Lectio Divina de hoy domingo 09 de Julio de 2023
XIV DOMINGO
DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTIO
Primera lectura: Zacarias 9,9-10
Así dice el Señor:
9
Salta de alegría, Sión,
lanza gritos de júbilo, Jerusalén,
porque se acerca tu rey,
justo y victorioso,
humilde y montado en un asno,
en un joven borriquillo.
10 Destruirá los carros de guerra de Efraín
y los caballos de Jerusalén.
Quebrará el arco de guerra
y proclamará la paz a las naciones.
Dominará de mar a mar,
desde el Éufrates
hasta los extremos de la tierra.
La segunda parte del libro del profeta Zacarías es obra de otro autor, el Segundo
Zacarías. El contexto histórico es diferente: falta la perspectiva de la restauración inminente
de la monarquía davídica y ni siquiera se vuelve a hablar de la construcción del templo. El
pueblo, decepcionado y resignado, entrevé una esperanza grandiosa. Este oráculo invita a la
alegría y al grito triunfal con los términos utilizados para celebrar la realeza del Señor y la
llegada de la era mesiánica. Las líneas tradicionales del mesianismo político se
entremezclan con elementos nuevos e inesperados. El rey que viene no tiene los atributos
del dominador victorioso y esperado: su poder deriva únicamente de su relación con Dios.
Él es el «justo»; es decir, quien lleva a cabo plenamente la voluntad del Dios e imparte
justicia a los pobres; el «salvador» (tal cual) establecido por Dios. Se advierte la influencia
de los cánticos del «Siervo de YHWH» (en concreto, Is 53,11c-12a: «Mi siervo traerá a
muchos la salvación... Le daré un puesto de honor»); en este pasaje, la visión es
universalista, en claro contraste con las promesas, que no permitirían atisbar un futuro
igual. Paradójicamente, la humildad es el camino de la realeza: triunfa el rechazo de la
violencia, la modestia del que adopta la pacífica cabalgadura de los antiguos príncipes y
extiende su dominio hasta los confines de la tierra. Las esperanzas mesiánicas, insólitas y
fascinantes, requieren, por el modo de realizarse, un completo cambio de mentalidad;
solicitan una verdadera transformación de la mente, del corazón y de las obras.
Segunda lectura: Romanos 8,9.11-13
Hermanos:
9 Ustedes no viven entregados a tales apetitos, sino que viven según el Espíritu, ya que el
Espíritu de Dios habita en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que no pertenece a
Cristo. 11 Y si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el
mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos hará revivir sus cuerpos mortales por medio de ese
Espíritu suyo que habita en ustedes.
12 Por tanto, hermanos, estamos en deuda, pero no con nuestros apetitos para vivir según ellos.
13 Porque si viven según ellos, ciertamente morirán; en cambio, si mediante el Espíritu dan muerte a
las obras del cuerpo, vivirán.
Quien mediante el bautismo se une a la muerte y resurrección de Cristo (Rom 6,3ss) es un
hombre libre. La fragilidad de nuestra naturaleza («carne», en el lenguaje paulino) nos
inclina con gran facilidad hasta someternos al pecado: Pablo expresa esta realidad con los
términos «vivir»/«caminar» «según la carne». Sin embargo, no se trata de un destino
ineluctable, pues un nuevo principio dirige la vida del que pertenece a Cristo: el mismo
Espíritu de Jesús, garantía de la resurrección de los creyentes (vv. 9.11). Y donde está el
Espíritu de Dios hay libertad (2 Cor 3,17). La nueva, la espléndida condición del cristiano,
que Pablo anuncia con orgullo (Rom 8,1 4), es tanto don irrevocable de Dios (cf 11,29)
como empeño cotidiano del hombre. La libertad verdadera es continuamente elección y se
concreta en la renuncia de sí mismo, condición imprescindible para seguir a Cristo (Lc
9,23-25). El Espíritu concede la luz y la fuerza para que cada uno vea y dé los pasos
correspondientes por el camino de la libertad, un camino que a través de la mortificación
conduce a la vida plena (v. 13).
Evangelio: Mateo 11,25-30
25 Entonces Jesús dijo:
–Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios
y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. 26 Sí, Padre, así te ha parecido bien. 27 Todo
me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que
el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28 Vengan a mí todos los que están fatigados y
agobiados y yo los aliviaré. 29 Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy sencillo y humilde
de corazón, y hallarán descanso para sus vidas. 30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.
Esta perícopa, casi idéntica a Lc 10,21-22, ha sido definida como «el Magníficat de
Jesús». Los sinópticos dan testimonio de que Jesús tenía conciencia de ser el Hijo de Dios
de forma única e inefable. Unos pocos versículos bastan para mostrar el corazón de este
Hijo e invitarnos a poner en él nuestro cobijo.
El contexto, ligeramente diferente en Mateo y Lucas por motivos redaccionales, destaca
en ambos el marcado contraste entre la mentalidad común y los pensamientos de Dios (cf.
Is 55,8ss). Jesús bendice al Señor del cielo y de la tierra llamándolo familiarmente «Padre»
y alaba el conocimiento que, insondable en su sencillez, no se puede adquirir mediante el
esfuerzo o trabajo humano. Este conocimiento es puro don de Dios, revelación de Dios a
los sencillos (nepíoi: v. 25). Sólo los «pequeños» son capaces de acoger, con naturalidad,
los misterios del Reino de los Cielos anunciados por Jesús. Él lo subraya con claridad: tal
es el plan del Padre.
En esta afirmación, Jesús nos revela su rostro interior, perfilado por una adhesión
inquebrantable a la voluntad de Dios, de quien recibe todo y al que le devuelve todo con
obediencia amorosa (vv. 26-27a). Esta obediencia inaugura una comunión perfecta con
Dios, que en el lenguaje bíblico se expresa con el término conocimiento: no un conocer
nocional, sino una relación vital, en la que el Hijo puede introducirnos (v. 27b).
Retomando la antigua invitación de la Sabiduría (Prov 8,5; 9,5), llama a los oprimidos
por el peso de las tribulaciones de la vida y les ofrece un yugo diferente al de la Ley.
Acoger las enseñanzas de Jesús no significa, en efecto, cargar con un cúmulo de normas a
observar, sino aprender de él la sencillez y humildad de corazón, que hacen más llevadera
la prueba y más leve la tribulación (vv. 28-30). Quien concuerda su corazón con el del Hijo
encuentra descanso y sosiego (v. 29b): el peso del Amor alza a quien lo lleva.
MEDITATIO
La liturgia de la Palabra de hoy, como un sorbo de agua de manantial, reconforta nuestra
sed de caminantes. Todo lo sencillo e intacto conserva el poder de encandilarnos y
renovarnos internamente si por un instante nos detenemos y disfrutamos de ello. Con la
sencillez de los pequeños, Jesús desenmascara los propósitos que nos formamos, quizá de
buena fe, pero que no se corresponden con los planes de Dios. Con frecuencia, nos
empeñamos en trabajar por el Reino de los Cielos con materiales y utensilios equivocados:
nos hacemos una idea del «éxito» que sólo encaja en un horizonte estrecho, «bajo el
dominio de la carne». La Palabra nos llama a la humildad de Dios y de Cristo, nos conduce
a la rectitud que triunfará el día del Señor, nos invita a edificar la paz en nuestro alrededor
apaciguando el corazón.
Admitamos que aún no nos hemos aprendido esta lección; verdaderamente, no
conocemos ni al Padre ni al Hijo. Ser conscientes de ello es el primer fruto de escuchar la
Palabra. Seamos sus discípulos: «Vengan a mí», nos dice la Sabiduría. Despójense de los
sofisticados andamios de su pretendida inteligencia y eficiencia, que terminan
aprisionándonos. Desciendan a las extremas profundidades de mi muerte, y mi Espíritu los
resucitará internamente para una vida nueva y libre. Si la libertad y la paz son valores
todavía estimados, su nombre secreto no está de moda: humildad y sencillez de corazón.
Miremos al Dios hecho hombre: contemplémosle y quedaremos radiantes.
ORATIO
Te ruego, Señor, que derribes los andamios de mi ciencia humana; líbrame de la lógica
enmarañada de mis razonamientos, de mi orgullosa autosuficiencia, y concédeme la
sencillez del niño, que descubra cada mañana la novedad de todo cuanto sucede, cuando
siempre parece igual. Hazme pequeño y libre, Señor, que me encuentre entre los dichosos
que tienen ojos para ver y oídos para oír las grandes cosas que has revelado. Y entonces
comprenderé que el nuevo orden del mundo, el orden de la justicia y de la paz, lo has
depositado en mis manos. Amén.
CONTEMPLATIO
«Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados y yo los aliviaré» (Mt 11,28).
No éste o aquél, sino todos los que tienen preocupaciones, sienten tristeza o están en
pecado. Vengan no porque yo les quiera pedir cuentas, sino para perdonarnos nuestros
pecados. Vengan no porque yo necesite su gloria, sino porque anhelo su salvación. Porque
yo –dice– los aliviaré. No dijo solamente: «los salvaré», sino lo que es mucho más: «les
pondré en seguridad absoluta».
No se espanten –parece decirnos el Señor– al oír hablar de yugo, pues es suave; no
tengan miedo de que les hable de carga, pues es ligera. –Pues ¿cómo nos habló
anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto?– Eso es cuando somos tibios,
cuando andamos espiritualmente decaídos, porque, si cumplimos sus palabras, su carga es
realmente ligera. –¿Y cómo se cumplen sus palabras?– Siendo humildes, mansos y
modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando
el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad
empezó (cf 7,14). Y lo mismo hace aquí, ahora, al par que señala para ella el más alto
premio. Porque no sólo –dice– serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie,
encontrarás descanso para tu alma. Encontrarán –dice el Señor– descanso para sus almas.
Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya aquí te ofrece la corona del
combate y, de este modo, al par que poniéndote Él mismo por dechado, te hace más fácil de
aceptar su doctrina.
Porque ¿qué es lo que tú temes? –parece decirte el Señor? – ¿Quedar rebajado por la
humildad? Mírame a mí, considera los ejemplos que yo te he dado y entonces verás con
evidencia la grandeza de esta virtud (Juan Crisóstomo, «Homilías sobre el evangelio de san
Mateo», 38,2-3, en Obras de san Juan Crisóstomo, 1, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid 1955, 759-760).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón» (Mt 11,29).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
Éste es el más bello canto de amor filial que jamás se haya entonado en la tierra. El Hijo
de Dios lo ha cantado, lejos de la casa paterna, lejos de la patria celestial, como los devotos
israelitas durante el destierro elevaban a Dios salmos de conmovedora nostalgia. Desde su
corazón de pobre e Hijo cariñoso, Jesús, exultando en el Espíritu, eleva al Padre este himno
de júbilo que revela el sentimiento de extrema pequeñez y confianza con el que, en cuanto
hombre, se dirige a Dios, el Omnipotente, el Creador del cielo y de la tierra. Jesús es el
«pequeño» por antonomasia al que le han sido revelados los misterios del Reino de los
Cielos. Para hacerse «pequeño», Jesús se ha despojado de su gloria divina, y nosotros, para
llegar a ser pequeños, en el sentido evangélico, tenemos que despojarnos del hombre viejo,
del pecado. Jesús se ha despojado de la gloria divina y ha asumido nuestra condición
humana; nosotros tenemos que despojarnos de nuestra falsa grandeza, de nuestro orgullo, y
seguirlo. El Espíritu Santo, cuando toca las cuerdas del corazón, las hace sensibles a las
vibraciones de la gracia y suscita en ellas un canto divino, la música del amor. Sin
embargo, Jesús no canturrea solo ni para sí; quiere atraer con su cántico a todos los
hombres dispersos y reunirlos y restituirlos; para eso ha venido, junto a Dios, como hijo. Su
canción se convierte en una inmensa sinfonía cósmica (A. M. Cónopi, Il vangelo della vita
nuova, Milán 2000, 35).
GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO
volumen 13 Domingos del tiempo ordinario (ciclo A) (pp 123-130)
PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio
