Lectio Divina de hoy domingo 22 de Enero 2023



III domingo

del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Isaías 8,23-9,3

8,23 b En un primer momento

humilló el Señor

al país de Zabulón y al país de Neftalí,

pero luego ha cubierto de gloria

el camino del mar,

al otro lado del Jordán,

la Galilea de los gentiles.

9,1 El pueblo que caminaba en tinieblas

ha visto una gran luz;

a los que habitaban en tierra de sombras

una luz les ha brillado.

2 Has multiplicado su alborozo,

has acrecentado su alegría:

se alegran ante ti

con la alegría de la siega,

como se regocijan al repartirse un botín.

3 Porque, como hiciste el día de Madián,

has roto el yugo que pesaba sobre ellos,

la vara que castigaba sus espaldas,

el bastón opresor que los hería.

El presente anuncio de liberación se lee en el contexto histórico de la victoriosa campaña militar de Teglatfalasar, rey asirio. El texto proyecta una luz esperanzadora. Se abre con un llamativo contraste entre un pasado humillante y un futuro glorioso. «Zabulón y Neftalí» (8,23) son dos tribus del norte con una frontera común, el monte Tabor. Su territorio fue conquistado por Teglatfalasar en el año 732. Y su elite, deportada, «humillada» (cf Sal 136,23, donde «humillación» se corresponde con «exilio»), ahora es rescatada mediante un anuncio triunfal. La gloria viene representada con dos imágenes: la luz que ilumina el camino del pueblo en marcha y el gozo que se experimenta, como durante la siega o al repartirse un botín (9,2).

Al final se da el verdadero motivo de la gloria futura: una experiencia liberadora, la raíz concreta de dicha alegría. Se alude a la liberación del pesado yugo de los asirios, aún más insoportable debido a una actitud persecutoria («el bastón opresor», 9,3). La victoria se remonta directamente a Dios («tú has roto»), que ha intervenido de modo inesperado y espléndido, igual que en otras ocasiones; como en el caso de Gedeón, que con la ayuda de Dios venció a los Madianitas (cf Jue 7,15-25). Un acontecimiento que hizo historia (cf Sal 83,10; Is 10,26) y simboliza los prodigios realizados por Dios en favor de su pueblo. La gloria de Dios se revela, convirtiéndose en gloria para su pueblo. El profeta es el gozoso heraldo de una primavera de vida que tiene su origen en Dios. El texto prepara la comprensión del Evangelio, donde Jesús anuncia la irrupción de la soberanía de Dios (su Reino) en la historia de los hombres.

Segunda lectura: 1 Corintios 1,10-13.17

10 Les ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se pongan de acuerdo para que no haya divisiones entre ustedes, sino que conserven la armonía en el pensar y en el sentir. 11 Les digo esto, hermanos míos, porque los de Cloe me han informado de que hay discordias entre ustedes. 12 Me refiero a eso que unos y otros andan diciendo: «Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Pedro, yo de Cristo». 13 Pero ¿es que está dividido Cristo? ¿Ha sido crucificado Pablo por ustedes o han sido bautizados en su nombre? 17 Porque Cristo no me ha enviado a bautizar, sino a evangelizar, y esto sin hacer ostentación de elocuencia, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo.

Pablo exhorta a la unidad porque la ve amenazada (v. 10). Después pasa a exponer la situación, tal como la conoce por algunos empleados de la familia de Cloe: en la comunidad han surgido varios grupos religiosos que están minando la comunión (vv. 11ss). Y a continuación expone el pensamiento teológico dominante: Cristo es el único que congrega, en cuanto que sólo él ha dado la vida por los hombres (v. 13). El discurso se enlaza con el v. 17, donde Pablo refiere que su ministerio es principalmente el de la Palabra, y no un anuncio cualquiera, sino esencial: presentar a Cristo crucificado.

El tono de Pablo es pesaroso («les ruego»: v. 10) porque la comunión está seriamente amenazada por una comunidad pendenciera, lacerada por cuatro grupos: el de Pablo, el de Apolo, el de Pedro y el de Cristo (v. 12). No es que estas personas hayan creado la división; se trata de la utilización instrumental de su nombre por parte de algunos cristianos de Corinto. La intervención del apóstol es seria, sin llegar a ser áspera. Se dirige a los «hermanos» y los exhorta «en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (v. 10). Pablo reivindica su misión de apóstol del Evangelio. Lo dice con fuerza, refiriéndose al mismo Cristo: «Cristo no me ha enviado a bautizar, sino a evangelizar [= anunciar el Evangelio]». Pablo apunta directamente a Cristo: de él procede totalmente la nueva realidad. En él convergen todos los hombres, porque con su muerte ha reunido a quienes estaban dispersos. Embrollos pseudo teológicos y reclamos de pertenencia que dañan la unidad son un atentado contra Cristo, antes que contra la concordia de la comunidad.

Evangelio: Mateo 4,12-23

12 Al oír Jesús que Juan había sido encarcelado, se volvió a Galilea. 13 Dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaún, junto al lago, en el término de Zabulón y Neftalí, 14 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías:

15 Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,

camino del mar, al otro lado del Jordán,

Galilea de los paganos.

16 El pueblo que habitaba en tinieblas

vio una luz grande,

a los que habitaban en una región

de sombra de muerte

una luz les brilló.

17 Desde entonces empezó Jesús a predicar diciendo:

Arrepiéntanse, porque está llegando el Reino de los Cielos.

18 Paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores. 19 Les dijo:

Vengan detrás de mí y los haré pescadores de hombres.

20 Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron. 21 Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre, Zebedeo, reparando las redes. Los llamó también, 22 y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, le siguieron.

23 Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas. Anunciaba la Buena Noticia del Reino y curaba las enfermedades y las dolencias del pueblo.

El texto litúrgico está tejido con cuatro unidades pequeñas: el sentido teológico del regreso de Jesús a Galilea (vv. 12-16); el comienzo y el contenido esencial de su predicación (v. 17); la llamada de los primeros cuatro discípulos (vv. 18-22); y el resumen de la predicación, que está acompañado de signos prodigiosos (v. 23).

Texto común con Marcos y Lucas, la indicación geográfica –estamos en Galilea (v. 12)– encuentra amplia resonancia en Mateo: la asocia con una preciosa cita y le otorga una orientación particular (vv. 15ss). Con la cita de Isaías, algo adaptada (cf primera lectura), el evangelista apunta que Jesús fija su residencia en Cafanaún. La luz brilla en «Galilea de los paganos» (v. 15), es decir, entre los gentiles, superando un mezquino nacionalismo que pretendía confinar los beneficios de Dios a los estrechos límites de Israel.

El primer anuncio de Jesús es parco, pero esencial: «Arrepiéntanse, porque está llegando el Reino de los Cielos» (v. 17). La conversión, entendida como una adaptación continua a la voluntad de Dios, es condición y requisito para divisar el Reino de los Cielos. Antes de enunciar el programa detallado de la predicación (cf 5,1ss) y antes de hacer milagros, Jesús elige a algunas personas para que lo sigan. La prioridad de tal acción se comprende: es necesaria la presencia de testigos que experimenten cuanto Jesús ha dicho y ha hecho, para que un día puedan comunicárselo a otros y entren ellos también en comunión con Jesús. Galilea, territorio de paganos, es terreno fértil de vocaciones.

El v. 23 cierra el presente texto litúrgico y recoge de modo sintético la actividad de Jesús: las palabras y hechos milagrosos. Palabras y hechos portentosos, en efecto, son el armazón del evangelio. La predicación se desarrolla en las sinagogas. Está dirigida a los judíos, quienes necesitan ayuda para comprender la situación de absoluta novedad que están viviendo: Jesús se presenta no sólo como el enviado de Dios anunciado por los profetas, sino aún más: como el propio Dios. Todo el evangelio se volcará en desvelar la identidad de Jesús.

MEDITATIO

Las lecturas actuales facilitan una reflexión profunda sobre la Iglesia, pues presentan sus elementos constitutivos: una, santa, católica y apostólica.

Una. La Iglesia es una porque tiene en Cristo a su Señor. Todas las comunidades cristianas se reconocen como parte de la única Iglesia fundada por Cristo. Existe un solo bautismo, una sola fe, que une a los creyentes con Cristo. Por eso Pablo combate vigorosamente a los espíritus sectarios y las manipulaciones grupales. Es una tentación reiterada pensar que un grupo sea la mediación exclusiva o privativa de la salvación. Los grupos son instrumentos, medios, no más, y deben resistirse al sutil engaño de la monopolización.

Santa. La Iglesia o comunidad es santa porque «está bautizada» en Cristo. La santidad es ante todo don gracioso, absolutamente gratuito. Después, es respuesta generosa que toma el nombre de conversión, en continua armonía con la voluntad del Padre, como Cristo la ha dado a conocer y como el Espíritu continuamente la propone.

Católica. La llamada a las tribus del norte, Zabulón y Neftalí; la incesante llamada a Galilea, zona poblada o transitada por paganos, le recuerda a la Iglesia su vocación de estar abierta al mundo. Jesús ha elegido vivir e iniciar su vida pública en Galilea para evidenciar la proximidad geográfica con los últimos y los excluidos, preludio de cercanía moral, para que todos se reconozcan como hermanos. «En la Iglesia, ningún hombre es extranjero», recordaba Juan Pablo II en el Día del Emigrante, el 5 de septiembre de 1995.

Apostólica. El único fundamento, Cristo, toma forma histórica en los apóstoles y en sus sucesores (los obispos), en comunión con el obispo de Roma, el papa. La explícita llamada de los apóstoles (los primeros cuatro del evangelio de hoy) expresa la voluntad concreta de Jesús de organizar la Iglesia de este modo. Llamados a seguirlo para ser testigos de la Palabra y los milagros del Maestro. La apostolicidad de la Iglesia está en estrecha relación con su catolicidad; entre las tareas principales de los apóstoles y sus sucesores destaca la de anunciar a Cristo a todos los pueblos.

ORATIO

Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar en la paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa y tu brazo extendido nos libre de todo pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.

Danos la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, corno la diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. A ti, el único que puedes concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecernos nuestra alabanza por Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por quien sea a ti la gloria y la majestad, ahora y por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén (San Clemente de Roma, «Carta a los Corintios», 60, en Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1950, 234).

CONTEMPLATIO

La Iglesia, diseminada por el mundo entero hasta los confines de la tierra, recibió de los apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios,·Padre todopoderoso, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contienen (cf. Hch 4,24); y en un solo Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó por nuestra salvación; y en el Espíritu Santo, que por los profetas anunció los planes de Dios, el advenimiento de Cristo, nuestro Señor. [...] La Iglesia, pues, diseminada, como hemos dicho, por el mundo entero, guarda diligentemente la predicación y la fe recibida, habitando como en una única casa, y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca. [...]

Pues, aunque en el mundo haya muchas lenguas distintas, el contenido de la tradición es uno e idéntico para todos. Las Iglesias de Germanía creen y transmiten lo mismo que las otras de los iberos o de los celtas, de Oriente, Egipto, Libia o del centro del mundo. Al igual que el sol, criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la predicación de la verdad resplandece por doquier e ilumina a todos aquellos que quieren llegar al conocimiento de la verdad. En las Iglesias no dirán cosas distintas los que son buenos oradores, entre los dirigentes de la comunidad (pues nadie está por encima del Maestro), ni la escasa oratoria de otros debilitará la fuerza de la tradición, pues siendo la fe una y la misma, ni la agranda el que habla mucho ni la empequeñece el que habla poco. (San Ireneo, «Contra las herejías» I, 10, 1-3, en PG 7, 550-554).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?» (Sal 26).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hay que conseguir desarmarse.

Yo me afané en esa guerra. Durante años y años.

Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado.

Ya no le tengo miedo a nada, porque «el amor ahuyenta el miedo».

Aplaqué la pretensión de imponerme,

de justificarme a costa de los demás.

Ya no estoy en alerta,

celosamente aferrado a mis riquezas.

Acojo y comparto.

No me aferro a mis ideas, a mis proyectos.

Si me proponen otros mejores, los acepto con buen ánimo.

O no mejores, más buenos.

Lo sabes, he renunciado al comparativo...

Lo que es bueno, verdadero, real, dondequiera que sea, es lo mejor para mí.

Por eso, ya no tengo miedo.

Cuando no se posee nada, ya no se tiene miedo.

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?» [... ]

Pero si nos desarmamos, si nos despojamos,

si nos abrimos al Dios-hombre que hace nuevas todas las cosas,

entonces él transforma nuestro pasado ruin

y nos restituye a un tiempo nuevo

donde todo es posible.

(Atenágoras, Chiesa Ortodossa e futuro ecumenico. Dialoghi con Olivier Clément, Brescia 1995, 209-211)

 

GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO volumen 13 Domingos del tiempo ordinario (ciclo A) (pp 25-34)

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

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