Por qué un perro lleva pan a san Roque
El santo que había curado a tantos fue cuidado por un perrito que le traía el pan de cada día.
En casi todas las imágenes de san Roque, cuya memoria celebramos el 16 de agosto, se repite la misma escena: un peregrino con sombrero y bordón que se levanta el manto para mostrar una llaga en la pierna, y a sus pies un perro que sostiene un pan en el hocico. La devoción popular conoce bien la estampa; menos conocida es la historia que la explica. ¿Qué hace ahí ese perro? ¿Y por qué le trae pan?

Roque de Montpellier fue un peregrino del siglo XIV, en tiempos en que la peste asolaba Europa. Según cuenta la tradición, allí donde todos huían, él se quedaba: atendía a los apestados, los tocaba, trazaba sobre ellos la señal de la cruz, y muchos sanaban. Una antífona medieval de su fiesta lo canta así:
Pestifere curas tactus, / mirifice tangendo salutifere.
«Tocado por la peste, sanas: / tocando, maravillosamente devuelves la salud».

Tocar. Ese es el verbo de su caridad. Pero el mismo contacto que llevaba la salud a los otros terminó por alcanzarlo a él: contrajo la peste. Y para no contagiar a nadie, se retiró solo a un bosque, a esperar la muerte.
Ahí entra el perro. Cada día, el perro de un noble llamado Gotardo tomaba un pan de la mesa de su amo y desaparecía en el bosque. Intrigado, Gotardo lo siguió, y encontró al peregrino enfermo al que su perro alimentaba. Volvió junto a él y lo cuidó hasta que sanó. El santo que había curado a tantos fue cuidado por un perrito que le traía el pan de cada día.
La escena es entrañable, pero encierra una enseñanza exigente. Roque, que lo había dado todo, tuvo que aprender lo más difícil: dejarse cuidar. Recibir el pan de una mano ajena, y hasta de un hocico ajeno. Es la misma lección que Pedro tuvo que aprender en el Cenáculo. Cuando Jesús se arrodilló para lavarle los pies, Pedro se resistió: «No me lavarás los pies jamás». Y la respuesta del Señor fue tajante: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo» (Jn 13,8). Quien no acepta ser servido se queda fuera de la comunión. La caridad cristiana no consiste solamente en dar; comprende también la humildad de recibir.

Por eso san Roque habla hoy a muchos. A los enfermos, que a veces sienten vergüenza de depender de otros: el santo también dependió. A los familiares y cuidadores, a los médicos y enfermeras, a los sacerdotes que acompañan a los que sufren: también quien cuida necesitará, un día, ser cuidado. Al mismo Pedro se lo anunció el Resucitado, en palabras que el evangelista refiere a su martirio: «cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te ceñirá, y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18). No será una derrota, sino la otra mitad del amor.
Los santos son así: una Biblia viviente. San Gregorio Magno acuñó la fórmula: Viva lectio est vita bonorum, «la vida de los buenos es una lectura viva» (Moralia in Iob XXIV, VIII, 16). En la llaga que Roque nos muestra leemos a Isaías: «por sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). Roque es el icono del sanador herido: quien cura lleva también una herida, y esa herida no lo descalifica: lo hace hermano de aquellos a quienes sirve. En su dejarse alimentar por un perro leemos al Señor que lava los pies de Pedro. Bien comprendida, la devoción popular no es un adorno de la fe: es una escuela de Escritura.
Cuando veamos su imagen —la llaga, el perro, el pan—, recordemos esta verdad sencilla: la caridad cristiana tiene dos manos. Una se extiende para ayudar; la otra permanece abierta para recibir el pan.
Autor: Pbro. Claudio Campesato
AGREGADO POR: Angelica María
