Lectio Divina de hoy Domingo 06 de Noviembre 2022



XXXII DOMINGO

DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: 2 Macabeos 7,1-2.9-14

En aquellos días, 1 siete hermanos apresados junto con su madre fueron forzados por el rey a comer carne de cerdo, prohibida por la ley, y azotados con látigos y nervios de toro.

2 Uno de ellos dijo en nombre de todos:

¿Qué quieres sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes de quebrantar las leyes patrias.

9 Cuando estaba a punto de expirar dijo:

Criminal, tú me quitas la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna a los que morimos por su ley.

10 A continuación fue torturado el tercero. 11 Le mandaron sacar la lengua; la sacó en seguida y extendió valientemente las manos, al tiempo que decía:

De Dios he recibido estos miembros, por sus leyes los sacrifico, y de él espero recobrarlos.

12 El rey y los que estaban con él se maravillaron del valor del joven, que no tenía miedo a los tormentos. 13 Muerto éste, torturaron al cuarto con el mismo suplicio. M Y cuando estaba a punto de morir dijo:

Los que mueren a manos de los hombres tienen la dicha de poder esperar en la resurrección.

Sin embargo, para ti no habrá resurrección a la vida.

En la «sala de tortura» del capítulo 7 del segundo libro de los Macabeos, en lugar de los gritos de dolor y de sufrimiento de los prisioneros, se proclama en voz alta la le de Israel y, por primera vez, la certeza de la resurrección y del premio que se concederá a los mártires.

El período histórico corresponde al de la dominación de Antíoco IV Epífanes (175-164

a. de C), que pretendía difundir el culto de las divinidades griegas entre la población judía. Este soberano llegó incluso a introducir' en el interior de la parte más sagrada del templo la estatua de Zeus olímpico (167 a. de C). Esto supuso un enorme sufrimiento para todos los que se mostraban observantes del culto y de la ley, según la tradición de los padres, y se manifestaban contrarios, en cambio, al proceso de helenización que llevaban adelante los dominadores de turno, los seléucidas. Este relato constituirá muy pronto un modelo para las posteriores actas de mártires y hará surgir entre la población un vivo sentido de resistencia frente a la persecución religiosa que tiene lugar.

Los cuerpos mutilados no pierden su identidad; más aún, la mantienen clara en todos aquellos que llegan al conocimiento de este relato edificante. Israel, incluso despedazado y diseminado por toda la tierra, gracias al ejemplo dado por estos héroes, no se confundirá en medio de las naciones. El fragmento que hemos leído se detiene en las confesiones del segundo, del tercero y del cuarto de los siete hermanos, que afirman la fe en la resurrección de los cuerpos y por eso no temen ver desgarrados sus miembros. El número siete indica que el fragmento considera una familia completa, enteramente destruida, que ya no tiene posibilidad de permanecer en vida en la tierra. La figura de la madre, que asiste a la muerte de sus hijos, remite a la nueva vida que éstos esperan del Creador. ¿Se debe tal vez a esto el hecho de que no se haga ninguna referencia en el fragmento al padre?

 

Segunda lectura: 2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Hermanos: 16 El mismo Señor, nuestro Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una esperanza espléndida, 17 los consuelen en lo más profundo de su ser y los confirmen en todo lo bueno que hagan o digan.

1 Por lo demás, hermanos, rueguen por nosotros para que la Palabra del Señor siga  extendiéndose y sea glorificada como lo es ya entre ustedes. 2 Rueguen también para que nos veamos libres de los hombres perversos y malvados, porque no todos aceptan la fe.

3 Pero el Señor es fiel. Él los fortalecerá y los librará del maligno.

4 En cuanto a ustedes, estamos seguros de que, gracias al Señor, cumplen y seguirán cumpliendo lo que les mandamos.

5 Que el Señor dirija sus corazones para que amen a Dios y los mantengan constantes en la espera de Cristo.

Después de haber descrito, casi en términos apocalípticos, la llegada, todavía no completada, del poder de la iniquidad, Pablo lanza un suspiro de alivio al constatar que Dios ha establecido en Tesalónica una comunidad que es primicia de los salvados y de los fieles de Cristo. Él ha sido el instrumento elegido por Dios para que esto sucediera (cf. 2,13ss).

En el pasaje que hemos leído, el apóstol recuerda el valor de las «parádosis» (consignas, tradiciones) a que los tesalonicenses deben permanecer ligados, y lo hace a través del «consuelo» de Dios, para que los santos de Tesalónica no dejen de estar unidos fielmente a su enseñanza. El evangelizador, amado por Dios y sostenido por su Espíritu, pide que la fuerza que él ha experimentado a lo largo de su vida pueda sostener a los fieles de Tesalónica. Que la «esperanza» que ha sostenido su camino hacia el Señor no les deje inactivos en la realización del bien con todo el corazón. Pablo, por último, hace partícipe a la comunidad de sus fatigas apostólicas: pide que oren por él, para que se vea libre de las insidias de los que atentan contra su vida. La «carrera de la palabra» deberá escapar a las trampas que han sido puestas a lo largo del camino, a fin de llegar a la meta, en medio de los cantos de exultación de aquellos que todavía la recibirán, tal como hicieron un día los tesalonicenses.

Como si se olvidara de sí mismo, vuelve a pensar en la situación de sus hermanos. Estos experimentarán la credibilidad del Señor Jesús en su acción de custodia y de protección del «maligno»: un elemento presente también en la oración de Jesús (Mt 6,13) y que continúa estándolo también en las oraciones del apóstol en favor de una comunidad cogida en el torbellino de los atentados contra su existencia. El amor de Dios y la perseverante espera del Señor Jesús son los principales dones que Pablo pide en la oración por los tesalonicenses.

Evangelio: Lucas 20,27-38

En aquel tiempo, 27 se acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

28Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere dejando mujer sin hijos, su hermano debe casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano. 29 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos. 30 El segundo 31 y el tercero se casaron con la viuda, y así hasta los siete. Todos murieron sin dejar hijos. 32 Por fin murió también la mujer. 33 Así, pues, en la resurrección, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

 

34 Jesús les dijo: -En la vida presente existe el matrimonio entre hombres y mujeres, 35 pero los que logren alcanzar la vida futura, cuando los muertos resuciten, no se casarán, 36 y es que ya no pueden morir, pues son como los ángeles; son hijos de Dios, porque han resucitado. 37 El mismo Moisés da a entender que los muertos resucitan, en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob. 38 No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él.

Los saduceos, más bien cerrados a la posibilidad de la resurrección y a interpretaciones nuevas de la ley, pero muy abiertos a la búsqueda del poder y a las alianzas políticas ventajosas, apoyándose en el precepto  mosaico del levirato reivindican sus privilegios    (cf. Dt 25,5-10): ellos son los legítimos descendientes de Sadoc, y podrán serlo para siempre gracias a esta norma, ocupando eternamente sus poltronas (cf. 1 Re 2,35; Ez 40,46; 43,19; 44,15; 48,11); Jesús, sin embargo, está a punto de irse sin dejar huella. Después de su muerte, ahora próxima, no podrá contar con ningún hijo después de él. Para los saduceos, lo que cuenta en esta tierra es la imagen, el nombre, el poder y la fama; después, nada. En esas condiciones, conviene dejar un gran patrimonio y actuar de modo que no se disperse. Lo que cuenta es acumular para los hijos, para los nietos. Sobrevive quien más deja.

Jesús recupera de la ley, lo único vinculante para los saduceos, al Dios de la zarza que ardía sin consumirse, al Dios de la alianza y de la fidelidad, que no deja que se apague su amor por el pueblo. El Dios de la zarza es el mismo Dios de los patriarcas, y éstos saben bien que sus respectivas descendencias son fruto de la bendición y de la promesa de Dios. Las historias de los patriarcas indican que la vida pertenece a Dios y no depende de las capacidades engendradoras del hombre, de los árboles genealógicos o de las estrategias dinásticas. Jesús se propone a sí mismo como verdadera imagen del Hijo que ha recibido la vida del Padre, que entrega la vida al Padre en su muerte y que será llamado por el Padre a la vida en la resurrección. Su muerte es un acto de amor y obediencia, pues realiza el proyecto divino de redención de la esclavitud de la muerte. La cruz es el tálamo en el que el Esposo ha dado la vida por la esposa. De la muerte nace la vida.

Los que estén con Jesús en una muerte semejante a la suya, es decir, dispuestos a perder la vida por amor, serán, «como los ángeles», llamados a la gloria de los que viven en Dios. Gozarán de la condición de hijos en el esplendor del Reino. Como los ángeles, vivirán para Dios, para su gloria, eternamente.

MEDITATIO

Los siete hermanos de la primera lectura y del evangelio murieron. De ellos y de sus siete esposas se esperaba un futuro y la continuación de la vida. Como en el caso de los Macabeos, se elige a menudo el exterminio como solución de un mal: una nación elige acabar con la vecina, un grupo elimina a otro que le hace la competencia. Hacer desaparecer de la tierra, hacer desaparecer las huellas del otro para poder reinar sin ser molestados y sin resistencias, es la lógica del Maligno, su torbellino de violencia y de canalladas que destruyen la vida.

La muerte, por otra parte, daría la razón a quien intenta acaparar la vida a cualquier precio –la propia y la de los otros–, como es el caso de los saduceos. La muerte sería la garantía de la licitud de todo intento de manipulación de la vida, a fin de que ésta sea perfecta, sin arrugas, siempre bella y acolchada. La muerte tiene el poder de sofisticar la

 

vida y desnaturalizar su verdadero sabor. El engaño de la muerte consiste en esto: en la necesidad de dejar una huella duradera de nosotros mismos. Educa para acumular, para después tener que dejarlo todo: ¿cuántos hombres siguen vivos por sus «legados»?

La resurrección, para el cristiano, es la resurrección de Jesús, o sea, el hecho de que Dios haya constituido «Señor y Cristo» al Crucificado, a aquel que murió de una muerte violenta, el que murió y fracasó. Es la relación con el Resucitado y con el Viviente lo que da valor a nuestra vida, es la esperanza del encuentro con él lo que nos lleva cada día a obrar bien, buscando perder la vida para encontrarla después, no mantenerla atada a nosotros. La muerte ya no es entonces dejar, sino encontrar, recibir, contemplar al autor de la vida, a aquel que nos la dio y la custodia en sus manos. Ser «ángeles» del Resucitado, anunciadores de su Señorío sobre el mundo: ésa es nuestra vida. Él, que fue despertado por el Padre la mañana del tercer día, vendrá a despertarnos del sueño de la muerte. En ese momento, ésta ya no tendrá poder alguno y todos sus encantamientos se desvanecerán porque la vida resurgirá para siempre.

ORATIO

Señor Jesús, también a nosotros, como un día a tus discípulos, nos resulta difícil comprender tu anuncio de pasión-muerte-resurrección. También nosotros nos comportamos más como saduceos, buscando de todas las maneras afirmarnos en la vida, que como cristianos capaces de perder la vida por tu causa y por el Evangelio.

Tú, que has venido a darnos a conocer al Dios de la zarza, haznos testigos animosos de tu pascua y lleva a cabo en nosotros la bienaventurada esperanza de estar contigo siempre en la gloria del Reino de Dios, nuestro Padre.

CONTEMPLATIO

Así pues, resucitará la carne: idéntica, completa e íntegra. Dondequiera que se  encuentre, será depositada junto a Dios, por obra del fidelísimo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, que restituirá Dios al hombre y el hombre a Dios, el espíritu a la carne y la carne al espíritu: ha unido ya ambos en su persona [...].

Eso que tú consideras un exterminio es una simple partida. No sólo el alma se aleja, sino que también la carne se retira mientras tanto: al agua, al fuego, a los abismos, a las fieras. Cuando parece disolverse así, es como si fuera transfundida en vasos. Si después también los vasos desaparecen, porque se disuelven y son reabsorbidos en lo tortuoso de su madre la tierra, de ésta será formado de nuevo Adán, el cual oirá de Dios estas palabras: «¡Resulta que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros!» (Gn 3,22). Entonces será verdaderamente consciente del mal del que ha escapado y del bien en el que ha confluido.

¿Por qué, alma, sientes odio por la carne? Nadie te es tan prójimo ni a nadie debes amar tanto, después de Dios; nadie es tan hermana tuya, porque también contigo nace ella en Dios (Tertuliano, La resurrección de la carne, 63).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

« Vean mis manos y mis pies; soy yo en persona» (Lc 24,39).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Entre las diferentes formas de la corporeidad existe un abismo imposible de colmar a veces: una piedra no se convierte en pájaro. Otras formas corpóreas, sin embargo, aunque presentan diferencias, están en una relación vital, constituyen las fases de un único desarrollo, como por ejemplo la semilla y la planta que de ella nace. En este caso, el abismo queda superado por el misterio del grano que germina. Sin embargo, para superarlo es necesario lo que Pablo llama «el morir». La semilla debe entrar en la tierra y morir en ella, es decir, perder su forma, a fin de que pueda nacer la nueva planta. Y he aquí el paso: lo mismo sucede en el hombre. También en el hombre está presente la corporeidad en dos formas: la terrena y la celestial; de ellas, la primera es semilla de la segunda. También ellas están separadas por la muerte. El cuerpo deberá ser depositado en la tierra y descomponerse; sólo entonces se convertirá en el cuerpo nuevo, celestial. Pero he aquí la diferencia: la planta «nace» verdaderamente «de la semilla», de sus virtualidades y funciones; no así, en cambio, el cuerpo celestial del terrestre. A través de su descomposición, la semilla vive de una manera directa en la nueva planta. El cuerpo humano será resucitado después de la muerte. Aquí domina otro poder, que no brota del interior de la estructura humana, sino de la libertad de Dios (R. Guardini, Le cose ultime, Milán 21997, pp. 69ss).

 

 

GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO

volumen 15 Domingos del Tiempo ordinario ciclo C (pp 303-311)

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.