Lectio Divina de hoy domingo 24 de Septiembre 2023



XXV DOMINGO
DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: Isaías 55,6-9
6 Busquen al Señor mientras se deja encontrar,
invóquenlo mientras está cerca.
7 Que el malvado abandone su camino,
y el criminal sus planes;
el Señor se apiadará de él, si se convierte,
si se vuelve a nuestro Dios, que es rico en perdón.
8
Porque mis planes no son como sus planes,
ni sus caminos como los míos, oráculo del Señor.
9 Cuanto dista el cielo de la tierra, así mis caminos de los suyos,
mis planes de sus planes.
Con este oráculo, Isaías se dirige al pueblo de Israel, que ha vuelto del destierro
babilónico. El profeta invita a los suyos a reconocer la presencia de Dios en los
acontecimientos imprevisibles de la vida y a reconsiderar la idea que se han hecho de Dios,
una idea muy a la medida... del hombre. El tono del oráculo es un tanto revelador, pues en
pocos versículos encontramos expresada una de las paradojas que caracterizan a Dios: su
cercanía e intimidad con el hombre, así como su suma trascendencia.
La profecía da comienzo con la invitación a buscar al Señor (v. 6): a buscarlo porque «se
deja encontrar», a invocarlo porque «está cerca». Tan cerca, que su presencia cuestiona la
vida del hombre en la esfera de sus relaciones mundanas («caminos») y consigo mismo
(«planes») y le pide que abandone el camino del malvado y el plan del criminal. Que el
Señor esté cerca no quiere decir que se puedan conocer fácilmente sus planes y modos de
actuar, y mucho menos que éstos sean según las medidas humanas. Para hacerse una idea
justa de la proporción, Dios toma la palabra –ha habido un cambio repentino de la tercera a
la primera persona– e indica el trecho cielo–tierra como la unidad métrica para calibrar la
distancia entre sus planes y los nuestros, sus caminos y los nuestros. La misma medida,
desbordante y abierta al infinito, que utiliza el salmista cuando canta la misericordia de
Dios: «Como la altura del cielo sobre la tierra...» (Sal 103,11).
La estructura literaria quiástica (mis planes, sus planes; sus caminos, mis caminos)
introduce de nuevo, dentro del oráculo, el elemento de la cercanía de Dios al hombre.
Nuestros caminos y nuestros planes quedan envueltos y abrazados por los de Dios. Un Dios
trascendente, inaprensible mediante cálculos y previsiones humanas; una trascendencia que
no es separación, pues envuelve al mundo y la vida del hombre, sino una trascendencia
cuidadosamente solícita, sumamente sabia y eternamente providente.
Segunda lectura: Filipenses 1,20c-24.27a
Hermanos: 20c Cristo manifestará en mi cuerpo su gloria. 21 Porque para mí la vida es Cristo, y
morir significa una ganancia. 22 Pero si continuar viviendo en este mundo va a suponer un trabajo

provechoso, no sabría qué elegir. 23 Me siento como forzado por ambas partes: por una, deseo la
muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; 24 por otra, seguir viviendo en este mundo
es más necesario para ustedes.

27a Únicamente les pido que lleven una vida digna del Evangelio de

Cristo.
Pablo escribe la Carta a los Filipenses desde la cárcel y, a las primeras de cambio, desea
informar a los suyos sobre la situación personal en que se encuentra. Estalla pasión por el
Evangelio que, en primer lugar, y antes de que hable de sí mismo, cuenta cómo su
encarcelamiento está contribuyendo a la difusión del Evangelio. Y, entrañablemente, abre
su corazón a los destinatarios de la carta: ¿será condenado a muerte o será absuelto?
Pablo está convencido de que en ambos casos –«tanto si vivo como si muero» (v. 20)– su
persona será el lugar de la manifestación del Señor. Y esto, porque la vida y la muerte
tienen un nuevo sentido para él: «Para mí la vida es Cristo». A primera vista, parece decir:
frente a esta esclarecedora certeza, la vida y la muerte son relativas. Ninguna de las dos
condiciones es de por sí mejor que la unión con Cristo. Quien cuenta es él, la comunión con
él, la adhesión a su voluntad. El modo y el estado de vivir todo esto... es sencillamente un
don que se acoge. Pablo rehúye tanto el apego materialista a la tierra como un dualismo
espiritualista que le reste valor a la existencia terrena. Se plantea si morir, para estar con
Cristo, o continuar viviendo en este mundo, e, indiscutiblemente, morir significa unirse al
Señor en comunión plena, una ganancia, sin ninguna duda. Sin embargo, sabe que su
existencia terrena sería provechosa para sus comunidades. Encontrándose en la tesitura de
desear lo mejor para sí o lo más necesario para la Iglesia, Pablo elige la posibilidad
segunda.
Evangelio: Mateo 20,1-16
Dijo Jesús a sus discípulos: 1

Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo que con el dueño de
una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. 2 Después de contratar a los
obreros por un denario al día, los envió a su viña. 3

Salió a media mañana, vio a otros que estaban

en la plaza sin trabajo 4

y les dijo: «Vayan también ustedes a la viña y les daré lo que sea justo».
5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo. 6
Salió por
fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: «¿Por qué están aquí todo el
día sin hacer nada?». 7 Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Él les dijo: «Vayan
también ustedes a la viña». 8 Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: «Llama a los
obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros». 9 Vinieron los de media
tarde y cobraron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían
más, pero también ellos cobraron un denario cada uno. 11 Al recibirlo, se quejaban del dueño,
12 diciendo: «Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que
hemos soportado el peso del día y del calor». 13 Pero él respondió a uno de ellos: «Amigo, no te
hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a
este último lo mismo que a ti, 15 ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes envidia
porque yo soy bueno?». 16 Así los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.
Un hombre, una viña y unos obreros contratados a jornal. Esta parábola nos descubre el
secreto del Reino de Dios, nos introduce en el estilo de vida y en el clima que se respira.
Nos dice cuál es el modo de pensar y de actuar que reina, contrastándolo con el modo de
pensar y de actuar que impera entre los hombres.

La descripción de las repetidas llamadas del dueño de la viña y las respuestas de los
obreros, enviados en distintas horas del día, apuntan hacia el momento culminante de la
parábola, ése en el que se produce una ruptura en el desarrollo de los acontecimientos con
el modo habitual de pensar. De improviso, irrumpe en la trama de los hechos una lógica
diferente, que orienta el relato en otra dirección, sugiriendo pensamientos, relaciones y
acciones nuevas. Por eso no es esencial dar una explicación precisa de cada uno de los
elementos que aparecen en la parábola; el decisivo es el que marca la fractura con el punto
de vista del lector. Y aquí Jesús, indudablemente, consigue el efecto.
El momento imprevisible se produce al atardecer, a la hora de recoger el jornal, cuando
las expectativas de los obreros –y nuestras– se ven completamente trastocadas y
decepcionadas. Porque jamás quien ha trabajado solamente «un rato» es tratado como el
que «ha soportado el peso del día y del calor» (v. 12). El comportamiento de Dios es así,
diferente del comportamiento de los hombres, aunque pueda parecer injusto. «Amigo, no te
hago ninguna injusticia» (v. 13), contesta el dueño de la viña. Que es como decir: a los
últimos les he hecho un regalo, y a ti no te he quitado nada de lo que es tuyo. La parábola
se remonta hasta la raíz de la diferente lógica que guía el actuar de Dios, por una parte, y
las expectativas del hombre, por la otra, con la pregunta final: «¿O es que tienes envidia
porque yo soy bueno?» (v. 15). La envidia y la bondad son direcciones opuestas del
corazón. Jesús nos invita a cambiar de mentalidad, nos guía hacia el horizonte de su Reino
a partir de un modo diferente de «ver» y «comprender» el bien, la justicia y el amor.

MEDITATIO

Es sugestivo el oráculo de Isaías, ya que nos ayuda a ver el mundo y la vida según la
perspectiva de Dios, desde el «cielo». Y es sorprendente la enseñanza de la Palabra del
Evangelio, porque en Jesucristo lo anunciado por Isaías alcanza su plenitud y su sentido
pleno, encuentra su realización. En Jesús tenemos al Dios–con–nosotros, Dios cercano para
siempre, viaducto entre el cielo y la tierra. En Jesús tenemos «hecho hombre» (Col 2,9) y
«en su condición de hombre» (Flp 2,7) el pensamiento de Dios y, a su vez, el camino para
encontrarlo.
La parábola de Mateo nos adentra en el misterio del Reino de Dios, en el pensamiento de
Cristo, en el corazón del Padre, desvelándonos el secreto. Es, para todos, una fuerte
invitación a cambiar de mentalidad, a pasar de la lógica del mérito, de quien vive de
pretensiones y no reconoce ni admite regalos, al mundo de la gratuidad, que es la raíz del
amor y el secreto del Reino de Dios. Al inicio de la historia de cada uno hay un don: la
llamada a ser y a trabajar en la viña. La vida es el regalo precioso del tiempo para vivir y
trabajar en la viña. Al final del día tendrá lugar la recompensa, que no será para nadie el
fruto de sus propios méritos o esfuerzos, sino un regalo divino e inmerecido. Aquello que
es profundamente nuestro –«lo tuyo»– es la llamada de Dios a participar en su vida y en su
obra, la posibilidad de trabajar y fatigarnos, de gastar la vida por él. Infeliz, murmurador y
envidioso es quien no reconoce el regalo.
Quien se siente acreedor, con derechos ante Dios y la vida, porque piensa que ya ha
hecho demasiado, considera todo lo gratuito como un robo, como una amenaza a la
presunta justicia. Sin embargo, descubrir que somos amados gratuitamente es empezar a
responder desde esa hora a la llamada de Dios; descubrir que todo es don –la viña, el vino,
el trabajo, la fatiga... – es el modo de estar en la Iglesia buscando el Reino de Dios.

Pablo nos muestra que es posible y hermoso vivir así: responder a la llamada, esforzarse
en su viña y esperar de sus manos la recompensa del modo que quiera y el día que quiera.
Sólo quien vive así puede decir: «Para mí la vida es Cristo».
ORATIO

¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí,
y yo afuera,
y así por fuera te buscaba;
tú estabas conmigo,
mas yo no estaba contigo.
Me llamaste y clamaste,
y quebrantaste mi sordera;
brillaste y resplandeciste,
y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume
y lo aspiré,
y ahora te anhelo;
gusté de ti
y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste
y deseé con ansia la paz que procede de ti.
(Agustín de Hipona, «Confesiones», 10,27, en Obras de san Agustín, 11, Biblioteca de
Autores Cristianos, Madrid 1946,751).

CONTEMPLATIO

Tú vete en siendo llamado. Se te llama a la hora de sexta; ven. El amo también te ha
ofrecido un denario si vienes a la undécima, pero que vivas hasta la hora undécima, eso
nadie te lo ha prometido. No digo hasta la undécima, sino hasta la séptima. ¿Por qué, cierto
del salario, más incierto del día, haces esperar a quien te llama? Mira, no te quedes, por tu
dilación, sin la prometida retribución (Agustín de Hipona, «Sermón» 87,8, en Obras de san
Agustín, VII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1950, 247).

ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Mis planes no son como sus planes» (Is 55,8).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Habiendo entrado, a las cinco y diez de la mañana, en una capilla del barrio Latino en
busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la
tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y
todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni
siquiera tenía intención de negar –hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho
tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas–,
volví a salir, algunos minutos más tarde, «católico, apostólico, romano», llevado, alzado,
recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.
Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo y que miraba en
torno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía
suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver
el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis
paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantigado, ya no
existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.
No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede
tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren
los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos
las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de
alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta
donde ha habido brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas
o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la
senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y
pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada. Nada me
preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos.
A. Frossard, Dios existe. Yo lo he encontrado, Rialp, Madrid 192001, 6-8; traducción, José
María Carrascal Muñoz).

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.