Lectio Divina de hoy domingo 17 de Septiembre 2023



XIV DOMINGO
DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera Lectura: Eclesiástico 27,30-28,9
27, 30 También el rencor y la ira son detestables;
el pecador las guarda en su interior.
28, 1 Del vengativo se vengará el Señor,
que de sus pecados llevará cuenta exacta.
2
Perdona a tu prójimo la ofensa
y, cuando reces, serán perdonados tus pecados.
3 El que alimenta rencor contra otro,
¿cómo puede pedir curación al Señor?
4
Si un hombre no se compadece de su semejante,
¿cómo se atreve a suplicar por sus culpas?
5
Si es un simple mortal y guarda rencor,
¿quién le va a perdonar sus pecados?
6 Acuérdate de tu fin y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
7 Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo.
Acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto las ofensas.
«Acuérdate de los mandamientos...», «Acuérdate de la alianza del Altísimo...» (v. 7): la
Sabiduría nos invita a recordar la alianza. Y aún más, en el libro del Sirácide, la Sabiduría
es identificada con el libro de la alianza («Todo esto es el libro de la alianza del Dios
Altísimo, la ley promulgada por Moisés como herencia para las asambleas de Jacob [...]
rebosa sabiduría [...] está llena de inteligencia [...], va repleta de disciplina», 24,23-26).
Ésta es la relación que el «sabio de Israe1», a caballo entre el sigo III y el II a. de C.,
establece con la Torah. Ciertamente, Ben Sira no es un legalista: la ley, para él, es la ley de
la vida; se refiere, en este sentido, al libro del Deuteronomio (cf 4,1.6) Y a la tradición de
los profetas (cf., por ejemplo, Bar 3,36-4,4).
Entonces, ¡acuérdate! Recuerda principalmente que existe un novum, un punto, un
término, un fin último de la vida, de la historia, de la creación: «Acuérdate de tu fin y deja
de odiar» (tal cual, literalmente, 28,6). Escucha el mandamiento («No tomarás venganza ni
guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo», cf Lv
19,18), el mandamiento más importante (cf Lc 10,25-28); el perdón es la actuación
ordinaria, cotidiana, del mandamiento doble del amor a Dios y al prójimo. Y hay una
correspondencia entre el perdón humano y el divino que Ben Sira acentúa en este texto.
Esta correlación, formulada en el Antiguo Testamento, está corroborada en el Nuevo. En
el comentario del padrenuestro, Jesús declara: «Si ustedes perdonan a los demás sus culpas,
también se las perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a los demás,
tampoco su Padre perdonará sus culpas» (Mt 6,14ss).

Segunda lectura: Romanos 14,7-9
Hermanos: 7 Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo;
8
si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor.
Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor.
9
Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.
Pablo afronta un asunto espinoso: la comunidad cristiana de Roma está dividida entre
quienes denomina «fuertes» y «débiles». Es un problema delicado: los débiles se abstienen
de comer carnes y guardan un determinado calendario, son vegetarianos y celosos
cumplidores de un rígido ascetismo. Los fuertes, por el contrario, comen de todo sin ningún
problema y no hacen distinciones de días. Entre ambas partes ha surgido una disputa de
recíproca acusación y condena. Pablo les exhorta a la acogida mutua: «acójanse unos a
otros, como también Cristo los acogió para gloria de Dios» (Rom 15,7); «no destruyan la
obra de Dios por una cuestión de comida » (14,20). Y, para que sea posible una acogida
mutua y común, «cada cual actúe según su propia conciencia» (14,5), nadie debe
reivindicar pretensiones sobre los demás, un derecho de posesión inexistente sobre el
hermano o los hermanos.
Pablo distingue entre lo secundario y lo importante, y el problema, el motivo de la
contienda, es marginal, aún sumando todos los elementos de la discusión. Sin embargo, el
punto central sí lo reafirma: es el principio universal de la pertenencia a Cristo (vv. 7-9). Es
fundamental que la comunidad reconozca que Cristo es, efectivamente, el único Señor, en
virtud de su muerte y resurrección. Por tanto, cada uno está llamado a comprobar su
pertenencia a Cristo, la autenticidad de su fe y, respecto al tema aludido, la acogida del
hermano.
Evangelio: Mateo 18,21-35
21 Entonces se acercó Pedro y le preguntó:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?
22 Jesús le respondió:
– No te digo siete veces, sino setenta veces siete. 23 Porque con el Reino de los Cielos sucede lo
que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. 24 Al comenzar a ajustarlas, le fue
presentado uno que le debía diez mil talentos. 25 Como no podía pagar, el señor mandó que lo
vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda. 26 El siervo se echó
a sus pies suplicando: «¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!». 27 El señor tuvo compasión
de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda. 28 Nada más salir, aquel siervo encontró a un
compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello, diciendo: «¡Paga lo
que debes!». 29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: «¡Ten paciencia conmigo y te
pagaré!». 30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda. 31 Al
verlo sus compañeros, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido.
32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera porque
me lo suplicaste. 33¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?».
34 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la
deuda. 35 Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial si no se perdonan de corazón unos a otros.
Estamos en el corazón del denominado «discurso eclesial» (o comunitario) de Mateo,
que ocupa todo el capítulo 18. La principal interpelada es la comunidad cristiana, la Iglesia,

«la asamblea de los llamados» (v. 17). El discurso no está dirigido a extraños, sino a
hermanos que viven juntos. Se trata de dar consistencia al amor fraterno: «Señor, ¿cuántas
veces...?». La pregunta de Pedro es clara (v. 21). La cuestión es de cálculo, el límite o las
fronteras del perdón... «¿Siete veces?» Hasta cuántas veces, llegados a un punto, basta,
porque la paciencia tiene un límite.
Jesús, como de costumbre, le contesta con una parábola (vv. 23-34), y quien quiera
entender que entienda. Es un drama, de corte sapiencial, en tres actos, sin paralelo en los
otros sinópticos. Los protagonistas, un rey y sus siervos.
El primer acto, estructurado con una lógica extraña, abre el drama: este rey decide
ajustar las cuentas con sus sirvientes. Le presentan a un siervo con una deuda enorme: diez
mil talentos. Imposible de saldar. Un talento correspondía a 36 kilos, en peso, o a 10.000
denarios, en monedas. Si un denario era el jornal de un obrero, para que el siervo hubiese
podido pagar la deuda debería haber trabajado una cantidad inconmensurable de años. Y
aunque el rey hubiese logrado vender a aquel siervo, con toda su familia y sus bienes (como
había amenazado) habría obtenido más bien poco (la venta de un esclavo oscilaba entre 500
denarios, como mínimo, y 2.000 denarios, como máximo). La propuesta del siervo, «te lo
pagaré todo», es completamente absurda. Sin embargo, lo sorprendente es la reacción del
rey–señor a la súplica del siervo: «Tuvo compasión». Ésta es la primera respuesta a la
pregunta de Pedro, y con él –portavoz de la comunidad– a todos los discípulos: reconocerse
deudores, totalmente insolventes, aunque beneficiarios de un «super–don», inmerecido y
absolutamente gratuito, procedente de Dios.
El segundo acto del drama, el perdón fraterno, mutuo e ilimitado: «No te digo siete
veces, sino setenta veces siete» (v. 22). El rey–señor desaparece de la escena y quedan
únicamente los siervos. Un segundo siervo le debe 100 denarios al primero (al siervo que le
había sido perdonado el enorme débito); bastaría con tener un poco de paciencia, como
legítimamente le pedía el segundo siervo a su compañero, («Ten paciencia conmigo y te
pagaré») y todo se resolvería. Pero –he aquí el drama– el primer siervo no quiere esperar y
reivindica, de manera agresiva, lo que considera suyo, la deuda. Sin acceder a prórroga de
ningún tipo, decide zanjar el asunto rompiendo definitivamente cualquier relación con el
otro: «Lo metió en la cárcel» (v. 30).
El último acto de la parábola es la consecuencia del comportamiento mezquino del
siervo. Es inútil decirlo. El rey, muy enfadado, emite un juicio (v. 32) y concluye
formulando una pregunta retórica: «¿No debías haber tenido compasión de tu compañero,
como yo la tuve de ti? (v. 33).

MEDITATIO

«Acuérdate de tu fin y deja de odiar» (Sir 28,6). ¿Cuál es el «fin», las «cosas últimas»,
de las que habla la Escritura? Si nos fijamos en la página del evangelio de Mateo, el fin se
refiere al Reino de los Cielos; y si hojeamos la Carta a los Romanos, coincide con el Señor
(«Vivimos para el Señor», 14,8). El Reino de los Cielos es el horizonte último de la
historia, Cristo resucitado es el acontecimiento último del hombre. Pues el perdón mira al
presente desde el fin, es decir, del novum, del éschaton, de lo definitivo que está por venir.
El perdón «no se sitúa en un plano ético, sino escatológico. El perdón es la profecía del
Reino» (E. Bianchi).
En el texto de Mateo, hay dos dimensiones en tensión: la comunidad cristiana que vive
en el tiempo, imperfectamente, y el Reino de los Cielos, que domina el fin de los tiempos.

El perdón, como posibilidad ilimitada de relación y convivencia fraterna en el presente,
también es la condición –gratuitamente ofrecida– de acceso a la comunión con Dios. Allí
donde el pecado es ruptura de la relación, el perdón es restablecimiento, reconstrucción y
consolidación de vínculos.
Se trata de abrir las puertas de nuestro corazón al amor –más precisamente, a la
misericordia de Dios– y permitirle que vivifique lo que el pecado mata. Se puede decir que
la fuerza del perdón es la paciencia, entendida como esperanza, oración y empeño por la
conversión propia y del hermano. Perdonar conlleva, en cierto sentido, participar de la
paciencia divina: él es el «paciente», el «clemente», el «compasivo», el «misericordioso» y
el «fiel» (Ex 34,6). El primer movimiento del perdón es tener paciencia, aceptar las
imperfecciones propias y ajenas. El segundo consiste en dar: estar en actitud de
disponibilidad (darse) y acogida (ofrecerse) con el ofensor.
ORATIO

¡Santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro!
Perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de
tu amado Hijo y por los méritos y la intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus
elegidos.
Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores: y lo que no perdonamos
plenamente, haz tú, Señor, que plenamente lo perdonemos, para que por ti amemos de
verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no
devolviendo a nadie mal por mal (cf 1 Tes 5,15), y para que procuremos ser en ti útiles en
todo.
Y no dejes caer en tentación: oculta o manifiesta, imprevista o insistente.
Mas líbranos del mal: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre... (Francisco de Asís,
«Paráfrasis del padrenuestro», en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos
de la época, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 28-29).
CONTEMPLATIO

Perdonarlo todo de corazón, perdonar cuanto tengan contra quien sea de corazón;
perdonar allí donde Dios ve. A veces el hombre perdona de palabra, pero se reserva el
corazón, perdona de palabra por respetos humanos y se reserva el corazón porque no teme
la mirada de Dios. Perdonar completamente todo; cualquier cosa que hayan retenido hasta
hoy, perdonarla al menos estos días. Ni un solo día debió ponerse el sol sobre tu ira, y han
pasado ya muchos. Pase de una vez tu ira, pues celebramos ahora los días del gran Sol,
aquel del que dice la Escritura: «Amanecerá para ustedes el sol de justicia y en sus alas
vendrá la salvación». ¿Qué significa en sus alas? Bajo su protección. Por esto dice el
salmo: Protégeme a la sombra de tus alas. Los otros, en cambio, que tardíamente se, han
de arrepentir en el día del juicio e infructuosamente se dolerán, de los cuales habla el libro
de la Sabiduría, ¿qué dirán entonces, pagando ya por sus culpas y gimiendo en su espíritu
angustiado? Aquel Sol amanece para los justos; en cambio, a este sol visible, Dios le hace
salir cada día para buenos y malos. Es a los justos a quienes pertenece ver aquel Sol, que
por el momento habita en nuestros corazones a través de la fe. Si, pues, llegas a airarte, que

no se ponga este Sol en tu corazón por tu ira: No se ponga el sol sobre tu ira. Evita que, al
airarte, se ponga para ti el Sol de la justicia y quedes en tinieblas.
No pienses que la ira es cosa sin importancia. ¿Qué es la ira? El deseo de venganza.
¿Qué es el odio? La ira inveterada. Lo que al principio era solamente ira se convirtió en
odio porque se hizo vieja. La ira es la paja; el odio, la viga. A veces reprendemos al que se
aíra, manteniendo nosotros el odio en el corazón. Nos dice entonces Cristo: «Ves la paja en
el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo». ¿Por qué la paja, creciendo, llegó a
hacerse una viga? Porque no fue sacada al momento. Tantas veces toleraste que saliera y se
pusiera él sobre tu ira, que la hiciste vieja. Acumulando falsas sospechas, regaste la paja;
negándola, la nutriste; nutriéndola, la hiciste una viga. Al menos, tiembla cuando se te dice:
«El que odia a su hermano es un homicida».
Hagan, pues, lo que está dicho: «Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», y
pidan con seguridad: «Perdónanos nuestras deudas», porque en esta tierra no podrán vivir
sin deudas (Agustín de Hipona, «Sermón 58», 7-8, en Obras completas de san Agustín, X,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1983, 150-153).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Acuérdate del fin y deja de odiar» (Sir 28,6).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Después de haber compuesto el bienaventurado Francisco las predichas alabanzas de las
creaturas que llamó Cántico del hermano sol, aconteció que se produjo una grave discordia
entre el obispo y el podestà –en el medievo el podestà [podeˈsta] era el primer magistrado
de las ciudades del centro y norte de Italia– de la ciudad de Asís. El obispo excomulgó al
podestà, y éste mando pregonar que ninguno tratara de vender ni de comprar nada al
obispo, ni de celebrar ningún contrato con él.
El bienaventurado Francisco, que oyó esto estando muy enfermo, tuvo gran compasión
de ellos, y más todavía porque nadie trataba de restablecer la paz y dijo a sus compañeros:
«Es para nosotros, siervos de Dios, profunda vergüenza que el obispo y el podestà se odien
mutuamente y que ninguno intente crear la paz entre ellos», y al instante, y con esta
ocasión, compuso y añadió estos versos a las alabanzas sobredichas:
«Loado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,
pues por ti, Altísimo, coronados serán».
Llamó luego a uno de sus compañeros y le dijo: «Vete al podestà y dile de mi parte que
tenga a bien presentarse en el obispado con los magnates de la ciudad y con cuantos
ciudadanos pueda llevar».
Cuando salió el hermano con el recado, dijo a otros dos compañeros: «Vayan y canten
ante el obispo, el podestà y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en
que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener
amistad como antes».

Reunidos todos en la plaza del claustro episcopal, se adelantaron los dos hermanos y uno
de ellos dijo: «El bienaventurado Francisco ha compuesto durante su enfermedad unas
alabanzas del Señor por sus creaturas en loor del mismo Señor y para edificación del
prójimo. El mismo les pide que se dignen escucharlas con devoción», y se pusieron a
cantarlas.
Inmediatamente, el podestà se levantó y, con las manos y los brazos cruzados, las
escuchó con la mayor devoción, como si fueran palabras del evangelio, y las siguió
atentamente, derramando muchas lágrimas. Tenía mucha fe y devoción en el
bienaventurado Francisco.
Acabado el cántico de las alabanzas, dijo el podestà en presencia de todos: «Les digo de
veras que no sólo perdono al obispo, a quien quiero y debo tener como mi señor, sino que,
aunque alguno hubiera matado a un hermano o hijo mío, le perdonaría igualmente». Y,
diciendo esto, se arrojó a los pies del obispo y dijo: «Señor, le digo que estoy dispuesto a
darle completa satisfacción, como mejor le agradare, por amor a nuestro Señor Jesucristo y
a su siervo el bienaventurado Francisco».
El obispo, a su vez, levantando con sus manos al podestà, le dijo: «Por mi cargo debo
ser humilde, pero mi natural es propenso y pronto a la ira; perdóname». Y, con
sorprendente afabilidad y amor, se abrazaron y se besaron mutuamente» («Espejo de
perfección», X, l01, en san Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la
época, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 773-774).

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.