Lectio Divina de hoy domingo 13 de Noviembre 2022



XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 3,19-20a

Así dice el Señor: 19 Ya viene el día, abrasador como un horno; todos los arrogantes, todos los malvados, no serán entonces más que paja. Ese día que está llegando, dice el Señor todopoderoso, los abrasará y no dejará de ellos ni rama ni raíz. 20 Pero sobre ustedes los que honran mi nombre, se alzará un sol de justicia.

El fragmento que hemos leído, tomado de la sección sexta del libro (3,13-21), está iluminado por la llegada de un día cuyo calor abrasará hasta la raíz de los árboles que dan frutos venenosos, sin que puedan volver a germinar. Sin embargo, un «sol de justicia» extenderá sus rayos como alas para recubrir y calentar a quienes todavía experimentan los escalofríos ante los crímenes y los delitos.

Ese día, una vez eliminados los asesinos, se podrá salir, por fin, de casa y vivir con alegría, como terneros que salen del cercado. Ese día, por tanto, permite recuperar la calidad de la vida para aquellos que apuestan por ser personas rectas ante Dios, mientras que marcará el fracaso de los que buscan ganar explotando a los miembros de su pueblo, conspirando junto con los criminales que encuentran.

También en otros libros de la Biblia se habla del «día del Señor» como día de salvación y de condena (Mal 3,2; Is 2,6-22; Am 5,18-20; Sof 1,15-18). Malaquías también habla de él porque quiere que el pueblo, una vez vuelto del exilio, recupere su cualidad más pura: en el culto, en la vida, en sus valores más elevados. No se contenta con la mediocridad, no le basta, por ejemplo, que se haya reconstruido el templo. Quiere que, empezando por el templo, todo se haga bien, en un clima de respeto al mismo Dios. Quiere que todo el pueblo esté preparado para contemplar el sol de su justicia y no dude de que éste permanecerá aunque, en plena tempestad, se acumulen las nubes ((cf. 2,18).

Segunda lectura: 2 Tesalonicenses 3,7-12

Hermanos: 7 Conocen perfectamente el ejemplo que les hemos dado, porque no hemos vivido ociosamente entre ustedes 8 ni hemos comido de balde el pan de nadie; al contrario, hemos trabajado con esfuerzo y fatiga día y noche para no ser gravosos a ninguno de ustedes. 9 ¡Y no es que no tuviéramos derecho a ello! Pero quisimos darles un ejemplo que imitar.

10 Porque ya cuando estábamos entre ustedes les dábamos esta norma: El que no quiera trabajar que no coma. 11 Pues bien, tenemos noticia de que algunos de ustedes viven ociosamente, sin otra preocupación que curiosearlo todo. 12 De parte de Jesucristo, el Señor, les mandamos y exhortamos a que trabajen en paz y se ganen el pan que comen.

Tras la ortodoxia, en la última parte de la segunda Carta a los Tesalonicenses se recomienda la ortopraxis. Un pasaje como éste está dictado por el comportamiento extravagante de algunos miembros de la comunidad que habían abandonado su puesto de trabajo en nombre del Evangelio, tal vez a causa de la fe en una inminente manifestación del Señor. Este cristianismo vivido entre las nubes no ayudaba al crecimiento de la comunidad ni a su credibilidad en el ambiente de Tesalónica. Pablo había encontrado ya muchos vagabundos dedicados a procurar molestias al prójimo y se había visto obligado a demostrar, trabajando, que no era como ellos. Por consiguiente, no había necesidad de tener otros precisamente dentro de la comunidad.

El apóstol, que aunque estaba revestido de la autoridad de guía se había «camuflado» en Tesalónica entre los trabajadores y no se había avergonzado de ganarse el pan como ellos, no quiere que nadie deje de trabajar y viva sin esquemas de referencia. Propone, más bien, la mimesis es decir, la imitación– de su propia conducta. En efecto, el mismo Pablo les suministra la más evidente demostración de la viabilidad del mensaje cristiano en todos los ambientes de vida. Las palabras de la carta recuerdan los dichos del Evangelio sobre el siervo fiel y vigilante que el señor encuentra despierto. Éste recibirá su recompensa precisamente porque no ha abandonado su ocupación, sino que, por estar seguro de la vuelta del Señor, le hace encontrar todo en orden y a él mismo dispuesto (cf. Lc 12,35-48).

Evangelio: Lucas 21,5-19

En aquel tiempo, 5 al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

6Vendrá un día en que todo eso que ven quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

7 Entonces le preguntaron:

Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?

8 Él contestó:

Estén atentos, para que no los engañen. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy, ha llegado la hora». No vayan detrás de ellos. 9 Y cuando oigan hablar de guerras y de revueltas, no se asusten, porque es preciso que eso suceda antes, pero el fin no vendrá inmediatamente.

10 Les dijo además:

Se levantará nación contra nación y reino contra reino. 11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo. 12 Pero antes de todo eso, les echarán mano y los perseguirán, los arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles y los harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre. 13 Esto les servirá para dar testimonio. 14 Háganse el propósito de no preocuparse por su defensa, 15 porque yo les daré un lenguaje y una sabiduría a los que no podrá resistir ni contradecir ninguno de sus adversarios. 16Serán entregados incluso por sus padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de ustedes los matarán. 17 Todos los odiarán por mi causa. 18 Pero ni un cabello de su cabeza se perderá. 19 Si se mantienen firmes, conseguirán salvarse.

Reflexión

Las piedras del templo caerán bajo los golpes de las legiones romanas en el año 70, después de que el fuego de los dominadores extranjeros se inflame para incendiar los paramentos sagrados. La comunidad cristiana de los orígenes, sostenida por la Palabra de  su Señor, reflexiona sobre estos acontecimientos y verifica su capacidad de resistencia en este trance delicado de la historia.

La enseñanza de Jesús nos lleva a comprender que el final del templo no coincide ni con el final del tiempo ni con la parusía. Si bien desde muchos lugares se habían elevado voces en este sentido por parte de personajes que se presentaban con prerrogativas mesiánicas, en la comunidad cristiana resuena con fuerza la voz de aquel que dice «Yo soy» en el hoy salvífico de la historia, incluso en medio de la confusión producida por los desbarajustes políticos y bélicos. Lo que tienen que hacer los discípulos, en medio de tantos falsos profetas de mal agüero, es ser testigos del verdadero Señor de la historia, sus siervos fieles que saben esperar, soportar, perseverar en el trabajo humilde y sencillo de cada día (Lc 17,10). Como siervos proclamarán unas palabras tan verdaderas ante los jefes de las sinagogas, los gobernadores y los reyes que éstos no sabrán qué responder. En consecuencia, se hace justicia a la sabiduría tanto en el tiempo de la fiesta como en el tiempo del llanto y del luto (7,35). Bendito sea, pues, el Padre celestial, que ha revelado a los pequeños el misterio de su Reino (cf. 10,21). Lo hace ahora, con la Palabra de Jesús, y lo hará siempre a lo largo de la historia, con la palabra repetida y predicada por los apóstoles y por los discípulos.

Es una palabra de aliento: «Ni un cabello de su cabeza se perderá» (Lc 21,18; cf. 12,7). La capacidad de aguante debe ser entendida, pues, no como victimismo, sino como alegría en el martirio (cf Esteban en Hch 7,59), paz en la hora de la disidencia doméstica, deseo de dar la vida por el Señor. Aunque el templo haya sido destruido, Dios no deja de construir su Reino, no permite que su pueblo, reunido por Cristo, sea presa del pánico.

MEDITATIO

La Palabra de Dios presenta la posibilidad de hacer, de construir, de trabajar en torno a un proyecto como algo real en cada momento de la historia, incluso en los más tenebrosos. Ante el hundimiento de cierto modelo de vida y la disgregación de los valores tradicionales, sería un acto de desconfianza decir: «No puedo hacer nada». Sería, además, vivir fuera del tiempo intentar volver a poner en pie viejas instituciones, echando de menos con nostalgia la vida de un tiempo pasado, mostrándonos incapaces de dialogar con el mundo actual.

El compromiso que tenemos es el de construir el Reino de Dios en el hoy, reconociéndolo como tiempo de salvación en el que Dios nos pide que trabajemos en su nombre.

Pablo, en un pasaje de la primera Carta a los Corintios, habla de la obra de edificación de la comunidad, de trabajar con el mejor material, que será cribado y valorado al final (1Cor 3,12-17). Del mismo modo que las construcciones son sometidas a prueba en los cataclismos, así los desbarajustes de la historia ponen a prueba la resistencia de una comunidad cristiana, el aguante de nuestra fe. En determinados momentos se ve cómo hemos construido, qué material hemos empleado, en qué proyectos está basado. ¿Se apoya nuestra casa en la roca que es Cristo (cf. Mt 7,24-27)?

La certeza de que habrá un final no puede llevarnos a dejar de remar, sino a garantizar  un futuro a nuestros hermanos, a obrar de modo que todos se sientan inflamados y alegrados por la aparición del «sol de justicia». De ahí la imposibilidad de huir de este tiempo. El trabajo cotidiano, sea del tipo que sea, es el lugar de la fiel espera de la intervención definitiva de Dios por parte del hombre, es el lugar donde, como cristianos, estamos llamados a dar un buen testimonio de Cristo. La vida cotidiana, el silencio, la sencillez, son los caminos que hemos de escoger, en este tiempo, para hablar de la sabiduría ante los poderosos del mundo.

ORATIO

Señor Jesús, concédeme hoy tu espíritu de perseverancia, para llevar adelante los compromisos que me han sido confiados. Concédeme poder amar a los que me persiguen y haz que, a tu vuelta, me puedas encontrar dispuesto.

Que yo pueda resplandecer por tu justicia delante de los hombres gracias a tu luz en el momento de tu venida.

Te ruego también por mis compañeros de trabajo y por aquellos que, a causa de su profesión, están lejos de sus seres queridos. Llena de valor su corazón y recompénsales por sus fatigas.

CONTEMPLATIO

Vemos, un mar turbado desde los abismos, navegantes que flotan muertos sobre las olas y otros sumergidos, las tablas de los barcos sueltas, las velas desgarradas, los mástiles destrozados, los remos sueltos de las manos de los remeros, los pilotos no sentados al timón, sino en el puente, con las manos entre las rodillas: gimen por su impotencia frente a los elementos, gritan, se lamentan, sollozan; no se divisa ni el cielo ni el mar, sino sólo las tinieblas profundas, impenetrables y turbias, hasta tal punto que ni siquiera se puede ver al vecino, y de todas partes caen monstruos marinos sobre los navegantes.

Pero ¿por qué intento describir lo que no se puede? Aunque busque cualquier imagen que exprese los males presentes, mi discurso queda superado por la realidad y retrocede. Sin embargo, aunque lo vea bien, no renuncio a la buena esperanza, pensando en el piloto de todo el universo, que no supera la borrasca con su arte, sino que deshace el huracán con un ademán. No lo hace de buenas a primeras o de inmediato, sino que acostumbra a actuar así: no aniquila los males al principio, sino cuando han crecido, cuando llegan al extremo, cuando los más ya desesperan: entonces realiza sus prodigios y sus maravillas, mostrando de este modo su poder y ejercitando en la paciencia a aquellos sobre quienes han caído los males.

No te abatas por tanto. Una sola cosa, oh Olimpia, hay que temer, una sola es la tentación verdadera: el pecado. Nunca he cesado de repetir este discurso a tus oídos: todo lo demás son fábulas, aunque se hable de insidias, de hostilidades, de engaños, de calumnias, de insultos, de acusaciones, de confiscaciones, de exilio, de espadas afiladas, de mar, de guerra en toda la tierra. Por muy grandes que sean estas tribulaciones, son temporales, limitadas; subsisten sólo en el cuerpo mortal y no perjudican al alma vigilante. Por eso, el bienaventurado Pablo, queriendo mostrarnos la mezquindad de lo que es útil y de lo que es doloroso en la vida presente, lo resume todo con una sola expresión diciendo: «Las realidades que se ven son transitorias». ¿Por qué, entonces, tienes miedo de lo que es transitorio y discurre como la corriente de un río? Así son, en efecto, las realidades presentes, sean favorables o molestas (Juan Crisóstomo, Carta a Olimpia, 1,1).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Nos visitará el sol que nace de lo alto» (Lc 1,78).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hemos sido testigos silenciosos de acciones malvadas, conocemos una más del diablo, hemos aprendido el arte de la simulación y del discurso antiguo, la experiencia nos ha hecho desconfiar de los hombres y con frecuencia hemos quedado en deuda con ellos en lo que respecta a la verdad y a la palabra libre, conflictos insostenibles nos han vuelto dóciles o tal vez incluso cínicos: ¿podemos ser útiles todavía? No tenemos necesidad de genios, de cínicos, de despreciadores de hombres, de estrategas refinados, sino de hombres sinceros, sencillos, rectos. ¿Habrá quedado bastante grande nuestra fuerza de resistencia interior contra lo que se nos impone? ¿Habrá quedado la sinceridad para con nosotros mismos suficientemente implacable, de suerte que nos haga volver a encontrar el camino de la sinceridad y de la rectitud? (D. Bonhoeffer, Resisfenza e resa, Cinisello B. 21988, pp. 73ss [edición española: Resistencia y sumisión, Ediciones Sígueme, Salamanca 1983]).

GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO

volumen 15 Domingos del Tiempo ordinario ciclo C (pp 313-321)

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.