Lectio Divina de hoy domingo 18 de Diciembre 2022



CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Año A

LECTIO

Primera lectura: Isaías 7,10-14

10 El Señor volvió a hablar a Acaz y le dijo:

11 –Pide al Señor tu Dios una señal, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.

12 Respondió Acaz: –No la pido, pues no quiero tentar al Señor.

13 Isaías dijo: –Escucha, heredero de David, ¿les parece poco cansar a los hombres, que quieren también  cansar a mi Dios? 14 Pues el Señor mismo les dará una señal: Miren, la joven está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrá el nombre de Emmanuel, que significa Dios con nosotros.

En esta complicada página de Isaías, aparece Acaz, el cual, asustado por la liga de los reyes vecinos que querían implicarlo en la guerra contra Asiria, acude al potente rey enemigo para que le defienda contra ellos. Pero de este modo abre las puertas al dominio asirio. El profeta Isaías le anima a tener fe y estar tranquilo, le sugiere una opción de fe preñada de sabiduría práctica, porque de este modo quedaría libre del dominio extranjero.

Sabiendo la dificultad de creer en un momento similar, donde están en juego cuestiones tan graves como la política y la guerra, donde Dios parece contar poco o nada, el mismo Dios está dispuesto a ofrecer un signo a Acaz para ayudar a su débil fe. Pero Acaz lo rechaza hipócritamente: pues finge recurrir a un motivo religioso («No quiero tentar al Señor») aunque en realidad rechaza asumir la actitud de fe dejándose guiar por Dios. No es que sea un ateo de hecho cree en Dios, pero surge aquí la espinosa cuestión de fondo: ¿Tiene que ver Dios con los grandes problemas de relaciones internacionales y, más en general, con las grandes opciones o con las decisiones de cada día, o más bien Dios es aquel a quien adoramos cuando vamos al templo y las demás opciones se toman en base a los juegos de poder de los hombres?

A la dramática pregunta, Dios responde ofreciendo un signo: un niño que nace de una muchacha todavía virgen y asume el nombre simbólico de «Dios con nosotros». Ciertamente es un pequeño signo que exige fe. ¿Qué es, de hecho, un niño frágil frente a los ejércitos que avanzan? Y, sin embargo, es un signo fuerte, porque nos dice que Dios cuida de la vida de este pueblo garantizándole un futuro.

Segunda lectura: Romanos 1,1-7

1 Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, destinado a proclamar el evangelio que Dios 2 había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras Santas. 3 Este evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David, 4 y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios según el Espíritu santificador: Jesucristo, Señor nuestro, 5por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de que, para su gloria, respondan a la fe todas las naciones, 6 entre las cuales también están ustedes que han sido elegidos por Jesucristo. 7 A todos los que están en Roma y han sido elegidos amorosamente por Dios para constituir su pueblo, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo el Señor.

Al comienzo de la carta que Pablo escribe a los Romanos, se autopresenta como

«apóstol por vocación », para que quede claro que su evangelio no es fruto de obra humana, sino que proviene de Dios. Inmediatamente después presenta el elemento central de este “evangelio” y precisamente la profesión de fe en Jesús como Mesías, hijo de David, anunciado por las antiguas Escrituras y constituido Hijo de Dios, con pleno poder por la resurrección (vv. 3-4). En lo referente al título «Hijo de Dios» no significa que Jesús no lo fuera antes de la resurrección, sino que la resurrección lo constituye tal «en poder», mientras que antes había aparecido en la debilidad de la carne.

La Iglesia, en la fe, incesantemente lo proclama Mesías, Hijo de Dios, Señor. Los que acogen este “evangelio” obtienen un don precioso: son «amados de Dios y santos por vocación».

Evangelio: Mateo 1,18-24

18 El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo. 19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. 20 Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el profeta:

23 La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel. (que significa: Dios con nosotros)

24 Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado: recibió a su esposa.

El fragmento evangélico es continuación directa de la célebre página de la genealogía de Jesús (Mt 1,1-17). A través de la serie de nombres de los antepasados, el evangelio ya nos ha dicho que Jesús se ha insertado plenamente en la historia humana, pero la genealogía también nos deja intuir que hay un misterio especial en este niño: de hecho, no es engendrado por una sucesión directa de padre a hijo, sino que nace «de María». Quedan, pues, dos cosas por explicar, a las que da respuesta la perícopa de hoy: ¿Cuál es propiamente el origen de Jesús? y ¿cómo se puede llamar «hijo de David» si físicamente no fue engendrado por un descendiente de David?

Los acontecimientos narrados nos revelan el misterio de Jesús: nace de una mujer, María, como verdadero hombre insertado en la historia humana, pero su nacimiento es «obra del Espíritu Santo», aplicándole literalmente la profecía de Isaías, que llamaba a aquel niño «Dios con nosotros» (1,23). Además se le considera plenamente de la descendencia de David, porque José, hijo de David, lo toma como hijo propio: la función esencial del padre, lo que realmente le hace padre, más allá de la generación física, es la de dar nombre al hijo y es lo que precisamente hace José. Dándole el nombre, le confiere su identidad social y por esta razón Jesús es reconocido como verdadero hijo de David, como conviene al Mesías. Sin embargo, al misterio de Dios se accede sólo por la fe: y en esto sobresale José, definido por su fe, con el apelativo bíblico de «justo» (v. 19).

MEDITATIO

Las lecturas ofrecen hoy a nuestra consideración a dos personajes cuya reacción ante la promesa de Dios es diametralmente opuesta: el rey Acaz, imagen del incrédulo, y José, figura del creyente. La fe de José esboza algunos rasgos de nuestra fe. De hecho  él, portador del nombre de uno de los padres de Israel, revive la fe de los patriarcas. Como Abrahán, padre en la fe, José está dispuesto a seguir el camino confiado del proyecto de Dios. Es el hombre «justo», es decir, el que cree las promesas de Dios incluso cuando éstas resultan extrañas e improbables y, de cualquier modo, incómodas: su vida se ve convulsionada por el nacimiento de aquel cuyo nombre significa salvación. Ser salvados no significa, por lo tanto, caminar por un sendero llano; exige de cada uno de nosotros la disponibilidad a dejarse modificar en pensamientos, proyectos, opciones. El justo en la Biblia es aquel que permanece firmemente anclado en Dios, a pesar de los pesares, aunque tenga que quedarse solo.

Además José es el hombre obediente, dispuesto a renunciar a María y luego a acogerla en casa si ésta es la voluntad de Dios. A María, su prometida, en cierto sentido se la «quitan» para volvérsela a «dar» de modo más sublime, y él la recibe como don de Dios. La encuentra distinta de como pensaba y la acoge bajo una luz nueva porque Dios se la da, y la quiere con amor delicado, respetuoso, silencioso y desinteresado. Lo dicho vale análogamente para la relación con Jesús: José es desapropiado del hijo –porque aquel niño no es hijo de sus entrañas–, pero a la vez no es un padre «disminuido», desde el momento en que será él quien impondrá el nombre a Jesús. El justo José experimenta así lo que es el sentido de cualquier hijo, una realidad que no pertenece a sus progenitores y que, precisamente por eso, se acoge con gozo como promesa abierta a la esperanza.

La fe aparece, pues, como la condición en la que descubrimos con nueva luz el sentido de las cosas y de las relaciones más preciosas que vivimos.

ORATIO

«Pide un signo»: en nuestro camino, Señor, has diseminado múltiples signos de tu presencia, pero nosotros no podemos damos cuenta de su poder sino en el momento en que de veras nos comprometemos contigo. Danos la gracia de abrimos a ti y de acogerlos.

Tu Palabra con frecuencia se reduce para nosotros a una serie de pobres signos, trazados sobre el papel, hasta que nos decidimos a hacerla nuestra, a meditarla y a asumirla como alimento de nuestro espíritu. La Eucaristía nos parece un simple trozo de pan si no nos acercamos con fe y no lo acogemos como alimento de vida que engendra en nosotros el amor. Nuestros hermanos con frecuencia no tienen nada de excepcional, hasta que no los miramos bajo el prisma de tu amor que hace de todos nosotros tu cuerpo, una Iglesia en la que aprendemos a conocerte y a amarte.

No permitas, Señor, que pasen desapercibidos estos signos preciosos de tu presencia. Eres tú mismo quien nos los da, no dejes que los rechacemos, como Acaz, por temor a comprometemos en la vida de fe. Al contrario, refuerza y guarda en nosotros la fe  obediente del justo José.

CONTEMPLATIO

¡Oh María, mar sereno, María dispensadora de paz, María tierra fructífera! Hoy, María, te has hecho libro en el que se escribe nuestra norma. En ti hoy se escribe la sabiduría del Padre eterno. En ti hoy se manifiesta la fortaleza y la libertad del hombre porque fue enviado un ángel a anunciarte el misterio del plan divino, y pedir tu consentimiento (...). Esperaba a la puerta de tu voluntad para que le abrieras, quería venir a ti; y nunca hubiese entrado si no le hubieses abierto diciendo: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38)...

¡Oh María, dulcísimo amor mío! En ti está escrito el Verbo, del que recibimos la doctrina de la vida. Tú eres la tábula que nos ofrece esa doctrina. Veo que, tan pronto como fue escrito en ti, el Verbo no estuvo sin la cruz del santo deseo, sino que, ya en el momento de su concepción en ti, le fue infundido y añadido el deseo de morir para traer al hombre la salvación, por la cual se encamó (...).

Oh María, bendita seas entre todas las mujeres: hoy nos has dado de tu harina. Hoy la deidad se ha unido y amasado con nuestra humanidad tan fuertemente, que jamás se podrá separar esta unión, ni por la muerte ni por nuestra ingratitud (Catalina de Siena, Preghiere ed elevazioni, Roma 1920, 116-124).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrá por nombre Emmanuel (que significa Dios con nosotros)» (Mt 1,23).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

José es del mismo temple que María: un creyente a la escucha de lo que le sucede. La noticia de la próxima maternidad de María no suscita en él ninguna reacción defensiva. No conservamos ninguna de sus palabras. No es una persona que habla o ajusta las cosas para ventaja propia: se limita a escuchar lo que le revela el ángel, la verdad de Dios es más importante de lo que José vive. Y esta verdad la respeta José sin agresividad alguna, sin pensar siquiera en defenderse. Tanto para María como para José, la anunciación es algo increíble. Nadie puede estar a la altura de semejante verdad. No obstante, no aparece asomo de escepticismo, ni de comportamiento pasivo, no hay toma de distancias, nada que nos haga pensar en un sentimiento de resarcimiento. Sólo fe y abandono. María y José han renunciado a su verdad para entrar en la de Dios.

¿Y nosotros? Nosotros no podemos ser felices si no logramos leer en profundidad los acontecimientos de nuestra existencia. Dios está presente en nuestra existencia: en cada una de sus vicisitudes aparece su plan, su intención de decirnos algo. Es una verdad que debemos descubrir también ahora (G. Danneels, Le satagioni della vita, Brescia 1998, 210- 211).

 

GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO

volumen 1 Tiempo de Adviento (pp 213-219)

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

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