Lectio Divina de hoy Domingo 20 de Noviembre 2022



JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO XXXIV DOMINGO

DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 5,1-3

En aquellos días, 1 todas las tribus de Israel acudieron entonces a David, en Hebrón, y le dijeron: Somos de tu misma carne y sangre.

2 Ya antes, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú quien guiabas a Israel. El Señor te ha dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo; tú serás el jefe de Israel».

3 Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel a Hebrón, donde estaba el rey. David hizo con ellos un pacto en Hebrón ante el Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel. 

Es la tercera unción que recibe el gran rey, ahora solemnemente reconocido también por las tribus de Israel (cf. 2 Sam 2,4). El texto presenta a David como figura ideal de soberano, y lo hace a través de algunos elementos que encierran un particular significado. «Somos de tu misma carne y sangre» (cf. 19,13ss; Gn 2,23; 29,14) es una expresión que indica los lazos familiares que mantiene el soberano con todo el pueblo, el vínculo de sangre, el típico de los clanes patriarcales, recordados por la ciudad de Hebrón, donde están sepultados Abrahán y sus descendientes (cf. Gn 23; 49,31; 50,13). La gran epopeya de David prevé  que todas las tribus –tanto las del norte corno las del sur– se reúnan bajo la guía de un único soberano y se reconozcan entre ellas como «de tu misma carne y sangre». En David se crea la unidad y la cohesión de todo el pueblo. Las palabras de los israelitas legitiman, por otra parte, la sucesión de David respecto a Saúl, tras la eliminación del descendiente de este último, contada en el capítulo precedente.

El soberano tiene una tarea pastoral: proteger la vida de todo el pueblo y guiarlo al bienestar sobre la tierra (cf. Sal 23; 72). Esta misión no le es requerida sólo por los representantes de las tribus del norte, sino por el mismo Dios, que ha dirigido su promesa al hijo de Jesé (cf. 1 Sam 16,1-13; 2 Sam 7,8). Sobre la base del juramento de Dios se estipula ahora el pacto entre el rey y las tribus, un pacto de fidelidad y de lealtad que remite a las mismas prerrogativas de Dios, el verdadero rey que está por encima de todos los hombres. Así pues, toda soberanía sobre el pueblo de Dios remite a la soberanía de Dios y no puede seguir otros modelos monárquicos, basados en la divinización del rey (cf. Ez 28,1). David, para poder estar al frente de todas las tribus y guiarlas como jefe, debe estar ante el Señor y ser guiado por su Palabra.

Segunda lectura: Colosenses 1,12-20

Hermanos: 12 Demos gracias al Padre, que nos ha hecho dignos de compartir la herencia de los creyentes en la luz.13 Él es quien nos arrancó del poder de las tinieblas y quien nos ha trasladado al reino de su Hijo amado, 14 de quien nos vienen la liberación y el perdón de los pecados. 15 Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura. 16 En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo lo ha creado Dios por él y para él. 17 Cristo existe antes que todas las cosas, y todas tienen en él su consistencia. 18 Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio de todo, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte, y por eso tiene la primacía sobre todas las cosas. 19 Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud 20 y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz.

El fragmento se abre con una acción de gracias, última de una serie de actitudes que los colosenses deben adoptar para agradar a Dios (cf. 1,10-12): dar fruto, aumento del conocimiento, fortaleza en la tolerancia y en la paciencia, el agradecimiento.

El autor invita a los colosenses a dar gracias al Padre, que ha llevado a cabo en ellos el paso del reino de las tinieblas al señorío del «Hijo de su amor» (así al pie de la letra). A ellos les ha sido asignada la misma suerte de los ángeles y de todos los que están junto a Dios, una vez obtenidos, «en Cristo», el rescate y el perdón de los pecados. El momento crucial está determinado, pues, por la presencia del Hijo, que la carta escruta a fondo.

Comprenderle a él significa comprender todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (cf. 2,3). La confesión cristológica pretende garantizar al cristiano la certeza de su liberación. Toda potestad depende de la acción creadora y redentora de Cristo y encuentra en él su origen. Nadie tiene capacidad para anular la obra del Hijo, porque nadie es como él. En consecuencia, la Iglesia no puede inclinarse ante otras cabezas o tenerles miedo,  dado que la única «cabeza» es Cristo, su Señor. La primacía de Cristo tenemos que entenderla no sólo como antecedente –está «antes» de todos–, sino sobre todo como preeminencia y excelencia «cualitativa» de su ser. Sin él no habría posibilidad de vida, de unidad y de armonía en el interior de la creación y del universo. La serie de títulos aplicados a Cristo («imagen» o icono, «primogénito», cabeza, «reconciliador») en este texto es notable y apunta hacia la unicidad del ser de aquel por medio del cual y por el cual fueron hechas todas las cosas.

Evangelio: Lucas 23,35-43

En aquel tiempo, 35 el pueblo estaba allí mirando. Las autoridades, por su parte, se burlaban de Jesús y comentaban:

A otros ha salvado, ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el elegido! 36 También los soldados le escarnecían. Se acercaban a él para darle vinagre 37 y decían: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. 38 Habían puesto sobre su cabeza una inscripción que decía: «Éste es el rey de los judíos». 39 Uno de los malhechores crucificados le insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros. 40 Pero el otro intervino para reprenderle, diciendo: ¿Ni siquiera temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? 41 Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo. 42 Y añadió: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey. 43 Jesús le dijo: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Lucas pinta la escena de la coronación de Jesús con un admirable juego de perspectiva. En el fondo encontramos al pueblo, que está mirando; más cerca, los jefes y los soldados, a los pies de la cruz, burlándose de Jesús; en primer plano, los dos malhechores que hablan con él y, por último, sus palabras de salvación. El pueblo constituye el numeroso público que asiste al espectáculo. En relación con las frases dichas por los otros protagonistas, representa un motivo más para que el rey decida responder a las peticiones que seguirán.

La primera es la de los jefes, que tientan a Jesús con la tercera de las argumentaciones de Satanás (cf. 4,9): le ponen a prueba recordándole que es el protegido, el amado, el ungido de Dios. Se mofan a partir de una realidad muy seria: la relación Padre-Hijo. Los soldados recuerdan el valor político del título de mesías: un rey dispone de poder; ya se lo había insinuado Satanás a Jesús en la segunda de las tentaciones, cuando intentó corromperle con la posesión de todos los reinos de la tierra, no sólo del de los judíos (cf. 4,6ss). El malhechor colgado en la cruz al lado de Jesús presenta la tentación más fuerte, porque también él está sufriendo en la cruz junto a Jesús. La escena está cargada de pathos: ¿por qué el Salvador de los hombres, que se ha conmovido ante los sufrimientos humanos, no responde al grito de los míseros de la tierra? Ésta es la más diabólica de las pruebas, porque, una vez más, intenta romper la unión Padre-Hijo: «¿No eres tú el Mesías?». Desaparece la Palabra de Dios, la referencia a su voluntad; se afirma el instinto de supervivencia a toda costa (cf. 4,3).

Por último, la escena culmina en la inauguración solemne del Reino en el hoy: el «buen ladrón» –como le llamamos tradicionalmente– roba el paraíso en el último instante de su vida, confiándose a Jesús, del mismo modo que éste se entregará confiadamente en los brazos del Padre (cf. 23,46).

MEDITATIO

El pasaje de la Carta a los Colosenses nos pregunta si podemos prescindir de Cristo, dado que él es el artífice de la vida, de la nuestra y de la del mundo. Dado que hemos sido introducidos en su Reino, ¿podemos rechazar su primacía o escoger otras? Sería verdaderamente difícil comprender el sentido de nuestra vida. Es como si debiéramos actuar sin un modelo de referencia, sin una base, sin un principio unificador de nuestras capacidades: de la mente, del corazón, del cuerpo. Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito, el principio, la cabeza, el primado, el pacificador. En él está la plenitud de la vida divina.

El «buen ladrón» decide confiarse a Jesús pidiéndole entrar a formar parte de su Reino. Reconoce la justicia de este rey precisamente en la hora en que parte para su más largo viaje, como en la parábola (cf. Lc 19,11-27). Jerusalén, sin embargo, que no ha reconocido ni acogido a Jesús, está a punto de hundirse (13,34ss; 19,41-44). Tenía el tesoro entre sus murallas, pero no lo apreció. No obstante, dejó que su rey fuera reconocido por todas las tribus de la tierra, lo ofreció en rescate por toda la humanidad. Según Lucas, el artífice de toda la creación llevó a cabo su designio desde Jerusalén, desde el centro de la historia de la salvación y del universo, reconciliando todo desde el interior de la creación. Ahora, todas las tribus de la tierra se reúnen en torno a él para ser pacificadas de nuevo en su sangre.

El mundo y el universo pueden tomar del tesoro de Cristo la sabiduría necesaria para crear las condiciones fundamentales para la vida de todo ser vivo. La fiesta de Cristo Rey es, pues, la fiesta de toda criatura que no encuentra espacio en esta tierra porque está aplastada por lógicas que no responden a la verdadera Sabiduría, lógicas de poder y de beneficio, lógicas que responden a la ley del más fuerte y no a la ley del perder la vida para que todos la tengan en abundancia.

ORATIO

Señor Jesús, hijo del amor de Dios, no por nuestros méritos hemos obtenido en herencia formar parte de tu Reino, sino que nos lo ha concedido el Padre, precisamente él, que mediante ti y por ti creó todas las cosas.

Tú, que padeciste la injusticia humana para encontrar a un condenado a muerte, ayúdanos a realizar hoy la justicia de tu Reino: el perdón del pecador, la fiesta para cada hombre arrebatado al reino de la muerte.

Aleja de nosotros la tentación de la violencia que reprime la violencia, el deseo de venganza, la voluntad de hacernos justicia nosotros mismos.

Haz que nuestros ojos, cegados por los espejismos del beneficio, puedan contemplar el tesoro de tu sabiduría; que nuestras mentes necias puedan intuir políticas de desarrollo y de paz; que nuestros corazones endurecidos se apasionen de nuevo ante el misterio de la vida contenido en el universo; que nuestras manos ensangrentadas trabajen en la construcción de tu Reino.

A ti, Señor, el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

CONTEMPLATIO

El Hijo de Dios es el Rey de los cielos. Más aún, por ser la verdad misma y la misma sabiduría y justicia, con razón afirmamos que se identifica con el mismo Reino. Este Reino, por tanto, no tiene sede ni por debajo ni por encima de nuestra dimensión, sino en todo lo que recibe el nombre de «cielo». En efecto, aunque eliminases aquel pasaje en el que se lee:

«De ellos es el Reino de los Cielos» (Mi 5,3), podrías afirmar, no obstante, que el reino de ésos –mientras dura– es Cristo mismo, dado que extiende su poder incluso sobre cada uno de los pensamientos de aquel que deja de ser esclavo del pecado; ese pecado que, por el contrario, de señor lo convierte en el cuerpo mortal de aquellos que están prostituidos. Al decir, pues, que Cristo domina sobre cada pensamiento de alguien, pretendo dar a entender que allí donde haya justicia y sabiduría y verdad junto con todas las otras virtudes, allí ejerce el Señor su poder sobre aquel que se  ha convertido él mismo en «cielo», llevando en sí mismo la imagen de realidades celestiales (Orígenes, Comentario al evangelio de Mateo,

14, 7).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Acuérdate de mí cuando vengas como rey» (Lc 23,42).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es menester que pidamos la gracia de sentir el cielo a través de la mirada de Cristo, que nos dice: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso». Jesús ha abierto las puertas, y desde ahora en adelante podemos ser poseídos por su gloria en la oscuridad de la fe. Ahora empezamos a entrever el misterio de la misericordia.

Se cuenta, entre los Padres del desierto, la historia de un miserable zapatero remendón de Alejandría al que un ángel había presentado al gran san Antonio como un hombre más adelantado que él, a pesar de los esfuerzos heroicos del eremita, apasionado, fuertemente preocupado por hacer progresos. No poco desconcertado por esta revelación, Antonio se fue enseguida a la ciudad de perdición para aprender de labios del zapatero el secreto de su perfección:  «¿Qué  haces  de  extraordinario  para  santificarte  en  semejante   ambiente?». «¿Yo?  Hago  zapatos».  «Sin  duda.  Pero  debes  de  tener  algún  secreto.  ¿Cómo vives?».

«Divido mi vida en tres ámbitos: la oración, el trabajo y el sueño». «Yo oro siempre, lo que haces tú no está bien. ¿Y la pobreza?». «También en este caso hago tres partes: una para la Iglesia, otra para los pobres y otra para mí». «Pues yo he dado todo lo que tenía... Debe de haber alguna otra cosa. ¿No crees?». «No». «¿Y consigues soportar a todas estas personas que ya no saben distinguir el bien del mal, que se dirigen claramente al infierno?». «Ah, eso no lo hago, no lo soporto. Pido a Dios que me haga bajar vivo al infierno con tal de que ellos se salven». San Antonio se retiró de puntillas confesado: «No soy así».

La misericordia es el desconcierto de los que están en el cielo frente a los que no lo están. Para conocer esta reacción es necesario haber accedido al Reino de los Cielos y mirar a los que están excluidos de él. Ya no se «ejercita» en la misericordia y en la contrición. Todo lo que se puede hacer es aceptar (o rechazar) que la misericordia haga dar la vuelta a nuestra barca, lo que no es poco, puesto que barre todo a su paso. Entonces podremos escribir con santo Domingo: «¿Qué será de los pecadores?», y con el mísero zapatero:

«Que yo baje al infierno, pero que ellos se salven». Teresa estaba poseída por este espíritu de misericordia. Todo lo que podemos hacer es no resistirnos demasiado cuando se presente esta locura. Pidamos la gracia de no decir: «Es interesante; de momento, déjeme su dirección. Ahora no puedo comprometerme. ¿Qué vamos a hacer? Tengo que defender un equilibrio» (M.-D. Molinié, Chi comprenderá il cuore di Dio? Meditazioni per il tempo di Pasqua, Cásale Monf. 2000, pp. 140-142).

 

GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO

volumen 15 Domingos del Tiempo ordinario ciclo C (pp 323-331)

PONENTE: Pastoral de la Comunicación

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