Lectio Divina de hoy domingo 04 de Junio 2023
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(Domingo después de Pentecostés)
LECTIO
Primera lectura: Éxodo 34,4b-6.8-9
4 Subió Moisés al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos losas de piedra. 5 El Señor descendió sobre una nube y se quedó allí junto a él, y Moisés invocó el nombre del Señor. 6 Entonces pasó el Señor delante de Moisés clamando:
– El Señor, el Señor: un Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel.
8 Inmediatamente, Moisés cayó rostro a tierra 9 y le dijo:
– Mi Señor, si gozo de tu protección, que venga mi Señor entre nosotros, aunque éste sea un pueblo obcecado. Perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado y tómanos como heredad tuya.
La renovación de la Alianza, después de ser quebrantada por el pueblo de Israel (el episodio del becerro de oro: Ex 31,18-32,35), es el contexto de la perícopa. La renovación de la Alianza conlleva tallar unas nuevas losas de piedra (las primeras las destruyó Moisés: 32,19), «como las primeras» (34,1.4). El Señor escribirá de nuevo la Ley en las losas de piedra. La nube es el símbolo de la presencia de Dios, la envoltura del misterio divino. Este misterio es desvelado por la autopresentación del Señor, que pasa proclamando el significado de su nombre: YHWH es misericordioso y compasivo, adjetivos realzados por la endíadis «gracia y fidelidad» (v. 6). La nube, de la que desciende Dios para ponerse junto a Moisés, se convierte en el ámbito para conocer al Señor, su identidad, gracias a su revelación. La presencia de la nube hace que Moisés interceda invocando el nombre del Señor: Dios se manifiesta como el Dios del perdón, que está en medio de su pueblo («su heredad», v. 9) acompañándolo. La imagen que reproduce el texto de YHWH es la del Dios amor que corrige la infidelidad. La actitud adecuada frente a este amor es la de la adoración y la invocación. Una actitud que expresa la reacción suscitada por la revelación de la identidad de Dios: desear que otros experimenten el perdón y la cercanía del Señor.
Segunda lectura: 2 Corintios 13,11-13
11 Por lo demás, hermanos, estén alegres, busquen la perfección, déjense guiar, tengan un mismo sentir, vivan en paz; de este modo, el Dios del amor y de la paz estará con ustedes. 12 Salúdense unos a otros con el beso santo. Los saludan todos los hermanos en la fe. 13 La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos ustedes.
Pablo, en la conclusión de la carta, quiere defender la autoridad de su ministerio ante algunos miembros de la comunidad que no la reconocen. La iglesia de Corinto estaba lacerada por las divisiones (cf 1 Cor 1,10-12). Por eso, en la última exhortación, el apóstol les invita a vivir en la paz y en la concordia y a animarse mutuamente (v. 11): estas actitudes son el modo concreto de «buscar la perfección» y se convierten en la condición para experimentar la presencia del «Dios del amor y de la paz». La designación de Dios tiene valor sintético y señala el objetivo de la acción de Dios en Jesucristo. Pablo recuerda que es el centro de su anuncio: la reconciliación (2 Cor 5,18-20). Todo se resume en la
fórmula trinitaria final; la gracia, la paz y la comunión vienen atribuidas, respectivamente, a Jesucristo, a Dios y al Espíritu Santo. La distinción entre los tres términos mantiene su valor: la gracia indica la bondad gratuita que los creyentes experimentan en Jesucristo, particularmente en la cruz; el amor muestra la identidad de Dios y su correspondiente entrega a los hombres; la comunión es el resultado de la acción del Espíritu Santo en la comunidad. La fórmula, en su unidad, sugiere que la acción reconciliadora de Dios en Jesucristo encuentra su verificación en la comunión que la comunidad vive como fruto del Espíritu.
El texto relaciona la identidad y la acción de Dios con la vida de la comunidad: el misterio de Dios se muestra en sus efectos, y la acogida de la identidad de Dios se traduce en la paz, la concordia y la comunión.
Evangelio: Juan 3,16-18
16 Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él. 18 El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.
El fragmento del evangelio de Juan forma parte del «comentario» del evangelista al diálogo de Jesús con Nicodemo (sin embargo, la lectura litúrgica introduce el texto con la expresión: «En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo»). Consiste en la explicación de las palabras de Jesús referentes a tener vida eterna gracias a la fe en aquel que Dios ha levantado en alto (Jn 3,15). En el cuarto evangelio «levantar» significa, al mismo tiempo, crucificar (ser levantado en la cruz) y ensalzar. La repetición del dicho «para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna», en el v. 16, subraya la relación entre creer en Jesús y obtener la vida. La afirmación manifiesta la intención de Dios, el amor tan grande al mundo, que incluso entrega a su Hijo unigénito para arrancar a la humanidad de la muerte. El verbo «entregar» asume aquí la doble valencia de enviar al mundo al Hijo y de entregarlo hasta la muerte. Se recalca así que en la entrega de Jesús está implicado el Padre. La humanidad (en este sentido la humanidad es el mundo), mediante el pecado, ha creado una separación entre ella y Dios, exponiéndose a la muerte. Dios quiere superar ese abismo. Y a la situación «suicida» de la humanidad le contrapone el don de la vida, que requiere la fe. Es voluntad de Dios cumplir esta condición –repetida con insistencia– para salir del abismo y no (re)caer en él. El eventual juicio no depende, por tanto, de Dios, sino de la elección que cada uno hace ante aquel que se ha entregado. El juicio es correlativo a la incredulidad, lo contrario a la voluntad de Dios. La fe en el Hijo del hombre enviado es ya experiencia de vida, en cuanto que es apertura al amor vivificante de Dios.
MEDITATIO
La concepción que se tenga de Dios nace en buena parte de nuestra experiencia en las relaciones humanas. Generalmente, hay dos aspectos bien diferenciados: el fundamento que la sostiene y el misterio que la envuelve. La supremacía de un aspecto sobre el otro determina los sentimientos: si el predominio es el del primero, será de confianza, al sentirse protegido y cuidado; si la preponderancia es el del segundo, será de temor, al considerarse supeditado y dominado. Las dos impresiones se expresan de dos formas en la oración: la
alabanza agradecida y la invocación perpleja. En toda vivencia religiosa, incluida la cristiana, conviven distintas sensibilidades y formas de orar; sin embargo, ¿no nos sentimos ante Dios protegidos y amenazados, al mismo tiempo, y gozosos de mantener una relación cordial con él y suspicaces ante el temor de quedar anulados en algún momento por fiarnos totalmente?
Los textos que la liturgia nos propone en la solemnidad de la Trinidad nos presentan una descripción de Dios que va más allá de la proyección en la que, a menudo, caemos al prestarles atención a los sentimientos espontáneos que nos surgen. La manifestación de Dios como amor quiere recordarnos insistentemente que él se dirige a nosotros con la dedicación y el cariño de quien está en el corazón de nuestra vida. El perfil de una vida así no está determinado por nuestros deseos, sólo pálidamente. En efecto, nuestro deseo de vida, por muy grande que sea, no logra alcanzar la plenitud de cuanto Dios quiere entregarnos; se aproxima solamente, igual que se aproxima la concepción que podemos tener del amor de Dios manifestado en Jesús.
Este amor, que aparece como el verdadero rostro del misterio, causa un estupor indecible: sentirse el centro de la atención y de los cuidados de Aquel que es la vida misma, rebosante y salvadora. Así se aprende que no es encerrándose, sino dándose, como se obtiene verdaderamente la vida. La vida coincide con el amor entendido como entrega, y la plenitud de la vida se experimenta cuando, abrazados y transformados, por tal amor nos dirigimos a él en alabanza agradecida, signo de que el temor ha desaparecido definitivamente.
ORATIO
Gloria a ti, Dios, Padre, Hijo y Espíritu, que eres el término excelso de mis ambiciones y el manantial inagotable de mis deseos. Gloria a ti, que has querido entrar en nuestra historia, y en la mía, y mostrarme mi soledad derrotada y vencida la muerte. Gloria a ti, que destronas mi temor a perderme si te dejo espacio en mi corazón. Gloria a ti, que me envuelves en tu nube y en ella me desvelas tu misterio, que es el misterio de mi vida, ardientemente buscado. Gloria a ti, que eres el amor rebosante, que me acoges y me salvas en mi fragilidad. Gloria a ti, que me concedes entrar en comunión contigo y me revelas relaciones inimaginables. Gloria a ti, que me conduces por el camino de la entrega seduciendo mi espíritu deseoso de plenitud. Gloria a ti, que eres el principio, el ámbito y la meta de todo cuanto puedo disfrutar. Gloria a ti, que lo eres Todo.
CONTEMPLATIO
¡Oh, mi Dios, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que a cada minuto me sumerja más en la profundidad de tu misterio. Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo, tu morada predilecta y el lugar de tu reposo. Que no te deje jamás allí solo, sino que esté allí toda entera, completamente despierta en mi fe, en adoración total, entregada del todo a tu acción creadora.
Oh mi Cristo amado, crucificado por amor; quisiera ser una Esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria, quisiera amarte... ¡hasta morir de amor! Pero siento mi
impotencia y te pido «revestirme de Ti mismo», identificar mi alma con todos los movimientos de la tuya, sumergirme, invadirme, sustituirme Tú a mí, a fin de que mi vida no sea más que una irradiación de tu vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.
¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote; quiero estar atenta a tus enseñanzas, a fin de aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero estar fija siempre en Ti y permanecer bajo tu inmensa luz. ¡Oh, mi Astro amado!, fascíname, para que no pueda ya salir de tu irradiación.
Oh fuego consumidor, Espíritu de Amor, «desciende a mí», para que se haga en mi alma como una encarnación del Verbo. Que yo sea para él como una humanidad complementaria, en la que renueve todo su misterio y Tú, ¡oh Padre!, inclínate ante tu pobre pequeña criatura, «cúbrela con tu sombra», no veas en ella más que al «Amado en quien Tú has puesto todas tus complacencias».
¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, soledad infinita, inmensidad donde me pierdo! Yo me entrego a Ti como una presa. Enciérrate en mí, para que yo me encierre en Ti, mientras espero ir a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas (Isabel de la Trinidad, «Notas íntimas», en Obras selectas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2000, 110-112; traducción, Enrique Llamas).
ACTIO
Repite con frecuencia el signo de la cruz, pensando intensamente en el significado de estas palabras:
«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu».
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
Si se pretendiese que una oración tuviera la precisión de un tratado de teología, entonces la oración a la Trinidad sería una cima casi inalcanzable. Sin embargo, la oración no es el fruto de unos razonamientos. En caso contrario, esperemos que la teología nos saque de esta contradicción. Ella, en efecto, ha creado el término técnico de circumincesión (o pericoresis, según la etimología griega) para hablar del «movimiento inamovible» de la presencia recíproca de las tres personas de la Trinidad –«Lo mismo que tú estás en mí y yo en ti», le dice Jesús al Padre– en el rico «tránsito» de la circulación del Amor. De la misma forma, la verdadera oración trinitaria, como cualquier oración cristiana, pasa sin cesar de una Persona a la otra. De este modo, Cristo, desde el momento que lo contemplamos como Hijo de Dios, nos remite al Padre, que nos lo «entrega», y el Padre, cuando le expresamos nuestra acción de gracias, nos remite al Espíritu que el Hijo nos da «de parte» del Padre, y así incesablemente, cualquiera que sea el orden que empleemos e indistintamente de la Persona a la que inicialmente nos dirijamos en nuestra oración. Porque la oración trinitaria sigue la lógica del amor, que es compartido y comunicado (J. Moingt, I Tre Visitatorio Conversazioni sulla Trinita, Brescia 2000, 105ss [edición española: Los
PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio
