El 19 de octubre, el Papa León XIV nombró a los nuevos miembros de la Comisión Teológica Internacional para los próximos cinco años. Entre ellos hay un sacerdote mexicano, el padre Julián Arturo López Amozurrutia, decano de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de México. Al ver la noticia, más de uno se habrá hecho una pregunta sencilla: ¿y qué hace un teólogo? La Comisión, creada por san Pablo VI en 1969, reúne a un máximo de treinta teólogos de todo el mundo, que ayudan a la Santa Sede a estudiar las cuestiones de fe más importantes.
La palabra viene del griego: theós es Dios, y lógos quiere decir palabra, razón. Si la teología es una palabra sobre Dios, Jesús es el Lógos, la Palabra de Dios en persona. A Dios nadie lo ha visto nunca, dice san Juan, pero el Hijo nos lo ha dado a conocer (Jn 1,18). San Anselmo, un monje del siglo XI, resumió la teología en tres palabras latinas: fides quaerens intellectum, la fe que busca entender. Es la fe de quien ama, y quien ama quiere conocer: los novios se lo preguntan todo, cómo fue la infancia del otro, qué le da miedo. Con Dios pasa algo parecido.
Por eso san Pedro pide a los cristianos estar siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a quien se la pida, con dulzura y respeto (1 Pe 3,15-16). Hoy quien nos la pide es, muchas veces, un mundo que ya no da la fe por supuesta: ¿por qué crees?, ¿tiene sentido creer hoy? Quien intenta responder ya hace un poco de teología. Todo sacerdote la estudia durante años en el seminario, y no para hablar difícil, sino para aprender a hablar de Dios con la sencillez de Jesús, que lo explicaba con semillas, ovejas perdidas y un padre que espera a su hijo. El teólogo de oficio le dedica la vida entera, con la Biblia, los Padres y los concilios sobre la mesa.
En noviembre de 2025, hablando precisamente a esta Comisión, León XIV dijo que la teología tiene, antes que nada, la tarea de admirar, y después la de reflejar y difundir la luz de Cristo. Admirar: antes de explicar a Dios hay que dejarse asombrar por Él; un teólogo que ya no se asombra se parece a esos guías de museo que repiten su discurso sin volver a mirar los cuadros. Reflejar: la luna alumbra de noche con una luz que no es suya. El teólogo tampoco fabrica la suya: estudia a fondo la que recibe, para que ilumine también las preguntas nuevas de cada época. Difundir: la teología no se escribe para quedarse en los estantes. Termina en la catequesis de los niños, en la homilía del domingo, en lo que una mamá le contesta a su hijo cuando le pregunta dónde está ahora el abuelito.
En aquel discurso el Papa propuso también algunos modelos, doctores de la Iglesia como san Agustín, santo Tomás de Aquino y santa Teresita del Niño Jesús. La lista guarda una sorpresa: Teresita, carmelita como los frailes que levantaron el Santo Desierto de Tenancingo, murió a los veinticuatro años sin haber pisado nunca una universidad, y es doctora de la Iglesia, es decir, una maestra de la fe para todos. Curiosamente, Juan Pablo II la proclamó doctora un 19 de octubre, el de 1997. En todos ellos, recordó León XIV, el estudio fue siempre de la mano de la oración, porque entender lo que Dios ha revelado no se reduce a comentar las fórmulas de la fe.
Hace más de dieciséis siglos, en otro desierto, el de Egipto, un monje llamado Evagrio Póntico lo dejó dicho en una línea: «Si eres teólogo, rezarás de verdad; y si rezas de verdad, eres teólogo». Para aquellos monjes, teólogo era sobre todo el que conocía a Dios en la oración. Por eso la mejor manera de felicitar al padre Julián es rezar por él y por sus compañeros: que cuando se reúnan en Roma estudien rezando y recen estudiando, para que su trabajo llegue un día, hecho luz, a la fe y a las preguntas de la gente sencilla.
