Lectio Divina de hoy domingo 06 de Agosto de 2023



TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

6 DE AGOSTO

Del mismo modo que el episodio de la transfiguración prepara en el evangelio a los
apóstoles para entrar en la comprensión del misterio de la pasión–muerte de Jesús, así
también en la Iglesia, casi con el mismo propósito, se celebra la fiesta de la Transfiguración
cuarenta días antes de la correspondiente a la Exaltación de la Cruz. La fiesta de la
Transfiguración ya aparece desde el siglo V en el calendario de la liturgia oriental para
recordar la subida de Jesús al monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, testigos
privilegiados de su gloria. El episodio está atestiguado de manera concorde por los
evangelios sinópticos. La fiesta se difundió rápidamente también en la Iglesia romana, pero
no fue introducida oficialmente hasta el año 1457, con ocasión de una victoria obtenida
contra los turcos.

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,9-10.13ss
9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus
vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus
ruedas, un fuego ardiente; 10

fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo
servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros.
13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y vi venir sobre las nubes alguien semejante
a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él. 14 Se le dio poder, gloria y
reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su
Reino jamás será destruido.
Al profeta se le revela, en una visión nocturna, el designio de Dios sobre la historia. Ve
la sucesión de los grandes imperios y de sus violentos dominadores (7,2-8), mas este
espectáculo de la altivez humana se interrumpe: a Daniel se le ha concedido contemplar los
acontecimientos desde el punto de vista del Señor de la historia. Él es el Juez omnipotente
(cf. v. 10), que conoce y valorará definitivamente la obra de los hombres, pero es también
alguien que interviene en el tiempo para rescatarlo: en efecto, a los reinos terrenos se
contrapone el Reino que el «Anciano» confía a la obra de un misterioso «Hijo de hombre»
que viene sobre las nubes (vv. 13ss). El autor sagrado indica así que este personaje es un
hombre, aunque es de origen divino, celeste.
Ya no se trata del Mesías davídico esperado para restaurar con poder el Reino de Israel,
sino de su transfiguración sobrenatural: el Hijo del hombre inaugurará un Reino que,
aunque se inserta en el tiempo, «no es de este mundo» (Jn 18,36).
Éste triunfará al final sobre los imperialismos mundanos, llevando la historia a su
cumplimiento escatológico. Entonces «los santos del Altísimo» participarán plenamente en
la soberanía del Hijo del hombre y constituirán una sola cosa con él y en él (Dn
7,18.22.27). Con esta figura bíblica se identificará Jesús a menudo en su predicación y, en
particular, en la hora decisiva del proceso ante el Sanedrín que le condenará a morir en la
cruz.

Segunda lectura: 2 Pedro 1,16-19
Queridos: l6 Cuando os dimos a conocer la venida en poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo
hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza.
17 Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime
voz de Dios: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco». 18 Y ésta es la voz, venida del cielo,
que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo.
19 Tenemos también la palabra de los profetas, que es firmísima, y hacen bien en dejarse
iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día
y el lucero matutino se alce en sus corazones.
Pedro y sus compañeros han contemplado la grandeza de Jesús, han oído la voz celestial
que le proclamaba Hijo predilecto, por eso se reconocen portadores de una gracia mayor
que la de los profetas. En efecto, pueden confirmar por experiencia personal la veracidad de
las profecías a las que Jesús da cumplimiento. La palabra del Antiguo Testamento, sin
embargo, no ha agotado su tarea de «lámpara que alumbra en la oscuridad» (v. 19): deberá
seguir siempre alumbrando los pasos de los creyentes que avanzan en medio de las tinieblas
de la historia hasta el día sin ocaso de la venida de Cristo en la gloria (cf. v. 19). En este
camino, la visión radiante de Jesús transfigurado, que los apóstoles nos atestiguan, sostiene
nuestra fe y enciende de deseo nuestra esperanza: el «lucero de la mañana» se alza ya en el
corazón de quien vela expectante.
Evangelio (ciclo A): Mateo 17,1-9
En aquel tiempo, 1

tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un
monte alto a solas. 2 Y se transfiguró ante ellos. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se
volvieron blancos como la luz. 3

En esto, vieron a Moisés y a Elías que conversaban con Jesús.

4
Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
–Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres hago tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra
para Elías.
5 Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube decía:
–Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo.
6 Al oír esto, los discípulos cayeron de bruces, aterrados de miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó y
les dijo:
–Levántense, no tengan miedo.
8 Al levantar la vista no vieron a nadie más que a Jesús. 9 Y cuando bajaban del monte, Jesús les
ordenó:
–No cuenten a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los
muertos.
Mateo conecta la transfiguración con la promesa que hace Jesús a sus discípulos: «Les
aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin ver al Hijo del hombre venir
como rey» (16,28). La promesa se cumple, al menos como prenda, «seis días después»
(17,1). La transfiguración viene a confirmar así la fe de los apóstoles expresada por Pedro
en Cesárea de Filipo (16,16), y a superar su oposición a la perspectiva de la pasión predicha
por Jesús. Éste pide a quien quiera seguirle la participación en sus sufrimientos (16,21-27).
El desenlace del camino es, no obstante, glorioso, y este acontecimiento extraordinario lo
prueba. Pedro, Santiago y Juan pueden ver con sus propios ojos que Jesús es

verdaderamente el Hijo del hombre glorioso, que concluirá la historia inaugurando el Reino
de Dios. Pueden constatar que, en Jesús, llegan a su cumplimiento las expectativas de
Israel: junto a él aparecen Moisés y Elías, testigos privilegiados de Dios en el Sinaí, que
han forjado y sostenido la fe del pueblo.
Mientras la nube luminosa de la presencia de YHWH envuelve a los presentes, una voz
revela la identidad absolutamente única e incomparable de Jesús. La invitación a escucharle
es así extraordinariamente comprometedora: la palabra del Hijo predilecto será más
vinculante que las palabras de la Ley de Moisés, más penetrante que las palabras de los
profetas que invitan a la conversión... En efecto, Mateo presenta aquí a Jesús como el
nuevo Moisés que asciende al monte a encontrarse con Dios: Moisés recibe la llamada a
entrar en la nube «tras seis días» de espera» (Ex 24,15-18a) y, tras haber hablado con Dios,
la piel del rostro se le vuelve radiante (Ex 34,28-35). Se comprende bien así el sagrado
temor de los apóstoles frente a esta teofanía que manifiesta a Jesús como el Revelador de
Dios (v. 5), y cuya palabra es la ley perfecta y definitiva: «No vieron a nadie más que a
Jesús» (v. 8). Ahora bien, esta anticipación de la gloria del Maestro no debe hacer olvidar a
los apóstoles el camino ya trazado: el Hijo del hombre atravesará las tinieblas de la muerte
y será su radiante vencedor (v. 9).

MEDITATIO

Existe una llama interior que arde en las criaturas y canta su pertenencia a Dios, y gime
por el deseo de él. Existe un hilo de oro sutil que une los acontecimientos de la historia en
la mano del Señor, a fin de que no caigan en la nada, y los conectará finalmente en un
bordado maravilloso. El rostro de Cristo está impreso en el corazón de cada hombre y le
constituye en amado de Dios desde la eternidad. Y están, a continuación, nuestros pobres
ojos ofuscados..., acostumbrados a dispersarse en la curiosidad epidérmica e insaciable,
trastornados por múltiples impresiones; nosotros no sabemos ya orientar la mirada al centro
de cada realidad, a su fuente. Nos volvemos incapaces de asumir la mirada de Dios sobre
las cosas, porque nuestra lógica y nuestra práctica se orientan en dirección opuesta a la
suya, en su esfuerzo por no perder nuestra vida, por no tomar nuestra cruz. Sólo cuando
Jesús nos deja entrever algo de su fulgurante misterio nos damos cuenta de nuestra habitual
ceguera.
La luz de la transfiguración viene a hendir hoy, si lo queremos, nuestras tinieblas. Ahora
bien, debemos acoger la invitación a retirarnos a un lugar apartado con Jesús subiendo a un
monte elevado, es decir, aceptar la fatiga que supone dar los pasos concretos que nos alejan
de un ritmo de vida agitado y nos obligan a prescindir de los fardos inútiles. Si fuéramos
capaces de permanecer un poco en el silencio, percibiríamos su radiante Presencia. La luz
de Jesús en el Tabor nos hace intuir que el dolor no tiene la última palabra. La última y
única Palabra es este Hijo predilecto, hecho Siervo de YHWH por amor. Escuchémoslo
mientras nos indica el camino de la vida: vida resucitada en cuanto dada. Escuchémoslo
mientras nos indica con una claridad absoluta los pasos diarios. Escuchémoslo mientras nos
invita a bajar con él hacia los hermanos. Entonces el lucero de la mañana se alzará en
nuestros corazones e, iluminando nuestra mirada interior, nos hará vislumbrar –en la
opacidad de las cosas, en la oscuridad de los acontecimientos, en el rostro de cada nombre–
a Dios «todo en todos», eterna meta de nuestra peregrinación en el tiempo.

ORATIO

Jesús, tú eres Dios de Dios, luz de luz. Nosotros lo creemos, pero nuestros ojos son
incapaces de reconocer tu belleza en las humildes apariencias de que te revistes. Purifica,
oh Señor, nuestros corazones, porque sólo a los limpios de corazón has prometido la visión
de Dios. Concédenos la pobreza interior que nos hace atentos a su Presencia en la vida
diaria, capaces de percibir un rayo de tu luz hasta en los lugares donde todo aparece oscuro
e incomprensible. Haznos silenciosos y orantes, porque tú eres la Palabra salida del silencio
que el Padre nos pide que escuchemos. Ayúdanos a ser tus verdaderos discípulos,
dispuestos a perder la vida cada día por ti, por el Evangelio; haz crecer tu amor en nosotros
para ser contigo siervos de los hermanos y ver en cada hombre la luz de tu rostro.

CONTEMPLATIO

Antes de tu cruz preciosa, antes de tu pasión, tomando contigo a los que habías elegido
entre tus sagrados discípulos, subiste al monte Tabor, oh Soberano, queriendo mostrarles tu
gloria. Y ellos, al verte transfigurado y más resplandeciente que el sol, caídos rostro en
tierra, se quedaron atónitos frente a la soberanía, y aclamaban: «Tú eres, oh Cristo, la luz
sin tiempo y la irradiación del Padre, aunque, voluntariamente, te hagas ver en la carne,
permaneciendo inmutable».
Tú, Dios Verbo, que existes antes de los siglos, tú que te revistes de luz como de un
manto, transfigurándote delante de tus discípulos, oh Verbo, refulgiste más que el sol.
Estaban junto a ti Moisés y Elías, para indicar que eres el Señor de vivos y de muertos y
para dar gloria a tu economía inefable, a tu misericordia y a tu gran condescendencia, por la
que salvaste al mundo, que se perdía por el pecado.
Nacido de nube virginal y hecho carne, transfigurado en el monte Tabor, Señor, y
envuelto por la nube luminosa, mientras estaban contigo tus discípulos, la voz del Padre te
manifestó distintamente como Hijo amado, consustancial y reinante con él. De ahí que
Pedro, lleno de estupor, exclamara: «¡Qué bien estamos aquí!», sin saber lo que decía, oh
misericordiosísimo Benefactor (Anthologhion di tutto l'anno, Roma 2000, IV, pp. 871ss).

ACTIO
Repite a menudo y vive hoy la Palabra:
«A tu luz vemos la luz» (Sal 35,10).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos experimentar estupor, como el
pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en los bordes de nuestros caminos,
comprenderíamos entonces que la transfiguración del Señor –la nuestra– empieza con un
cierto cambio de nuestra mirada. Fue la mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el
Señor permanece el mismo.
La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar entonces su
deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente, todo ser humano –sea
cual sea la impresión que suscita en nosotros– es esta profundidad de Dios. Todo
acontecimiento lleva en él un rayo de su luz. Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy

tantas cosas, ¿hemos aprendido los datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se
vive, en efecto, a la medida del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la
transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor esté en
condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin consumir, y así puede
enseñarnos a vivir.
Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica vela, a la
vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría inagotable de la cruz. Al
ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en el hombre –Cristo– nos volveremos
capaces de amar y el amor saldrá victorioso sobre toda muerte.
El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados únicamente en
la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda desfigurada. Ser transfigurados es
aprender a ver la realidad, es decir, a nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en
par. Ciertamente, en este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y
los oídos para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de ejercicio
para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida del Dios vivo, es
contemplarlo con los ojos abiertos. Él está en el hombre, nosotros estamos en él. Toda la
creación es la zarza ardiente de su parusía. Si nosotros «esperásemos con amor su venida»
(2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy diferente a nuestro servicio en este mundo (J.
Corbon, La gioia del Padre, Magnano 1997).

GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO
volumen 17 Propio de los santos II (julio-diciembre) (pp 95-108)

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.