¿Sabías que la aurora tiene nombre de niña?
El 8 de septiembre la Iglesia canta cuando la historia apenas comienza
Hay gente que conoce la aurora porque la mira. Y hay gente que la conoce porque trabaja dentro de ella.
La conocen quienes, cuando todavía está oscuro, ya van por la carretera camino de los invernaderos; quienes abren su puesto, encienden el horno o preparan el pan y el café para los que empiezan temprano la jornada.
Quizá ninguno esté pensando en teología.
Y, sin embargo, cada mañana entran en una especie de liturgia que la creación comenzó antes que nosotros. Los pájaros empiezan a hacerse oír, el cielo cambia casi sin avisar, las cosas vuelven a tener forma y color. Todavía no vemos el sol, pero su luz ya está trabajando.

Hay algo profundamente cristiano en esa hora.
Por eso los cristianos encontraron en la aurora una imagen para hablar de María.
El 8 de septiembre la Iglesia celebra el nacimiento de una niña. Hoy María simplemente nace. Todavía no hay palabras, decisiones ni obras que contar. Y la Iglesia ya canta.
Canta esto:
«Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anunció la alegría al mundo entero, porque de ti nació el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios».
(Nativitas tua, Dei Genetrix Virgo, gaudium annuntiavit universo mundo: ex te enim ortus est sol iustitiae, Christus Deus noster.)
Fijémonos en dos palabras: anunció y nació. María no es el Sol. Su nacimiento anuncia que el Sol viene.
Eso hace la aurora: no ocupa el lugar del sol; nos hace saber que el día ya viene.
Y no es una ocurrencia reciente. San Andrés de Creta lo decía hace más de mil doscientos años, y su sermón se sigue leyendo en el Oficio de este día: cuando llega la luz, la sombra empieza a retirarse. Esta fiesta está justamente en esa frontera.
Todavía no ha salido el Sol.
Pero ya hay aurora.
Ese mismo día la Iglesia cambia de imagen sin cambiar de misterio. Del cielo baja a la tierra. Canta que del tronco de Jesé brotó un retoño, y del retoño una flor; y dice enseguida quién es quién: el retoño es María, la Flor es su Hijo.

Aquí ya no hay nada que explicar a quien trabaja entre plantas. Se aprende con las manos que un brote todavía no se parece a la flor que llevará, y que hay que cuidarlo durante semanas, cuando todavía nada permite adivinar la flor que lleva dentro.
María es, en esta fiesta, la claridad antes del Sol y el retoño antes de la Flor.
México supo intuir esto con el corazón. Hace casi dos siglos, en el convento de San José de Gracia de la Ciudad de México, sor María Magdalena de Señor San José quiso venerar a María también en su infancia, como se venera al Niño Jesús. Así nació la devoción a la Divina Infantita: vestirla, arrullarla, cantarle. Porque se cuida y se ama también aquello que todavía no puede responder.

Y hay una coincidencia que en Tenancingo no pasa inadvertida: nuestro pastor, Mons. Víctor Carabés Chávez, es Misionero de la Natividad de María.
Quizá por eso esta fiesta se entiende tan bien aquí. La aurora y los brotes nos enseñan la misma cosa: Dios suele comenzar en pequeño. Lo que todavía no vemos no está ausente; lo que aún no ha florecido puede estar ya creciendo.
La aurora no es todavía el sol, pero ya anuncia el día. El brote no es todavía la flor, pero ya la lleva escondida.

El 8 de septiembre la Iglesia mira a María niña y reconoce precisamente eso: Cristo todavía no ha nacido, pero la historia de nuestra salvación ya ha comenzado.
Hoy nace María. Y con ella, cuando casi nadie puede advertirlo todavía, la noche empieza a terminarse.
Y al final de la Misa, la propia liturgia pone nombre a esa primera claridad:
«Que se alegre, Señor, tu Iglesia, alimentada con tus sagrados misterios, y se regocije por la natividad de la Virgen María, esperanza y aurora de la salvación para el mundo entero».
(Oración después de la comunión, Misal Romano para México, Natividad de la Santísima Virgen María, 8 de septiembre.)
PONENTE: P. Claudio Campesato

