Lectio Divina de hoy domingo 01 de Octubre 2023



XXVI DOMINGO
DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 18,25-28
Así dice el Señor: 25 Ustedes dicen: «No es justo el proceder del Señor». Escucha, pueblo de
Israel: ¿Acaso no es justo mi proceder? ¿No es más bien su proceder el que es injusto? 26 Si el
honrado se aparta de su honradez, comete la maldad y muere, muere por la maldad que ha
cometido. 27 Y si el malvado se aparta de la maldad cometida y se comporta recta y honradamente,
vivirá. 28 Si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, vivirá, no morirá.
El problema de la responsabilidad personal y colectiva recorre toda la Biblia con
pinceladas y matices no siempre convergentes. En la antigüedad, la pertenencia de un
hombre o una mujer, desde el nacimiento hasta la muerte, a un grupo étnico bien definido y
concreto conllevaba amoldarse y someterse continuamente a las tradiciones del clan y, por
lo tanto, a las directrices del jefe del grupo, del patriarca. El espacio de libertad o de
opciones individuales era casi inexistente. La misma ley divina, comunicada solemnemente
por Dios al responsable del grupo (patriarca o jefe), no admitía posibilidad alguna ni de
arreglos ni de interpretaciones.
La conciencia personal nace despacio y gradualmente. Junto a ella crece, poco a poco,
una relación diferente de la persona con el grupo, el clan o la tribu, y con las tradiciones. La
ley, en el pasado, sometía al hombre y a la mujer a una observancia exterior. Al declarar las
sanciones y penas previstas en las leyes, la autoridad responsable juzgaba y aplicaba las
normas de manera objetiva, atendiendo puramente a lo exterior. Es decir, tan sólo se tenía
en cuenta la culpa, no al culpable; el pecado, no al pecador. Los jueces se regían
exclusivamente por el hecho, sin considerar la intencionalidad.
Ezequiel se convierte en el defensor de la responsabilidad personal. En el Deuteronomio,
Dios, por boca de Moisés, había hablado de la observancia de la Ley como fuente de vida o
de muerte (cf Dt 30,19ss: «Elige la vida y vivirás tú y tu descendencia, amando al Señor, tu
Dios, escuchando su voz y uniéndote a él»). El texto de Ezequiel afirma: «Si el malvado se
aparta de la maldad cometida y se comporta recta y honradamente, vivirá. Si recapacita y
se convierte de los pecados cometidos, vivirá, no morirá» (vv. 27ss). La responsabilidad
ante el bien y ante el mal es sobre todo personal. Una de las verdades que el cristianismo ha
ofrecido a toda la humanidad.
Segunda lectura: Filipenses 2,1-11
1
Si de algo vale una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación
nacida del amor, si vivimos unidos en el Espíritu, si tienen un corazón compasivo, 2

denme la
alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y
sintiendo lo mismo. 3No hagan nada por rivalidad o vanagloria; sean, por el contrario, humildes y
consideren a los demás superiores a ustedes mismos. 4 Que no busque cada uno sus propios
intereses, sino los de los demás. 5 Tengan, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están
unidos a Cristo Jesús.

6 El cual, siendo de condición divina,
no consideró como presa codiciable
el ser igual a Dios.
7 Al contrario, se despojó de su grandeza,
tomó la condición de esclavo
y se hizo semejante a los hombres.
y en su condición de hombre
8
se humilló a sí mismo
haciéndose obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
9
Por eso Dios lo exaltó
y le dio el nombre que está
por encima de todo nombre,
10 para que ante el nombre de Jesús
doble la rodilla
todo lo que hay en los cielos,
en la tierra y en los abismos,
11 y toda lengua proclame
que Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.
La exhortación de Pablo reflexiona en profundidad esta frase: «Tengan los sentimientos
que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús» (v. 5).
Jesús ha planteado el tema de la responsabilidad personal. Pensemos en la parábola de
los talentos: cada uno dará cuenta de lo que ha recibido. Pero también ha expuesto el tema
de la responsabilidad colectiva –o mejor aún, comunitaria– de cara al bien y al mal, en
concreto con los más débiles, con los pequeños. Y no sólo en polémica con los judíos,
desafiándolos por sus pecados; él mismo, que no ha cometido pecado, ha tomado sobre sí
todos los nuestros. Y se ha convertido en pecado por nuestra salvación.
Cada uno de nosotros, de alguna manera, tiene que rendir cuentas de todo y todos de
cada uno mismo. Él, por nosotros, se ha hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Ha vivido la justicia y la rectitud haciendo de la voluntad del Padre su alimento. Se ha
hecho justificación por todos y cada uno de nosotros. Si lo seguimos, podemos estar
seguros, nosotros que somos pecadores, de pasar de la muerte a la vida. Podemos
experimentar este paso ya, desde la vida terrena, y tener la esperanza cierta de la eternidad.
Evangelio: Mateo 21,28-32
Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: 28 ¿Qué les parece? Un hombre
tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Anda, hijo, ve a trabajar hoy en la viña». 29 El
respondió: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. 30 Luego se acercó al segundo y le dijo lo
mismo. El respondió: «Voy, señor». Pero no fue. 31 ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su
padre?
Le contestaron:
– El primero.
Entonces Jesús les dijo:
– Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino de
Dios. 32 Porque vino Juan a mostrarles el camino de la salvación y no le creyeron; en cambio, los

publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de verlo, no se arrepintieron ni creyeron
en él.
La parábola, referida por Jesús durante su actividad en Jerusalén, antes de la pasión y de
la muerte, muestra, ante la voluntad explícita e imperativa del padre y la reacción de cada
uno de los dos hijos, no sólo la diferencia y la distancia entre las palabras y los hechos, sino
el cambio y la transformación interior en el modo de pensar.
El primero de los hijos da la impresión de ser sincero, y, de forma veraz, le comunica al
padre su voluntad: «No quiero». Pero después de la respuesta «se arrepintió» (v. 29), y
obedeció, «Y fue» (v. 29). El segundo hijo escucha formalmente las palabras del Padre y
respetuosamente le dice: «Voy, señor» (v. 30). Pero no tiene intención de hacer efectivas
sus palabras, y desobedeció, «Y no fue» (v. 30). El primer hijo reconsidera la decisión de
cumplir la voluntad del Padre y cambia de actitud; Jesús lo subraya: «Se arrepintió». El
Maestro, con una pregunta, implica a los presentes para que se pronuncien sobre el distinto
comportamiento de los dos hijos: «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Los interpelados le contestaron: «El primero».
Jesús había dicho: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los
Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán
aquel día: ¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, Y en tu nombre expulsamos
demonios, Y en tu nombre hicimos muchos milagros? Pero yo les responderé: No los
conozco de nada. ¡Apártense de mí, malvados!» (Mt 7,21-23). Y Jeremías, a propósito del
sentido de la circuncisión (4,4): «Circuncídense para consagrarse al Señor, quiten el
prepucio de su corazón, habitantes de Judá Y de Jerusalén, no sea que estalle mi ira como
fuego y arda sin que nadie pueda apagarla, por la maldad de sus acciones».
Puede parecer que el arrepentimiento y la conversión brotan de un «conocimiento» de la
ley que dicta normas de comportamiento. En realidad, tienen la raíz en el corazón de la
persona que reconoce en el legislador no a un amo, sino a un padre. En la persona que ve en
la ley la expresión de la voluntad del padre –de un padre– que quiere hacer feliz al hijo
(pues hasta la ley le supone al hijo esfuerzo y sacrificio).
MEDITATIO

«Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino
de Dios. Porque vino Juan a mostrarles el camino de la salvación y no le creyeron; en
cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de verlo, no se
arrepintieron ni creyeron en él» (Mt 21,31-32).
La referencia básica de la lectura es el «arrepentimiento», la conversión del corazón.
«Arrepentirse para creer». Jesús ha invertido intencionadamente el orden de los verbos. No
es sólo «creer para arrepentirse». Arrepentirse para creer consiste, ante todo, en no
considerarse ni justos, ni rectos, ni santos. Ni tampoco pensar que por observar tal o cual
ley no somos como el resto de los hombres que no la observan.
Tener conciencia de ser pecadores nos pone en actitud de conversión. Creernos justos
nos impide encauzar los pasos por el camino de la conversión. Quien nos hace justos, rectos
y santos es sólo Dios (la parábola del fariseo y del publicano de Lc 18,9-14 no deja lugar a
dudas ni a equívocos). Arrepentirse para creer consiste en no ser nosotros quienes

determinemos qué es bueno o malo, justo o injusto, recto o torcido, santo o profano, sino el
Señor.
El discurso de Ezequiel, entre Dios e Israel, arranca con un interrogante: ¿Acaso no es
justo mi proceder? ¿No es más bien su proceder el que es injusto? Es lícito –y necesario–
preguntarse: ¿Qué sabe Israel de «rectitud»? La respuesta sólo la puede dar Dios: la
iniquidad es causa de muerte; la justicia y la rectitud son causa de vida. Pasar de la
iniquidad a la justicia y a la rectitud es pasar de la muerte a la vida. ¿Quién determina este
paso? Dios.

ORATIO

Concédeme, benignísimo Jesús, tu gracia para que esté conmigo, y obre conmigo, y
persevere conmigo hasta el fin.
Dame que desee y quiera siempre lo que te es más acepto y agradable a ti.
Tu voluntad sea la mía, y mi voluntad siga siempre la tuya y se conforme en todo con
ella.
Tenga yo un querer y no querer contigo, y no pueda querer y no querer, sino lo que tú
quieres y no quieres.
Dame, Señor, que muera a todo lo que hay en el mundo, y dame que desee por ti ser
despreciado y olvidado en este siglo.
Dame, sobre todo, lo que se puede desear, descansar en Ti y aquietar mi corazón en ti.
Tú eres la verdadera paz del corazón, tú el único descanso; fuera de ti todas las cosas son
molestas e inquietas.
En esta paz permanente, esto es, en ti, sumo y eterno Bien, dormiré y descansaré. Amén
(Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, 111,15,3).
CONTEMPLATIO

Dios omnipotente y eterno, señor del universo, creador y dueño de todas las cosas, tú,
por obra de Cristo, has hecho del hombre el esplendor del mundo, le has entregado la ley
natural y la escrita para que viva ordinariamente como ser dotado de razón, y, cuando peca,
le propones como norma tu bondad para que se arrepienta, dirige tu mirada a quienes con
su vida se desvían de ti, porque tú no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta,
de modo que se aparte del camino de la perdición y viva.
Tú que has aceptado el arrepentimiento de los habitantes de Nínive, tú que quieres que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, tú que has abrazado
con cariño paternal al hijo que dilapidó disolutamente los bienes y volvió arrepentido,
acoge también ahora la penitencia de quienes te suplican, para que nadie peque en tu
presencia: si te fijas en nuestras iniquidades, Señor, Señor, ¿quién podrá resistir? Que
agradable es estar en tu presencia.
Devuélvele a la Iglesia la dignidad y la condición primera, por intercesión de Cristo,
Dios y salvador nuestro, a ti la gloria y el honor con el Espíritu Santo, por los siglos de los
siglos. Amén («Constituciones de los apóstoles», VIII, 9, en S. Pricoco – M. Simonetti
[eds.], La preghiera dei cristiani, Milán 2000, 125).

ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Señor, ten piedad de mí» (Mt 15,21).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
Mi Dios, en mí se enfrentan dos hombres en cruenta batalla.
Uno, lleno de amor, seguirte fielmente ansía.
Mas el otro, rebelde a tu deseo, contra tu ley estalla.
El primero siempre vuelto al cielo me dispone,
inclinado a los bienes eternos,
de los terrenales despreocupado.
El segundo me curva hacia la tierra con su funesto peso.
Infeliz, si conmigo peleo, ¿cuándo alcanzaré la paz?
Quiero el bien, lo sé, y no lo hago. Lo quiero, y he aquí la miseria,
aquello que amo no lo hago, y el mal que no amo sí lo hago, ¡qué horror!
¡Oh gracia, resplandor salvador, ven y ponme de acuerdo!
Domina con tu dulzura a este hombre que tanto te contraría.
(J. Racine, Preghiere dell'umanità, Brescia 1993,46).

PONENTE: Pbro. José Antonio Villavicencio

Lectio Divina de hoy, Lectio Divina del día.