gracia, que ésta me basta.
(Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 234).
CONTEMPLATIO
Hijo, no puedes poseer libertad perfecta si no te niegas del todo a ti mismo. En prisiones
están todos los ricos y amadores de sí mismos, los codiciosos, ociosos y vagabundos, y los
que buscan siempre las cosas de gusto y no las de Jesucristo, sino que antes componen e
inventan muchas veces lo que no ha de durar.
Porque todo lo que no procede de Dios perecerá.
Imprime en tu alma esta breve y perfectísima máxima: Déjalo todo, y lo hallarás todo;
deja tu apetito, y hallarás sosiego.
Reflexiona bien esto y, cuando lo cumplieres, lo entenderás todo.
Señor, no es ésta obra de un día, ni juego de niños; antes en tan breve sentencia se encierra
toda la perfección religiosa.
Hijo, no debes volver atrás, ni decaer presto en oyendo el camino de los perfectos; antes
debes esforzarte para cosas más altas o, a lo menos, aspirar a ellas con deseo.
¡Ojalá hubieses llegado a tanto que no fueses amador de ti mismo y estuvieses dispuesto
puramente a mi voluntad y a la del superior que te he dado! Entonces me agradarías
sobremanera y toda tu vida correría gozosa y pacífica.
Aún tienes mucho que dejar; que si no lo renuncias enteramente, no alcanzarás lo que
me pides (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 32,1-3).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Dame, Señor, los mismo sentimientos de Cristo Jesús» (cf Flp 2,5).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
«Aprende a despreciar las cosas exteriores y dirigirte a las interiores y verás venir el
Reino de Dios a ti» (Imitación de Cristo, 2,1). Se trata de separarse, y con fuerza, de esa
exterioridad en que queda aprisionada y reducida la vida del hombre, para volverse y
renovar el interior, esa interioridad que caracteriza al hombre. El logro de una conquista
semejante requiere distanciamiento de las cosas exteriores, ya que mientras estés ocupado
en ellas no puedes pensar en ti: Cristo vendrá a ti si le has preparado en tu interior una
digna vivienda; por eso el autor de la Imitación te sugiere insistentemente: hazle sitio en tu
interior a Cristo y niégale la entrada a todo lo demás. ¡Cuántos desapegos no están
incluidos en «todo lo demás»! Desapego de las cosas, de todas las cosas a las que a veces se
apega nuestro corazón inadvertidamente y que nos impiden adherirnos totalmente a Cristo;
desapego de los lugares a los que fácilmente el corazón se vincula bajo la apariencia de
bien; desapego de las personas, en el sentido de que los afectos no obstaculicen el triunfo
de Cristo en nosotros ni se lo impidan a los demás... (G. Lazzati, Il Regno di Dio e in mezzo
a noi, 1, Milán, 1976, 19ss).
PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio
