Lectio Divina de hoy domingo 23 de Julio de 2023



XVI DOMINGO
DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 12,13.16-19
13 Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo,
a quien tengas que demostrar que tus juicios no son injustos.
16 Porque tu fuerza es principio de justicia,
y tu dominio sobre todo te hace indulgente con todos.
17 Despliegas tu fuerza cuando no se cree en tu poder,
y confundes la osadía de los que no lo conocen.
18 Pero, como dominas tu fuerza, juzgas con benignidad
y nos gobiernas con gran indulgencia,
porque puedes utilizar tu poder cuando quieras.
19 Al actuar así, enseñaste a tu pueblo
que el justo debe ser compasivo
y diste a tus hijos una dulce esperanza,
porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento.
Después de contemplar y alabar la Sabiduría en sí misma, el autor sagrado considera su
intervención en la historia (cc. 10-19) y responde ahora a una pregunta implícita al contexto
del que ha sido extraída esta perícopa: ¿por qué Dios no ha castigado a los enemigos de
Israel –egipcios y cananeos– de modo drástico e inmediato? Y enseña cómo la Sabiduría
que guía el actuar divino es más sublime, magnánima y prudente que nuestros criterios. El
Dios creador también es la eterna Providencia que cuida de cada criatura: ¿quién puede
enjuiciar su proceder y acusarlo de injusto (v. l3)? Posee la plenitud de la fuerza (término
clave que introduce los vv. 16-18): nada teme, a diferencia de los poderosos de este mundo,
ni ser abrumado, ni perder algo. El Señor actúa según la justicia, la bondad y la
mansedumbre, «dosificando» la fuerza a los objetivos de una sabia pedagogía (vv. 17.19ss).
Todos los interrogantes sobre el actuar divino encuentran una misma respuesta: su amor por
los hombres, la filantropía. Por amor sabe esperar nuestro arrepentimiento y nos enseña a
amar (vv. 19ss) con su misma caridad, paciente y benigna (l Cor 13,4).
Segunda lectura: Romanos 8,26-27
Hermanos: 26 El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar
como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables. 27 Por
su parte, Dios, que examina los corazones, conoce el sentir de ese Espíritu, que intercede por los
creyentes según su voluntad.
El tiempo presente es un largo período de parto del que nacerá la creación nueva. Es el
tiempo del gemido del cosmos y del hombre (vv. 22ss). Profundizando en la reflexión,
Pablo afirma algo inaudito: Dios hace suyo el sufrimiento de la creación a través de su
Espíritu, que lleva adelante este colosal embarazo desde el interior, desde el corazón de los

creyentes. El Espíritu Santo transforma cada dolor, espera y esperanza en un lenguaje –para
nosotros misterioso, pero comprensible para Dios– inefable de gemidos, gemidos que son
prenda de victoria, porque Dios «intercede por los creyentes según su voluntad» (v. 27).
Nuestra debilidad nos hace no sólo impotentes para obrar el bien, sino hasta para
comprender cuál es el bien verdadero. Y Dios viene a socorrernos justo en este punto. No
nos sustrae –por ahora– de nuestra condición; al contrario, se hace débil con nosotros y en
nosotros por medio del Espíritu. Así, se prolonga en el tiempo, a través de los creyentes, el
escándalo de la cruz de Cristo: «Pues lo que en Dios parece locura es más sabio que los
hombres; y lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que los hombres» (l Cor 1,25).
Esta necedad y debilidad de Dios conducirá la historia de los hombres al resultado
definitivo que el Señor conoce y por el que el Espíritu intercede insistentemente.
Evangelio: Mateo 13,24-43
24 Jesús les propuso esta otra parábola:
–Con el Reino de los Cielos sucede lo que con un hombre que sembró buena semilla en su
campo. 25 Mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.
26 Y cuando creció la hierba y se formó la espiga, apareció también la cizaña. 27 Entonces los siervos
vinieron a decir al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es posible que
tenga cizaña?». 28 Él les respondió: «Lo ha hecho un enemigo». Le dijeron: «¿Quieres que vayamos
a arrancarla?». 29 Él les dijo: «No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquen con ella el trigo.
30 Dejen que crezcan juntos ambos hasta el tiempo de la siega; entonces diré a los segadores:
Recojan primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, pero el trigo amontónenlo en mi
granero».
31 Les propuso otra parábola:
–Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y
siembra en su campo. 32 Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que
las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus
ramas.
33 Les dijo otra parábola:
–Sucede con el Reino de los Cielos lo que con la levadura que una mujer toma y mete en tres
medidas de harina, hasta que todo fermenta.
34 Jesús expuso todas estas cosas por medio de parábolas a la gente, y nada les decía sin utilizar
parábolas, 35 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta:
Hablaré por medio de parábolas,
publicaré lo que estaba oculto
desde la creación del mundo.
36 Entonces dejó a la gente y se fue a la casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron:
–Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
37 Jesús les dijo:
–El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38 el campo es el mundo; la buena
semilla son los hijos del Reino; y la cizaña, los hijos del maligno; 39 el enemigo que la siembra es el
diablo; la siega es el fin del mundo; y los segadores, los ángeles. 40 Así como se recoge la cizaña y
se hace una hoguera con ella, así también sucederá en el fin del mundo. 41 El Hijo del hombre
enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los
malvados 42 y los echarán al horno de fuego. Allí llorarán y les rechinarán los dientes. 43 Entonces
los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.

La predicación de Jesús sobre el Reino de los Cielos trasciende las expectativas de sus
contemporáneos y transparenta una imagen nueva del rostro de Dios. Es cuanto emerge de
las tres parábolas del evangelio de hoy. Contrariamente a lo esperado, el Reino de Dios no
tendrá una dimensión triunfal en la historia; la victoria sobre los opositores y las fuerzas del
mal no se llevará a cabo en este mundo. Esto no significa que Dios, el sembrador de la
buena semilla, de alguna manera sea derrotado. Más bien, porque es dueño de la situación,
puede frenar la impaciencia de sus siervos (vv. 28-30). Ciertamente, la buena semilla
comienza a crecer junto con la cizaña; en nuestra historia, el bien siempre estará
obstaculizado por el mal. Pero Dios ve el tiempo desde la perspectiva de la eterna meta
final (vv. 39-43): sólo con la siega tendrá lugar el discernimiento definitivo.
Es una lección de sabia paciencia ante fariseos y zelotas de cualquier generación,
partidarios, de distintas formas, de una pureza religiosa y nacionalista que excluye sin
apelación a los «otros». Y también lo es para nosotros, dispuestos a constituirnos
rápidamente en jueces y verdugos.
Otra enseñanza «contra corriente» viene de la parábola siguiente (v. 31ss): el Reino de
los Cielos no tiene la apariencia desbordante que se esperaba. Está cerca y presente (cf Mc
1,15), pero es insignificante en su aspecto, como el grano de mostaza. Sin embargo, desde
este estado incipiente germinará una exuberante realidad vital. Dios realiza cosas
admirables sirviéndose de instrumentos y materiales humildes. Es la enseñanza gemela que
también se desprende de la parábola de la levadura (v. 33): el Reino de los Cielos es una
pequeña cosa en este mundo, está oculto y amasado con los acontecimientos de la historia
humana, y contiene en sí una potencialidad y un dinamismo irresistibles. Los «hijos del
Reino» (v. 38) nunca deben separarse del resto de la humanidad, sino fermentar desde el
interior las situaciones, seguros de que nada les impedirá producir frutos desde el amor, que
subsistirá eternamente (vv. 30b.43; cf 1 Cor 13,13).
MEDITATIO

La liturgia actual nos invita a abandonar los esquemas habituales de pensamiento para
asumir los pensamientos de Dios, que sobrepasan a los nuestros, como el cielo dista de la
tierra (cf Is 55,8ss). Cuántas veces, viendo que el mal quedaba impune, nos hemos
preguntado: dónde está la justicia de Dios. Cuántas veces, al surgimos absurdas
dificultades, hemos exclamado: «¡hasta cuándo... !».
La Palabra, hoy, nos muestra la paciencia de Dios y nos ayuda a comprender mejor la
realidad de su Reino. Para nosotros, es fuerte quien supera cualquier dificultad, tiene éxito
y está seguro. Para Dios, la fuerza está en el amor, hasta el punto de que el Omnipotente es,
por decirlo así, el «Omni–paciente». Espera, otra vez, de nuevo y siempre, a que cada uno
de sus hijos se arrepienta: la puerta de la casa paterna siempre está entreabierta para todos
hasta el día definitivo. Y aún más, no se limita a esperar, sino que sale al encuentro,
haciéndose débil con los débiles, para conducir a la humanidad hacia la redención plena, la
nueva creación, la realización del Reino.
A través de la cruz de Cristo y de los gemidos del Espíritu, que habita en nosotros, el
Padre acompaña, sostiene y sustenta el peregrinar del hombre a lo largo de la historia. El
enemigo nos obstaculizará, pero no podrá frustrar el plan de Dios. De nosotros depende
apresurar el paso. ¿Cómo? Haciendo nuestro, en las situaciones concretas, el modo de
actuar divino; evitando los inexorables juicios condenatorios, apagando el ferviente deseo
de erradicar el mal con la fuerza.

Aprendamos a cosechar en las realidades más humildes e insignificantes las grandes
ocasiones de caridad que se nos presentan. Entonces, el tiempo de los hombres fermentará
con la levadura del amor de Dios; entonces, el Reino de los Cielos crecerá
desmesuradamente en nuestra historia; entonces, el gemido del Espíritu se convertirá en
canto de alabanza impetuosa de toda la creación.
ORATIO

Señor, tú eres bueno y siembras a la luz del día en el campo de la Iglesia, en cada uno de
nosotros, amor, paz y alegría. Y después, viene el enemigo durante la noche y esparce la
cizaña: pensamientos, deseos, sentimientos hostiles y traiciones ocultas que envuelven en
tinieblas nuestro corazón.
Danos el espíritu de vigilancia y que no nos asalte el malvado; haznos fuertes en la
tentación y humildes en la reprensión de nuestras caídas. Haz que no pretendamos de los
otros una perfección que ni nosotros mismos tenemos; danos ojos que sepan ver, además de
la cizaña, la buena semilla; concédenos un corazón que sepa amar como el tuyo, con
humildad y paciencia, incansable.

CONTEMPLATIO

El campo, que es el mundo, es la Iglesia extendida por el mundo. Quien es trigo,
persevere hasta la siega; los que son cizaña, háganse trigo. Porque entre los hombres y las
espigas de verdad o la cizaña real hay esta diferencia: cuando nos referimos a la agricultura,
la espiga es espiga y la cizaña es cizaña. Pero en el campo del Señor, esto es, la Iglesia, a
veces, lo que era trigo se hace cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo, y nadie sabe
lo que será mañana. Por eso los obreros, indignados con el padre de familia, querían ir a
arrancar la cizaña, pero no se lo consintió; quisieron arrancar la cizaña y no se les permitió
separar esa cizaña. Hicieron aquello para lo que servían y dejaron la separación a los
ángeles. No querían reservar a los ángeles la separación de la cizaña; mas el padre de
familia, que conocía a todos y sabía que era menester dejar para más tarde la separación, les
mandó tolerarla, no separarla. Ellos preguntaron:¿Quieres que vayamos y la recojamos? Él
respondió: No, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquen también el trigo.
¿Entonces, Señor, la cizaña estará también con nosotros en el granero? Al tiempo de la
siega diré a los segadores: Recojan la cizaña y aten los haces para quemarla. Toleren en el
campo lo que no tendrán con ustedes en el granero.
Escuchen, carísimos granos de Cristo; escuchen, carísimas espigas de Cristo, escucha,
'carísima mies de Cristo; reflexionen sobre ustedes mismos, miren a su conciencia,
interroguen a su fe, pregunten a su caridad, despierten su conciencia; y si se reconocen mies
de Cristo, traigan a su mente: Quien perseverare hasta el fin, ése será salvo. Pero quien, al
escudriñar su conciencia, se encontrare entre la cizaña, no tema cambiarse. Todavía no hay
orden de cortar, aún no llegó la siega; no seas hoy lo que eras ayer, o no seas mañana lo que
eres hoy. ¿De qué te sirve lo que dices, sino en cuanto cambies? Dios promete indulgencia
si cambias tú, pero no te promete el día de mañana. Tal como seas al salir del cuerpo, tal
llegarás a la siega. Muere alguien, no sé quién y era cizaña; ¿acaso podrá allá hacerse trigo?
Es aquí en el campo donde el trigo puede hacerse cizaña y la cizaña trigo; aquí eso es
posible, pero allá, es decir, después de esta vida, es tiempo de recoger lo que se hizo, no de

hacer lo que no se hizo (Agustín de Hipona, «Sermón» 73/a, 1-2, en Obras completas de
san Agustín, X, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1983, 372-375).

ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«El Señor es paciente y misericordioso» (Sal 144,8).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La indulgencia es una expresión finísima de la caridad, porque es a la vez comprensión,
discreción, paciencia y confianza. Con ésta –y sólo con ésta– se supera un gran obstáculo
que normalmente se interpone entre nosotros y nuestro prójimo.
De hecho, lo que hace más difícil el ejercicio de la caridad son, frecuentemente, los
defectos que encontramos en los demás, y estamos fácilmente llevados a verlos, y a verlos
mucho más que los nuestros, y así estamos siempre dispuestos a la crítica.
Este obstáculo no se supera espontáneamente, porque el defecto de por sí no acerca a las
almas, ya que es una falta, y lo que falta no puede nunca ser un elemento positivo de unión.
Por consiguiente, es necesario suplir voluntariamente lo que falta en la persona defectuosa,
con algo que les permita a las almas encontrarse. Este algo lo da precisamente la
«indulgencia».
La indulgencia de la que hablamos no consiste, sencillamente, en «cerrar los ojos» a los
defectos de los demás: el cerrar los ojos lleva, la mayoría de las veces, al desinterés. Sin
embargo, con la verdadera indulgencia los defectos se ven bien; sólo que se les «indulta»,
es decir, se le «concede» el perdón, pero no al defecto, sino a la imperfección moral de la
persona, en cuanto que nos concierne y nos choca, quitándonos algo. Por tanto, un perdón
así implica también el propósito de enmienda de los demás, para que la persona no quede
privada de aquel bien moral que se deriva de corregir aquel defecto, y por esta enmienda se
le concede confianza. La verdadera indulgencia consiste en esto.
¿Y hasta qué punto hay que emplear la indulgencia? La respuesta nos la proporciona el
Señor diciéndonos que hay que perdonar a los hermanos «setenta veces siete», es decir,
siempre. Naturalmente, es difícil una indulgencia tan generosa y delicada; sin embargo,
estamos llamados precisamente a hacer esto con los «hermanos» que «pecan» o –por
seguir– en nuestro contexto con los defectos de nuestro prójimo.
La indulgencia permite así demostrar el amor con su exquisita delicadeza, que contiene
realmente lo mejor del alma y del corazón. De hecho, en este caso, el amor no se busca a sí
mismo, ni busca su satisfacción; busca sólo el verdadero bien de la persona amada y es un
amor profundamente activo, porque obra de verdad, es decir, «da»: da el perdón y da
también la confianza a la persona con la que tiene indulgencia. Amar a una persona virtuosa
no es difícil, pero tener indulgencia y amar a una criatura defectuosa exige la fuerza grande
de la virtud. Ya que, además de una gran generosidad, que permite pasar por encima de uno
mismo, se necesita aquí una paciencia confiada, que sabe esperar a que los demás se
enmienden sin cansarse nunca. Y esto acrecienta todavía más la alta moral del amor (R.
Bessero Belti, Lo que vale un corazón lleno de la presencia interior del Espíritu, Eunate,
Pamplona 1995,79-81; traducción, Julia Bellido).
GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO
volumen 13 Domingos del tiempo ordinario (ciclo A) (pp 141-150)

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.