Lectio Divina de hoy domingo 10 de Septiembre de 2023



XXIII DOMINGO
DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 33,7-9
Dice el Señor:
7 Hijo de hombre, yo te he constituido a ti centinela del pueblo de Israel.
Cuando te hable, los advertirás de mi parte.
8
Si cuando yo diga al malvado:
¡Eres reo de muerte!
tú no le adviertes para que deje su conducta,
el malvado morirá por su maldad,
pero yo te pediré cuentas de su muerte.
9
Sin embargo, si tú adviertes al malvado acerca de su conducta para que se corrija, y él no se
corrige, morirá él por su maldad, y tú habrás salvado la vida.
El trasfondo histórico del oráculo de Ezequiel es la caída de Jerusalén y la invasión de
Nabucodonosor. El oráculo señala la segunda etapa de su ministerio. La misión actual del
profeta es sustentar la esperanza de Israel asegurándole al pueblo exiliado que Dios
cumplirá sus promesas e iniciará un nuevo período de reconstrucción nacional.
La imagen del centinela –utilizada en la vocación del profeta (3,16-19) en un perfecto
paralelismo con esta perícopa –expresa la nueva misión de Ezequiel. Ser el vigía de un
pueblo sin ciudad y sin murallas; otear desde lejos el horizonte de los acontecimientos para
prevenir al pueblo de las inminentes amenazas, leer los signos recónditos de vida y muerte,
interpretarlos y comunicárselos a la casa de Israel. La tarea del guardián encierra una
paradoja: los peligros que apremian al pueblo no provienen de fuera, sino de dentro, del
mismo Señor. Sin embargo, en lugar de acercarse sin avisar, en silencio y de puntillas, y
sorprender a sus víctimas, el Señor envía al centinela para avisarles. Y, si aún fuese poco, el
Señor le obliga en conciencia al «contraespionaje» para prevenir al pueblo amenazado. Es
una paradoja reveladora: la secuencia pecado–amenaza–castigo engloba un nuevo elemento
en la sucesión, pecado–amenaza–conversión–perdón, porque Dios quiere la vida y no la
muerte.
Destaca el corazón cariñoso y paternal del Señor, que siempre encuentra el medio para
salvar de la muerte al propio hijo, Israel, y conducirlo por el camino de la conversión y la
vida. Junto al amor del Señor, fundamento de su proceder, el relato de Ezequiel resalta la
responsabilidad del profeta que acoge la Palabra del Señor y se convierte en su portavoz,
una responsabilidad que se detiene ante el umbral de la libre elección personal.
Segunda lectura: Romanos 13,8-10
Hermanos: 8 Con nadie tengan deudas, a no ser la del amor mutuo, pues el que ama al prójimo
ha cumplido la Ley. 9 En efecto, los preceptos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no
codiciarás, y cualquier otro que pueda existir, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo. 10 El que ama no hace mal al prójimo; en resumen, el amor es la plenitud de la Ley.

El fragmento de la Carta a los Romanos pertenece a la parte exhortativa, donde Pablo
pasa del plano doctrinal al práctico, a la vida del cristiano. El apóstol centra la atención del
relato en el mandamiento del amor, con unas expresiones tan sintéticas y eficaces que
perfectamente podría llevar por título «el segundo himno paulino a la caridad».
En los versículos precedentes, Pablo se detenía en los deberes del cristiano y las
autoridades civiles, particularmente en el cumplimiento de dar «a cada cual lo que le
corresponda» (v. 7); ahora, había de una «deuda» singular, inextinguible: la del amor
mutuo. Esta deuda, observaba H. U. von Balthasar, «desciende del título de cristianos; la
contraen porque quieren vivir de acuerdo a la alianza de amor de Dios con la humanidad,
alianza que se realiza en el sacramento de la Iglesia. Nadie los obliga a creer, aunque si
“creen” deben “amar” libremente, incondicionalmente, tan incondicionalmente como lo es
la fe. Y “deben”, como Cristo, amar “libremente” a los enemigos como amigos, única
posibilidad para atraer a los enemigos a la reciprocidad del amor o encomendarlos a la
correspondencia de la nueva y eterna alianza».
Pablo está citando Lv 19,18 («Amarás a tu prójimo como a ti mismo») y lo interpreta
según la nueva acepción ofrecida por Jesús en Mt 22,40, donde el «prójimo» no es
solamente uno de los míos, el hermano y miembro de la comunidad cristiana, sino cada
persona. El proyecto de vida cristiana encuentra su fulcro en el mandamiento del amor,
compendio y resumen de la Ley, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En este
sentido, «el amor es la plenitud de la Ley» (v. 10), es decir, su cumplimiento, su plena
consumación y su núcleo esencial.
Evangelio: Mateo 18,15-20
Dijo Jesús a sus discípulos: 15 Por eso, si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te
escucha, habrás ganado a tu hermano. 16 Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que
cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos. 17 Si no les hace caso, díselo a la
comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
18 Les aseguro que lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra
quedará desatado en el cielo. 19 También les aseguro que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la
tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial. 20 Porque donde están dos o tres
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
El texto evangélico de hoy pertenece al «discurso eclesial» de Jesús (o discurso sobre la
fraternidad). En el evangelio de Mateo se encuentra después de la parábola de la oveja
perdida y la solicitud de Jesús con los «pequeños», con las personas más débiles en la fe y,
por lo tanto, más expuestas al peligro del desaliento o la deserción. El presente relato se
puede leer como la ilustración práctica de la búsqueda solícita de la oveja perdida.
Si hacemos una lectura superficial de las palabras de Jesús, nos puede dar la impresión
de que se trata de un discurso duro: enumera detalladamente una serie de normas
disciplinares y concluye con una sentencia judicial. En realidad, la enseñanza de Jesús
responde a una preocupación pastoral: salvar a los hermanos más frágiles y exhortar a todos
para que se responsabilicen del hermano que ha pecado y le ayuden a volver.
El mandato categórico «ve» (v. 15) sobreentiende que se requiere coraje para corregir al
hermano extraviado, que es necesario vencer una resistencia interior para dar este paso,
pues el bien del hermano vale más que el malestar percibido, y, a gusto y por él, se sacrifica
el propio «bienestar». Jesús sugiere el itinerario a seguir en la corrección fraterna. Se parte

con una primera tentativa admonitoria, cara a cara, con delicadeza y discreción, sin
intención de humillar o mortificar, sino con el deseo de comunicar el sufrimiento de la
comunidad, causado por el pecado y la separación, y a la espera de abrazar afectuosamente
al hermano.
Si este intento fracasa, se recurre a la corrección en presencia de dos o tres testigos; y
sólo en el caso de un ulterior fiasco se hace partícipe del problema a toda la comunidad. Si
a pesar de la intervención de la comunidad el resultado es negativo, queda el
reconocimiento oficial de la separación del hermano de la Iglesia. No se trata, propiamente,
de una «excomunión», sino de la declaración explícita de una situación de hecho ya
ocurrida: «Considéralo como un pagano o un publicano» (v. 17), es decir, como alguien
extraño a la comunidad.
El hincapié sobre la comunión es insistente en los versículos finales (vv. 19ss): la
concordia de los corazones –en griego, «sintonía» o «sinfonía» –puestos de acuerdo para
pedir cualquier cosa asegura la acogida de la petición, la comunión «en el nombre de
Jesús». Es decir, reunirse en torno a la persona de Jesús, adhiriéndose a su Palabra y a su
misión en la historia, asegura la presencia de Dios. El texto evangélico podríamos leerlo
ahora a partir de estos versículos finales, con cuya luz se ilumina el rostro auténtico de la
Iglesia: una comunidad de amor que hunde sus raíces en el misterio de Cristo, el misterio
del amor hasta el extremo.

MEDITATIO

La Palabra de Dios propuesta por la liturgia orienta nuestros pasos y guía nuestra mente
y nuestro corazón hasta el mandamiento evangélico de la corrección fraterna: el profeta
Ezequiel proclama la responsabilidad personal, el apóstol Pablo recuerda que en el amor
mutuo hunde sus raíces y, por último, el evangelista Mateo enseña a practicarla con el estilo
de Jesús.
Frente a este tema experimentamos una sensación de malestar, una cierta resistencia. Y a
menudo –así hay que reconocerlo– eludimos la corrección fraterna. Por tanto, es necesario
redescubrir el sentido teológico profundo de la corrección fraterna. Contemplemos con
mirada atenta el misterio de la cruz de Jesucristo; mediante la cruz nos llega la salvación; la
cruz es el signo del gran amor que Dios nos tiene; salvándonos, nos hace portadores de su
salvación. La auténtica corrección fraterna nace justo «en ese punto de encuentro donde la
salvación obtenida se convierte en salvación entregada, donde un pecador perdonado se
convierte en instrumento de perdón redentor, de mediación salvadora, y sale al encuentro
del hermano, pecador como él, para que acoja el don de Dios, igual que él» (A. Cencini).
Si la cruz de Jesús es el centro de la experiencia religiosa personal, también será el
centro de la fraternidad que se reúne en su nombre: por la cruz pasará nuestra interrelación.
Sólo la cruz de Jesús tiene el poder de juzgar y reconciliar, y si vivo en la escucha humilde
y sincera de la Palabra de la cruz, si me dejo «radiografiar» en mi verdad y forjar en la
verdad de Dios–Amor, entonces, y sólo entonces, podré ser un instrumento de corrección y
reconciliación, libre de cualquier tipo de juicio. Este camino de corrección fraterna evita
tanto los excesos de la impotencia como de la prepotencia, excesos –uno y otro– que
revelan un escaso sentido de la comunicación y de la disponibilidad para corregir y dejarse
corregir fraternalmente.
Todavía resuenan hoy las proféticas palabras de Pablo VI en su exhortación Paterna
cum benevolentia: «La corrección fraterna es un acto de caridad mandado por el Señor [...].

Su práctica obliga a quien la realiza a sacar primero la viga de su ojo (cf Mt 7,5), para que
no se pervierta el orden de la corrección. La práctica de la misma se dirige desde el
principio como un movimiento a la santidad, que sólo puede obtener en la reconciliación su
plenitud; consistente no en una pacificación oportunista que disfrazase la peor de las
enemistades, sino en la conversión interior y en el amor unificador en Cristo que se deriva»
(cap. VI). En esta línea comprendemos la grandeza de la corrección fraterna: un
instrumento indispensable que ayuda a crecer a la comunidad y a cimentarla en el amor de
Cristo.

ORATIO

Ayúdame, Señor, a permanecer enmudecido a los pies de tu cruz para escuchar tu
Palabra y dejarme alcanzar y modelar por ella. Sólo la Palabra de tu cruz revela la verdad
de mi vida y desvela el disfraz de mi mentira. Tu Palabra me juzga, Señor, me juzga
severamente; ante ella no puedo, ni quiero, esconderme. Descubro con la delicia y la alegría
del niño que, mientras tu Palabra «hiere, cura» (cf Job 5,18), de ella nace una vida nueva.
Descubro que «el Señor reprende a quien ama, como un padre a su hijo predilecto» (cf
Prov 3,12). Descubro que «él reprende, corrige, enseña y conduce como un pastor su
rebaño» (cf Sir 18,13). Y aún descubro que la Palabra de la cruz me atrae y su potencia
divina acoge mi debilidad palmaria y transforma el mal en bien. Señor, ayúdame a ser
según tu Palabra.

CONTEMPLATIO

Debemos querer la salvación de todos; empleemos saludablemente la severa corrección
para que no perezcan o se pierdan otros. Sólo a Dios toca el hacerla provechosa a los que Él
previó y destinó para ser conformes a la imagen de su Hijo (Rom 8,29). Pues si alguna vez
nos abstenemos de corregir por temor a que alguien se pierda ¿por qué hemos de corregir
por temor a que alguien no se pervierta más? No tenemos nosotros entrañas más piadosas
que el apóstol cuando dice: «Los exhortamos asimismo, hermanos, a que amonesten a los
que viven desconcertados, animen a los pusilánimes, sostengan a los débiles y sean
pacientes con todos. Miren que nadie devuelva a otro mal por mal; antes bien, procuren
siempre el bien mutuo y el de todos» (l Tes 5,14ss). Estas palabras significan que se vuelve
mal por mal cuando se descuida la corrección que debe hacerse y se evita con culpable
disimulo. Pues dice también: «A los culpables, repréndelos delante de todos, para que los
demás cobren temor» (l Tim 5,20).
Se alude aquí a los pecados públicos, pues de lo contrario daría motivo para pensar que
el lenguaje del apóstol es contrario al del Salvador, que manda: «Si tu hermano te ofende,
ve y repréndelo a solas» (Mt 18,15). Y, sin embargo, Él también lleva la severidad más
adelante, añadiendo: «Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a
la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano» (Mt 18,17).
¿Y quién amó más a los enfermos que Él, pues por todos se hizo flaco y por todos fue
crucificado a causa de su humanidad?
Siendo esto así, luego ni la gracia excluye la corrección ni la corrección excluye la
gracia. Por consiguiente, al prescribirse lo que exige la justicia, se ha de pedir con fiel
oración a Dios la gracia para cumplirla, y ambas cosas han de hacerse sin que se descuide la

justa corrección. Y todo hágase con caridad, porque la caridad no peca y cubre multitud de
los pecados (l Pe 4,8) (Agustín de Hipona, «De la corrección y de la gracia», 16.49, en
Obras, VI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1949,201).

ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«El que ama no hace mal al prójimo» (Rom 13,10).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hay un significado clásico de la corrección fraterna, en perfecta consonancia con el
mandato evangélico de Mt 18, que entiende este servicio fraterno, en la línea de la
recuperación de quien se ha equivocado, como un modo evangélico de situarse ante el
pecado ajeno. La corrección fraterna «es un gesto purísimo de caridad, realizado con
discreción y humildad, en relación con quien ha errado; es comprensión caritativa y
disponibilidad sincera hacia el hermano para ayudarle a llevar el fardo de sus defectos, de
sus miserias y debilidades a lo largo de los arduos senderos de la vida; es una mano tendida
hacia quien ha caído para ayudarle a levantarse y reemprender el camino...; es una práctica
y eficaz catequesis que hace creíbles el amor y la verdad; es una solícita intervención
fraterna que quiere curar las heridas del alma sin causar sufrimientos ni humillaciones».
Pero hay también otro significado que está abriéndose camino progresivamente en la
interpretación de la corrección fraterna. «A lo largo de los últimos años, la corrección
fraterna se ha desplazado desde la esfera penitencial hacia la espiritual», es decir, ha pasado
gradualmente de la finalidad exclusivamente negativa (el reproche por un error) a otra
positiva–«propositiva», que se articula «en una pluralidad de intervenciones graduales, no
fácilmente definibles a priori, que van desde la ayuda que se presta al hermano para que no
se extravíe, el apoyo que se ofrece a los débiles o el estímulo dirigido a los pusilánimes, la
exhortación, la llamada de atención y la corrección, hasta la drástica medida de la
excomunión, en el caso de que se revele como útil».
Así pues, siempre se trata de una intervención motivada por la presencia del mal, de la
limitación, de la debilidad, de la incertidumbre, pero con la intención de superar todas estas
realidades en virtud de la fuerza positiva siempre presente en el sujeto; la corrección
fraterna quiere poner de manifiesto este bien para hacerlo fructificar. Se trata de corregir
«promoviendo» y de «promover» corrigiendo. Precisamente, gracias a esta apertura o a esta
mirada prospectiva tiene lugar la integración del mal. En este sentido, la corrección fraterna
es «un conjunto de comportamientos de iluminación, consejo, estímulo, reproche,
amonestación y súplica que hay que cultivar pacientemente para adquirirlos como estilo
propio y para hacerlos practicables cada día», por medio de los cuales se trata de ayudar al
hermano a desistir del mal y hacer el bien. «La corrección fraterna es entrar en la intimidad
del culpable, pero éste alberga en su interior quién sabe cuántos valiosos elementos
positivos: hay que reservar un elogio para ellos».
Supone una notable ampliación de significado y, de todos modos, en línea con ese
sentido de fraternidad responsable que es la clave de lectura de Mateo 18,15-17. En efecto,
el verbo reprender traduce un término hebreo cuya raíz significa también «exhortar y
educar», no sólo «corregir y castigar». Existe, además, una interpretación etimológica

realmente sugestiva (aunque no sé en qué medida está fundada), según la cual «corregir»
vendría del verbo cumregere, esto es, literalmente significaría «llevar juntos», llevar juntos
el peso de un problema, de una debilidad, de un pecado, en definitiva, de una situación
complicada del hermano, para no dejarlo solo y ayudarle a salir de sus problemas. En cierto
modo, como aquellos hombres del evangelio de Lucas que cargaron sobre sus espaldas al
paralítico y lo llevaron ante Jesús para que lo curara: Jesús lo curó, como ya sabemos, al
ver su fe (cf. Lc 5,17-26). Corrección fraterna es también esto: cargar con el peso de alguien
que es débil y que sólo con sus fuerzas nunca podría llegar a resolver sus problemas,
teniendo bien presente que, en otras ocasiones, nosotros mismos hemos sido llevados por
otro. Entonces se realiza realmente la integración del mal (A. Cencini, Como ungüento
precioso, San Pablo, Madrid 2000, 211-213; traducción, José Francisco Domínguez).

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.