Lectio Divina de hoy domingo 05 de Febrero 2023
V domingo
del tiempo ordinario
LECTIO
Primera lectura: Isaías 58,7-10
Así dice el Señor:
7 Comparte tu pan con el hambriento,
da albergue a los pobres sin techo,
proporciona vestido al desnudo
y no te desentiendas de tus semejantes.
8 Entonces brillará tu luz como la aurora
y tus heridas sanarán en seguida,
tu recto proceder caminará ante ti
y te seguirá la gloria del Señor.
9 Entonces clamarás y te responderá el Señor,
pedirás auxilio y te dirá: «Aquí estoy».
Si alejas de ti toda opresión,
si dejas de acusar con el dedo
y de levantar calumnias,
10 si repartes tu pan al hambriento
y satisfaces al desfallecido,
entonces surgirá tu luz en las tinieblas
y tu oscuridad se volverá mediodía.
El autor de los cc. 56-66 de Isaías, un profeta anónimo del siglo VI-V a.C., dirigiéndose al pueblo que ha vuelto del exilio, profiere una serie de oráculos condenatorios y liberadores. El regreso a la tierra de Judá, después del entusiasmo inicial, alimentado por las expectativas de una inminente y definitiva liberación, ha conducido a Israel a un progresivo desaliento, causado, en buena medida, por una repatriación difícil y desilusionante.
Como mensaje central del tercer Isaías brota un renovado anuncio de salvación (cc. 60-62), enmarcado en un cuadro temático –al que pertenece también este texto– del que emergen tonos de denuncia áspera ante un culto falso e hipócrita. Como en un pleito apasionado, Dios acusa a Israel de practicar un ayuno exterior, desprovisto de autenticidad (ayuno/ayunar, en el c. 58, son palabras claves y aparecen siete veces).
El pueblo está convencido de que basta con ayunar para ganarse la benevolencia divina y, frente a la aparente lejanía de Dios (58,3), en lugar de poner en tela de juicio su ambigua actitud, le reprocha a Dios que no ve ni considera los sacrificios realizados. En este tipo de ayuno no tiene espacio lo auténticamente necesario: las obras de justicia y misericordia.
En la relación de gestos requeridos (vv, 7.10) para reemplazar una práctica formal con una adhesión coherente del corazón, Dios apunta hacia un «denominador común»: la compasión. Sólo quien sabe asumir el sufrimiento y las limitaciones del otro, quien sabe comprometerse luchando contra cualquier tipo de injusticia, sin hacer distinción de personas, descubrirá la verdadera luz de Dios y se convertirá en un manantial perenne.
Las obras de misericordia que el creyente está llamado a practicar implican dos opciones fundamentales: tienen que alcanzar a las víctimas de las injusticias, sin distinguir entre paisanos y extranjeros (es la perspectiva universal de la obra del tercer Isaías, y señalada aquí en el v. 7b), y tienen que comportar un empeño personal –compartir el pan (vv. 7.10)– con quienes ayunan no por elección, sino porque están hambrientos debido a las vejaciones de los ricos.
Segunda lectura: 1 Corintios 2,1-5
1 En lo que a mí toca, hermanos, cuando vine a su ciudad para anunciarles el designio de Dios, no lo hice con alardes de elocuencia o de sabiduría. 2 Pues nunca entre ustedes me he preciado de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado. 3 Me presenté ante ustedes débil, asustado y temblando de miedo. 4 Mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos; fue más bien una demostración del poder del Espíritu, 5 para que su fe se fundara no en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.
La acción salvífica de Dios es totalmente gratuita; en Jesucristo, el Padre ha ofrecido la salvación a todos. La lógica escandalosa de la cruz modifica los criterios de mérito y privilegio e invierte el horizonte de la sabiduría humana. Desde un primer momento, Pablo evidencia esta perspectiva hablando de la fuerza de la locura de la cruz (l, 18-25); a continuación, pone como ejemplo a la comunidad de Corinto (1,26-31) y, por último, propone su propio comportamiento misionero (2,1-5).
Pablo no se ha servido de raciocinios elocuentes o de hábiles argumentaciones (2,1): en el centro de su anuncio está únicamente Jesucristo, y éste crucificado. El apóstol funda y refuerza su proclamación en la fuerza del Espíritu. Sólo esta acción potente y el contenido del mensaje, despojado de cualquier estrategia persuasoria, conducen a una adhesión de fe auténtica, que no depende de las capacidades intelectivas y lógicas del predicador. Según este principio, anunciar el Evangelio significa confiar por entero en la obra de Dios.
Evangelio: Mateo 5,13-16
En aquel tiempo, dijo Jesús:
13 Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará? Para nada vale ya, sino para tirarla fuera y que la pisen los hombres. 14 Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. 15 Tampoco se enciende una lámpara para taparla con una vasija de barro, sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Brille de tal modo su luz delante de los hombres que, al ver sus buenas obras, den gloria a su Padre, que está en los cielos.
Mateo ensambla dos imágenes (en los otros dos evangelios sinópticos se encuentran separadas; cf Mc 9,49 y Lc 14,34ss para la «sal»; Mc 4,21 y Lc 8,16; 11,33 para la «luz») y las utiliza para crear, en el contexto del «sermón de la montaña», una especie de engranaje entre el texto de las bienaventuranzas (5,1-12) y el de la Ley (5,17-46). Se quiere poner el acento en la tarea confiada a los discípulos, que deben vivir, en referencia a tierra–mundo, de modo no distinto y separado, sino como alternativa. El empleo del «ustedes son», al inicio del v. 13, resalta la unión entre las dos metáforas de nuestro texto y la última bienaventuranza precedente (5,11-12).
La primera imagen, la de la sal, sugiere los diferentes modos conocidos de utilizar este elemento natural e indispensable: sazona las comidas, conserva y preserva los alimentos y, en el terreno específicamente religioso, está relacionada con los sacrificios de oblación (Lv 2,13; Ez 43,24). Si la sal se desvirtúa (eventualidad posible, puesto que la sal se obtenía con técnicas rudimentarias e imperfectas, y sin mayor control de calidad), no sirve para nada, «para tirarla fuera y que la pisen». En estas dos últimas expresiones, es evidente que la referencia al juicio de Dios, bien sea con «echar»/«tiran», que Mateo también usa en otros contextos (3,10; 7,19; 5,25; 5,29; etc.), o «pisotear», término utilizado por Isaías para describir la suerte reservada a los impíos (10,6; 25,10; etc.), está dirigida al discípulo que no realiza debidamente su vocación y se vuelve «insípido» (el verbo moraino del v. 13 expresa tanto la pérdida de sabor como el ser «necio»; cf Mt 25,1-13).
La segunda indicación dada a los discípulos a través de la imagen de la luz, y relacionada con la de la ciudad, se enlaza con la idea profética de la peregrinación de los pueblos, quienes de ahora en adelante serán atraídos no por Jerusalén (cf Is 2,2-5), sino por la luz de Cristo irradiada mediante los discípulos. El horizonte de esta «difusión» se expande para que alcance a todos los pueblos; no se puede circunscribir, igual que no se puede ocultar el resplandor difundido por una lámpara colocada en el centro de la casa. Un imperativo, «brille» (v. 16), cierra la perícopa e invita al oyente a depurar su adhesión personal al Evangelio conforme a la facultad de realizar «buenas obras» (no mencionadas aquí, aunque sí explicitadas en Mt 25,35ss), que den gloria al Padre celestial. Sin esta praxis, el seguimiento resulta insípido, y el camino, incierto, envuelto en tinieblas.
MEDITATIO
Para las personas que buscan el sentido que anime su vida, la Palabra de Jesús abre perspectivas siempre inéditas, añade colores sorprendentes e impensables y proporciona el deseo de un proyecto de vida radicalmente diferente del que pueden ofrecer las realidades del «mundo». Una vez degustado el «sabor» nuevo de una existencia iluminada por Cristo, no hay más posibilidad para aquello que a menudo, y de modo mediocre, satisface fugazmente nuestros deseos de felicidad, dejándonos insatisfechos y decepcionados. Cuando permitimos que se avive el anhelo de una vida plena y «en abundancia» (cf Jn 10,10), que dé sentido auténtico a nuestro ser y a nuestro obrar, permitimos que una fuerza, la del Espíritu, que trasciende nuestra valía, se manifieste al mundo a través de nosotros. «Sal» y «luz», tesoro valioso que llevamos en vasijas de barro, son dones no para retenerlos, sino para verterlos en los lugares donde se ha perdido el gusto y la esperanza de una vida digna de ser vivida o cuando alguien ha apagado la confianza.
Ninguna ritualidad exterior puede reemplazar las implicaciones más que comprometedoras descritas por Isaías: los gestos de compartir, la opción en favor de quienes sufren la privación injusta y forzada de aquellos bienes necesarios para vivir y que hacen visible y creíble la fe. La misión, y con ella el discípulo del Evangelio, conoce los tiempos del mensaje gritado desde las azoteas y la difusión de la Palabra escandalosa de la cruz hasta los confines del mundo, y también sabe reconocer los momentos silenciosos, discretos, extraordinariamente potentes de una caridad solidaria, de la que hablan las «buenas obras» que dan gloria al Padre, que está en los cielos. La comunidad cristiana no vive separada del mundo, sino inmersa en los acontecimientos de su tiempo, en los que está llamada a obrar: como la sal, que en sí no es ninguna comida y sólo unida, mezclada, deshecha en los alimentos, puede desarrollar su cometido; de la misma forma, la Palabra que el creyente anuncia tiene que penetrar y vivificar desde dentro los ambientes en los que es sembrada. Es un quehacer fiel y constante que debe hacerse presente en un testimonio de vida sencillo y sobrio, a veces trémulo y «débil», pero revestido de la fuerza de Dios, quien asegura su validez y eficacia.
ORATIO
Padre, fuente de misericordia y de justicia, que cuidas de todos tus hijos, escucha el grito de los pobres, sé refugio del afligido y desconsolado. También en nuestros días hay desposeídos de bienes, privados de dignidad, hambrientos de pan y de amor. Y hartos y satisfechos, con almacenes repletos y casas vacías, envanecidos con sus rezos y ayunos, que huelen a incienso y no perfuman la vida.
En tu Hijo Jesús nos has revelado tu predilección por los pequeños, te has mostrado compasivo y misericordioso con quienes confían en ti. Él, desnudo y crucificado, le indica a quien quiere seguirle un camino serio y arriesgado, una puerta estrecha por donde no se puede pasar si no nos liberamos de las ataduras que suponen el patrimonio, los bienes, la cultura, las estrategias pastorales.
Padre, no queremos poseer mayor honor ni tener mayor gloria que el nombre de tu Hijo crucificado y resucitado, más preciado y valioso que el oro y la plata, para levantar y hacer andar a quien tiene necesidad de esperanza. Su Palabra es la luz que nos confías para reavivar los lugares aprisionados por las tinieblas; el Evangelio es la lámpara que no se consume, el sabor incorruptible para incorporar a la existencia. Entonces brillarán nuestras buenas obras como un sol sin ocaso, porque ha prendido tu resplandor.
CONTEMPLATIO
No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. En realidad, Dios se ha servido del celemín como símil apropiado para la sinagoga, pues ésta acumuló para sí los frutos producidos y mantuvo fija la medida a observar. No obstante, ahora, con la llegada del Señor, se encuentra vacía, sin frutos e incapaz de ocultar la luz. Desde este momento, la lámpara de Cristo no puede ponerse debajo de ninguna vasija, ni ocultarse bajo la tapadera de la sinagoga; al contrario, suspendida del leño de la pasión, tiene que irradiar la luz eterna a todos los que habitan en la Iglesia. Los apóstoles son exhortados a brillar con una luz semejante para que, viendo sus obras, alaben a Dios, de modo que nuestras obras, aunque no les prestemos atención, resplandezcan entre quienes vivimos (Hilario de Poitiers, Comentario a Mateo IV, 13).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Encomienda al Señor tu camino, confía en él, que él actuará» (Sal 37,5ss).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
Y lo que le sucede a la Iglesia nos sucede también a cada uno de nosotros en particular. Sus peligros son nuestros peligros. Sus combates son nuestros combates. Si la Iglesia fuera en cada uno de nosotros más fiel a su misión, ella sería, sin duda ninguna, lo mismo que su mismo Señor, mucho más amada y mucho más escuchada; pero también, sin duda alguna, sería, como él, más despreciada y más perseguida: «Yo les he dado tu Palabra y el mundo los aborreció» (Jn 17,14; cf. 15,10-21). Si los corazones se manifestaran más claramente, el escándalo sería mucho más evidente, y este escándalo supondría un nuevo impulso para el cristianismo, porque «adquiere un poder mayor cuando es aborrecido por el mundo» (san Ignacio de Antioquía, Ad Romanos III, 3). El que el anticlericalismo esté «en baja», cosa de la que solemos felicitarnos, puede no ser siempre una señal feliz.
Es verdad que este fenómeno puede ser debido a un cambio en la situación objetiva o a un mejoramiento tanto de una parte como de la otra, pero también podría significar que aquellos por quienes se conoce a la Iglesia, aun proponiendo todavía al mundo algunos valores dignos de estimación, se hubiesen acomodado a él, a sus ideales, a sus cláusulas y a sus costumbres. En ese caso, dejarían de ser embarazosos. Que la sal se puede desazonar es cosa que nos repite el Evangelio. Y si vivimos –me refiero a la mayor parte de los hombres– relativamente tranquilos en medio del mundo, esto quizá sea debido a que somos tibios (H. de Lubac, Meditación sobre la iglesia, Ediciones Encuentro, Madrid 31988, 162; traducción, Luis Zorita).
GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA; LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO volumen 13 Domingos del tiempo ordinario (ciclo A) (pp 45-54)
PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio
