Persignarse y santiguarse: ¿por qué en la cruz hay una escuela?
La escuela más pequeña del mundo cabe en una mano.
Una madre, una abuela, un catequista toma la mano de un niño y le enseña un gesto. Al entrar en la iglesia, antes de comer, antes de dormir. Mucho antes de conocer su historia o de poder explicar su significado, aquella mano ya sabe trazar la cruz.
Pero hoy, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, podemos hacernos una pregunta un poco extraña: ¿por qué en la cruz hay una escuela?
En la Diócesis de Tenancingo la pregunta tiene incluso un nombre conocido: Escuela de la Cruz. Sus miembros, los cruzados, hablan de vivir esta espiritualidad «hasta el heroísmo del amor».
La expresión merece ser escuchada con atención. No dice: hasta el heroísmo del dolor. Dice: del amor.
Porque una escuela sirve para aprender. Y la Carta a los Hebreos utiliza precisamente este verbo al hablar de Cristo: «aprendió la obediencia por lo que padeció» (Heb 5,8).
Aprendió.
Aquí comienza quizá la primera lección de la Cruz.
También la palabra obediencia ayuda a comprenderla. El verbo latino del que procede, oboedire, está relacionado con audire: escuchar. Antes de ser cumplimiento de una orden, la obediencia tiene que ver con prestar oído, con escuchar de tal manera que la palabra recibida pueda cambiar nuestra vida.
Cristo es obediente hasta la cruz porque no deja de escuchar al Padre ni siquiera cuando todo parece haberse vuelto oscuro. San Pablo lo dice con pocas palabras: «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).
Por eso la Cruz puede convertirse en escuela.
No porque enseñe a buscar el sufrimiento. El cristianismo no considera bueno el dolor por el simple hecho de doler. Tampoco Jesús fue a buscarlo. La Cruz se convierte en escuela porque allí descubrimos hasta dónde puede llegar una vida que no renuncia a escuchar y a amar.
San Pablo utiliza una expresión todavía más sorprendente: habla de «la palabra de la cruz» (1 Cor 1,18).
Entonces la Cruz habla.
Y si habla, hay que aprender a escucharla.
Su palabra no es: «sufre más».
No es: «resígnate ante el mal».
No es: «cuanto más duele, más santo eres».

Su palabra es otra: ama también aquí.
Quizá por eso la liturgia de este día comienza diciendo que «debemos gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo» (cf. Gal 6,14). Y la propia liturgia añade inmediatamente la razón: en ella están nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección.
No se gloría del dolor. Se gloría de lo que el amor de Cristo ha hecho incluso con la muerte.
Hay aquí un curioso «es necesario». El Evangelio de Juan dice que «es necesario que sea elevado el Hijo del hombre» (Jn 3,14), y unas líneas más adelante Juan Bautista dirá: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). No es la necesidad ciega del destino. Es esa misteriosa necesidad que conoce el amor cuando decide llegar hasta el final.
Y entonces volvamos a aquella mano.
En español conservamos dos palabras que a veces utilizamos casi como si fueran la misma cosa: persignarse y santiguarse. Persignarse recuerda las pequeñas cruces que trazamos sobre la frente, los labios y el pecho. Santiguarse, la gran señal de la cruz con la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
También las palabras guardan memoria. Santiguarse procede de sanctificare: santificar. Como si el lenguaje nos recordara que no hacemos la señal de la Cruz como quien lleva un amuleto, sino como quien pone su vida bajo un signo y pide que esa vida sea santificada.
Y hay algo especialmente hermoso para un cristiano mexicano.
El canto de comunión propio de esta fiesta dice: «Por el signo de la Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Dios nuestro».
No hace falta haber estudiado liturgia para reconocerlo.
«Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro».
Es la oración que generaciones de niños han aprendido mientras alguien guiaba su mano. La liturgia canta hoy lo que tantas familias han enseñado en casa.
Y el gesto es antiquísimo. Ya a comienzos del siglo III Tertuliano cuenta que los cristianos se marcaban la frente al entrar y salir, al vestirse, a la mesa, al acostarse, en medio de las ocupaciones más ordinarias de cada día.
Dieciocho siglos después, la mano sigue haciendo lo mismo.
Quizá esto ayuda también a comprender la Escuela de la Cruz. Su lección no consiste en aprender a sufrir, sino en aprender a escuchar; no en amar el dolor, sino en descubrir cómo el amor puede permanecer incluso cuando algo duele.
Eso significa realmente llegar, como dicen los cruzados, «hasta el heroísmo del amor».
Una mano aprendió un día a trazar una cruz.
Después, toda una vida aprende a escuchar lo que esa Cruz dice.
PONENTE: P. Claudio Campesato
